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Coahuila

Las responsabilidades que no nos corresponden

Por Irene Spigno

Hace 1 año

El concepto de responsabilidad es una de las piedras angulares sobre las que se construyen la ética, la moral y el derecho.

Ser una persona responsable implica la capacidad de reconocer, aceptar y responder por las consecuencias de nuestras propias acciones. Es una cualidad que nos distingue como seres conscientes y racionales, capaces de asumir el control sobre nuestra vida y nuestras decisiones.

En el ámbito jurídico, esta noción es fundamental: desde el derecho civil, que exige la reparación del daño causado, hasta el derecho penal, que impone una sanción por un delito cometido, el sistema legal se basa en la premisa de que cada individuo debe responder por sus actos. Ser responsable significa, en esencia, no esconderse detrás de excusas ni culpar a otros por lo que hacemos.

Sin embargo, en el complejo entramado de nuestras relaciones hay excepciones. La ley reconoce y regula situaciones en las que una persona debe asumir la responsabilidad por los actos de otra, como en el caso de la patria potestad. Los padres y tutores, por ejemplo, son responsables de los actos de sus hijos menores de edad, ya que la ley presume que estos no tienen la capacidad jurídica ni la madurez para responder por sí mismos. No obstante, incluso en estas excepciones, el derecho establece límites y condiciones. El principio general sigue siendo inmutable: cada persona es responsable de su propia conducta.

¿Qué pasa cuando asumimos una responsabilidad que no nos corresponde? Experimentar la obligación de responder por algo que no hicimos, o por una situación que escapó por completo a nuestra esfera de control, genera un profundo sentimiento de enojo y frustración. Es una injusticia que se siente en lo más profundo de nuestra conciencia, porque contradice nuestra noción intrínseca de lo que es correcto y equitativo.

Esta injusticia se manifiesta en diversas situaciones de la vida cotidiana. Una de las más comunes ocurre cuando debemos afrontar las consecuencias de actos que otras personas cometen de manera superficial, quizás sin pensar en las repercusiones de sus decisiones, desentendiéndose de los problemas que pueden generar.

Muchas veces tenemos que lidiar con el desorden, el perjuicio o el daño causado por la negligencia, la ignorancia o, lo que es peor, la indiferencia de otras personas. La frustración aumenta al percibir que esa falta de conciencia y atención de la otra persona nos impone una carga de la que ella se ha librado.

Otro ejemplo particularmente irritante se da cuando las personas, en una clara falta de respeto a la jerarquía y a las reglas, se niegan a ocupar su lugar. En un intento por ejercer un poder que no les corresponde o por saltarse los protocolos establecidos, actúan de manera arbitraria. Sin embargo, en lugar de asumir las consecuencias de su comportamiento, es la persona que se encuentra en una posición de autoridad quien debe responder por ellas. Así, no sólo se viola un principio de orden y respeto, sino que se genera mayor responsabilidad en alguien más. Cuando la malicia o la mala fe entran en juego, el sentimiento de injusticia se vuelve aún más agudo, pues no solo se nos ha impuesto una carga ajena, sino que se nos ha convertido en víctimas de una manipulación.

Lidiar con estas situaciones nos desgasta emocional y sicológicamente. El peso de tener que resolver problemas que no iniciamos y el constante fastidio de tener que reaccionar a la irresponsabilidad de otras personas nos impide concentrarnos en nuestras propias tareas y responsabilidades. Nos desvía de nuestros objetivos y nos roba energía que podríamos emplear en construir algo productivo.

Es por ello por lo que resulta fundamental que cada persona asuma la responsabilidad que le corresponde. Una sociedad funciona mejor, y las relaciones humanas son más sanas, cuando cada persona integrante hace bien lo que le toca y responde por las consecuencias de sus propias acciones.

La responsabilidad es un reflejo de madurez emocional. Asumir la nuestra es un acto de integridad. Negarse a aceptar la que nos es ajena es un acto de autorrespeto y justicia. Para vivir en armonía con los demás y con nosotros mismos, es fundamental que cada quien se haga cargo de sus propios actos, y dejar a un lado las cargas que no le pertenecen.

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