Las personas somos seres complejos. La complejidad que nos caracteriza e identifica como seres humanos se intensifica en ciertos momentos de la vida, tanto individual como colectiva. Para enfrentar nuestra cotidianidad, y más aún en los momentos difíciles, necesitamos equilibrio: físico, mental y espiritual.
Debemos cuidar nuestro cuerpo físico con una alimentación sana, ejercicio constante y descanso suficiente. También es fundamental cuidar nuestra salud mental, prestando atención a lo que nuestra mente “consume”: lo que escuchamos, las películas y programas que vemos, y los pensamientos que generamos.
Y también nuestro espíritu necesita amor y atención: es necesario darnos permiso para hacer pausas en momentos en los que nos sentimos muy agobiados o cargados. Debemos escucharnos y reconectar con nuestro interior e intuición, priorizando lo verdaderamente importante y dejando de lado, o para más tarde, aquello que puede esperar.
Todo con equilibrio. Fácil de decir, pero más difícil de hacer. Les voy a dar un ejemplo más práctico que quizás nos pueda ayudar a entender mejor qué tipo de equilibrio necesitamos en nuestras vidas.
A todas las personas nos gusta comer rico, y a la gran mayoría, contrariamente a lo recomendado por todas las y los nutriólogos, nos encantan el pan y los dulces. Hay algo adictivo en la harina, especialmente en los días lluviosos y fríos, cuando lo único que queremos es quedarnos en la cama viendo películas y comiendo pan dulce.
Todas las personas a las que nos gusta cocinar sabemos que preparar panes y pasteles es un arte; es química. Existe una serie de ingredientes fundamentales que no pueden faltar y, si queremos que lo que estamos cocinando salga bien, debemos respetar la proporción entre azúcar, huevos, harina, levadura, entre otros ingredientes. Si no respetamos esta proporción, el pan saldrá, pero no será tan rico como debería ser. Igual lo comeríamos, pero sin la sabrosa sazón que debería tener.
El equilibrio en nuestra vida es como la proporción entre los ingredientes de un pan dulce. Si queremos una vida “dulce”, que nos guste, con una “sabrosa sazón”, necesitamos este equilibrio. ¿Cómo lo podemos alcanzar?
Hay muchas cosas que podemos hacer; ya hablaremos de estas en otro momento. Hoy quiero hablarles de lo que deberíamos dejar de hacer.
Deja de invertir tu energía en personas que, aun teniendo la posibilidad de hacerlo, deciden conscientemente no dedicarte ni su tiempo ni su energía. Invierte esa energía en ti y en tus sueños.
Deja de amar a quien, de manera clara y constante, te demuestra que no te ama ni te valora. Date a ti mismo/a el amor y valor que desearías recibir de los demás.
No te quedes al lado de alguien que no quiere estar contigo y tampoco te deja ir: vete. No importa cuánto te digan que te necesitan y te quieren: los hechos hablan más fuerte y claro que las palabras.
Deja de invertir tu tiempo en tratar de realizar sueños que no son tuyos, sino de alguien más (quizás de tu familia o de la sociedad). Invierte en tus propios sueños y sueña en grande. Si es lo que realmente deseas, nada es demasiado grande.
Deja de estar disponible para personas que nunca tienen tiempo para ti. Dedícate el tiempo que necesitas para ti mismo/a, tus proyectos y las personas que, a pesar de todo, siempre están ahí para ti.
Deja de compartir tus logros con quien no muestra interés alguno ni en ti ni en ellos, con quien sólo siente envidia y muestra indiferencia. Deja de idealizar a los demás: las personas son como son, no como tú quisieras que fueran. Deja de intentar cambiar a quien, aunque se queje constantemente, en realidad no desea cambiar. Todas las personas tenemos problemas: nosotros decidimos si queremos aprender y evolucionar o si preferimos seguir repitiendo los mismos comportamientos, esperando que el resultado final cambie. Necesitamos equilibrio en nuestras vidas. Comenzamos eliminando todo lo que nos desequilibra para reconectar con nuestro centro.
¡Les deseo una semana muy linda!
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