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Las comunicaciones digitales y su mercado

Por Federico Muller

Hace 5 años

Las plataformas digitales, que sustentan las redes sociales, las transferencias monetarias interbancarias y los correos electrónicos, entre otros medios, han sido herramientas de comunicación, comercialización, ahorro, pago y distracción, que surgen con el advenimiento de internet, y sin este su funcionamiento sería complicado y más costoso. No obstante que su crecimiento ha sido muy elevado, pues cada día se incorporan más usuarios al mundo de los mensajes, fotos, anuncios, etcétera, el mercado que conforma no ha podido diversificarse, es decir, que más jugadores (inversionistas) compitan en el mercado de las comunicaciones e información.

La concentración de mercado es alta, menos de 10 marcas dominan la actividad a escala planetaria, y de estas, la mayoría tiene establecidos sus corporativos en Estados Unidos y China. La poca competencia ha generado que las empresas tecnológicas se encuentren entre las más valoradas en los ranking mundiales de ganancias, sobrepasando por mucho a las utilidades que generan compañías que producen bienes y servicios básicos para el desarrollo de la sociedad.

Competencia monopolística en las redes sociales. El desarrollo tecnológico y las innovaciones de frontera que continuamente incorporan a sus empresas, prácticamente las han “blindado” de nuevos competidores. Han sido barreras tecnológicas que impiden el acceso a nuevas empresas, que requieren grandes inversiones para sostenerse y alcanzar los volúmenes de ventas y precios de los líderes; y lo más lamentable es que el círculo de acción económica se ha empequeñecido, pues varias plataformas han sido compradas por la empresa dominante. La concentración les permite fijar tarifas elevadas a los empresarios que las utilizan para promocionar sus productos y servicios; inclusive han penetrado tanto en el modo de vida del usuario, que han sido precursoras de la modificación de conductas y hábitos de los consumidores, en tiempo de ocio o no, pasando varias horas frente a sus dispositivos digitales. De la distracción y comunicación “sana” se ha pasado a la adicción malsana.

Y lo más grave: los sistemas electrónicos en todas sus modalidades, conforme se desarrollan, se han hecho casi indispensables en la labor cotidiana de trabajo, exponiendo al “internauta” a riesgos en la filtración de información considerada como confidencial en caso de que se alteren o fallen. La secrecía es parte esencial en el intercambio de información pública (Gobierno) o privada. Ya se han tenido ejemplos: hace algunas semanas la plataforma de una institución bancaria quedó fuera de servicio, causando malestar entre los usuarios de sus tarjetas.

La caída de las redes sociales es otro caso reciente, que fue a nivel global, aunque las causas reales del “apagón” nunca se darán a conocer al público, no se puede descartar algún ataque cibernético que se puede enmascarar con una falla técnica o humana. Al ser instrumentos relativamente fáciles de utilizar, se ha “depositado” demasiada confianza en ellas (plataformas), una dependencia que tiene cierto parecido a la que se tiene con la energía eléctrica, lo que resulta en una encrucijada cuando los sistemas presentan alteraciones en su funcionamiento. La recomendación sería mantener planes alternos, lo que necesariamente implicaría más gasto en investigación y desarrollo tecnológico.

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