La enfermedad por coronavirus sorprendió al mundo y aún lo tiene en ascuas. La normalidad tardará meses en regresar, o tal vez años, y será distinta de acuerdo con el país y el estrato económico, social y cultural de cada uno. Si en las fiestas de diciembre alguien hubiese vaticinado una peste global y que el distintivo de 2020 sería una mascarilla, que sobraría tiempo y que virtualmente la Tierra detendría su curso, habría sido tomado por loco, o bien se consultaría a Nostradamus en busca de la profecía apropiada para el caso. Los cinéfilos quizá hubieran quedado ojipláticos al recordar la película «Contagio» de Steven Soderbergh (2011) basada en la pandemia de gripe A (H1N1).
Advertir que el planeta, con sus 12 mil 756 kilómetros de diámetro, se arrodillaría ante un patógeno que mide entre 10 y 100 nanómetros -un milímetro se completa con un millón de nanómetros-, era impensable. ¿Cómo podría suceder tal cosa si, en teoría, el hombre era todopoderoso y nada escapaba de su control? Pues sí. La Covid-19, como algunos de sus hermanos -SARS-CoV y MERS-CoV, descubiertos en 2003 y 2012- destruyó mitos y echó abajo certezas. Ni la ciencia, ni la economía ni las potencias tienen respuestas convincentes, y para lograr una vacuna todavía faltan meses, en el mejor de los casos.
Cuando el enemigo empezó a atacar desde Wuhan, China, y a propagarse por el mundo a velocidad de vértigo, los gobiernos de todo signo ideológico estaban en Babia o se miraban el ombligo. Quien más quien menos, todos fueron sorprendidos. Los líderes que reaccionaron mejor le han evitado a sus pueblos mayor dolor y muerte, pero del impacto económico ninguno se salva. Si el nuevo coronavirus solo es perceptible con microscopios electrónicos, otras plagas saltan a la vista, mas no se las quiere ver pues incomodan a las buenas conciencias.
Abril cerró con casi 3.2 millones de infectados y alrededor de 228 mil decesos en el mundo por Covid-19, de acuerdo con la Universidad Johns Hopkins. El 14 de mayo, en la misa del Día de la Oración, el papa Francisco cambió el punto de mira: «En los primeros cuatro meses de este año, 3.7 millones de personas murieron de hambre. (…) En cuatro meses, ¡casi 4 millones de personas!». Por tanto, también pide pensar en pandemias globales como las guerras, el hambre y muchas otras.
Uno de esos males se ha cebado en América Latina y sus raíces en México son profundas: la corrupción, más perniciosa y duradera que cualquier plaga. Contra ese fenómeno tampoco existe cura, pero sí vacuna: la ley; sin embargo, en nuestro país es donde menos se aplica. Brasil, Guatemala, El Salvador, Panamá y Perú han puesto entre rejas a expresidentes y exprimeras damas. Aquí, Peña Nieto, Salinas y los Moreira se farolean mientras el hambre y la pobreza aprietan.
El Pontífice ya se había referido a esa enfermedad epidémica en un video difundido en YouTube en octubre de 2018. «¿Qué hay en la raíz de la esclavitud, del desempleo, del abandono de los bienes comunes y de la naturaleza? La corrupción: un proceso de muerte que nutre la cultura de la muerte. Porque el afán de poder y de tener no conoce límites. La corrupción no se combate con el silencio. Debemos hablar de ella, denunciar sus males, comprenderla para poder mostrar la voluntad de hacer valer la misericordia sobre la mezquindad, la belleza sobre la nada. Pidamos juntos para que aquellos que tienen un poder material, político o espiritual, no se dejen dominar por la corrupción».
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