Saltillo

Publicado el lunes, 12 de octubre del 2026 a las 09:30
Saltillo.– Los habitantes del antiguo Saltillo ya convivían con relatos de hechizos, supuestos poderes sobrenaturales y mujeres señaladas por practicar la brujería.
Un expediente del siglo 17 permite reconstruir parte de aquellas creencias y asomarse a una sociedad en la que el miedo también podía convertirse en una forma de poder.
En el Saltillo del siglo 17, los rumores sobre brujería no pertenecían únicamente al terreno de las leyendas.
Las acusaciones podían llegar ante las autoridades y quedar asentadas en declaraciones que hoy permiten conocer cómo interpretaban los habitantes de la época los conflictos personales, las enfermedades y los acontecimientos que escapaban a su comprensión.
Uno de los casos recuperados por el historiador Alan Orlando Caballero Barrera, doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Nuevo León y especialista en estudios de la Inquisición, involucra a varias mujeres acusadas de hechicería y superstición en la entonces Villa de Santiago del Saltillo.

De acuerdo con su investigación, las declaraciones comenzaron a reunirse alrededor de 1663, en un caso que involucró a Jerónima de Voz Mediano y a su hija, quienes fueron señaladas por la muerte de Manuel de Voz Mediano, esposo de Jerónima.
Según el relato del historiador, la mujer sufría malos tratos por parte de su esposo y, tras matarlo, ambas intentaron desviar las sospechas colocando el cuerpo en el patio de una vecina. Sin embargo, el rastro de sangre condujo a las autoridades hasta su propia casa.
El caso adquirió otra dimensión cuando las mujeres fueron detenidas y comenzaron a conocerse las declaraciones relacionadas con supuestas prácticas de hechicería.
Mariana de la Fuente era una mujer a quien acudió otra habitante de la villa en busca de ayuda para recuperar la atención de su esposo, quien presuntamente mantenía una relación con una mujer más joven.
Entre los remedios recomendados figuraban gusanos molidos y huesos de difunto, que debían utilizarse con la intención de influir en la conducta del hombre.
También aparecen referencias a chocolate mezclado con sangre menstrual, una práctica que supuestamente habría sido utilizada para mantener el control amoroso sobre una pareja.
Cuando aquellos remedios no producían los resultados esperados, las mujeres buscaban otras alternativas. Se mencionan oraciones, advertencias sobre figuras consideradas sobrenaturales y la creencia de que ciertos rituales podían provocar daños físicos o incluso la muerte.
Aunque estas prácticas puedan parecer extrañas desde la perspectiva actual, el historiador advierte que deben entenderse dentro del sistema de creencias de aquella sociedad, sin confundir las acusaciones registradas con hechos sobrenaturales comprobados.
A diferencia de otras mujeres involucradas en el expediente, Mariana de la Fuente habría despertado un temor particular entre algunos habitantes del Saltillo colonial.
Los testimonios de la época mencionan historias sobre un perro negro, supuestas apariciones y bolas de fuego que se observaban en los caminos. También se le atribuyeron prácticas que sus acusadores asociaban con poderes malignos.
Uno de los episodios más inquietantes involucra a una pareja que afirmó que Mariana les había llevado un bebé para que lo criaran. Después de que se negaron, el hijo de la pareja habría aparecido muerto al día siguiente, con señales físicas que despertaron sospechas entre los familiares.
La mujer fue señalada por lo ocurrido, aunque, de acuerdo con el historiador, negó las acusaciones.
Estos relatos muestran cómo el temor podía extenderse entre los habitantes de una comunidad pequeña, donde las relaciones familiares, los rumores y la reputación de las personas tenían un peso importante en la vida cotidiana.
Caballero Barrera explicó que no todas las acusaciones de aquella época se clasificaban de la misma manera. Dentro de la concepción inquisitorial, la brujería se asociaba con un supuesto pacto con el demonio, mientras que la hechicería y la superstición podían relacionarse con prácticas rituales, remedios y creencias populares.
También señala que los conocimientos de las parteras, las curanderas y otras mujeres que atendían problemas cotidianos no deben confundirse automáticamente con la brujería.
Saber utilizar plantas medicinales, asistir partos o aliviar determinados padecimientos constituía un conjunto de conocimientos que podían existir independientemente de cualquier acusación de hechicería.

En el caso estudiado, el investigador relata que la respuesta de la Inquisición sobre Mariana llegó cuando ella ya había fallecido. Por otra parte, sostiene que Jerónima y su hija fueron liberadas después de que habitantes del Saltillo las ayudaran a escapar de su encierro.
“ ¿Por qué ellos sí tuvieron la capacidad reflexiva de empatizar con dos mujeres, con dos asesinas y con dos hechiceras? Y el hecho de decir que le tenían miedo a Mariana de la Fuente y decir que era porque era más sabia, es que era por miedo puro
La historia de las mujeres señaladas en el Saltillo colonial permite mirar más allá de los supuestos hechizos y las figuras sobrenaturales. También habla de una comunidad que debía decidir a quién creer, a quién temer y a quién defender.
Porque, detrás de las acusaciones de brujería, había personas que vivían en circunstancias complejas, dentro de una sociedad marcada por desigualdades, tensiones y relaciones de poder.
En el caso de Mariana, el historiador plantea que el miedo pudo haber funcionado como una forma de obtener respeto en una sociedad desigual y violenta, especialmente para una mujer que, según las declaraciones, vivía en condiciones de vulnerabilidad.
A ello se sumaba el contexto de la época. La región atravesaba dificultades relacionadas con la sequía y las enfermedades, factores que podían incrementar la incertidumbre y la tensión entre sus habitantes.
En esas circunstancias, las explicaciones sobrenaturales podían ofrecer una manera de interpretar desgracias y conflictos que resultaban difíciles de controlar.
El procedimiento tampoco consistía necesariamente en que una acusación terminara de inmediato en una condena. Los comisarios locales de la Inquisición reunían denuncias y declaraciones que debían enviarse a las autoridades correspondientes, encargadas de determinar si procedía iniciar un proceso formal.
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