Soy un ávido lector desde muy pequeño. En mi familia yo soy el mayor de mis cuatro hermanos, derivado del nacimiento de mi hermano Miguel, quien naciera antes del año de mi arribo al planeta, se decidió que yo me fuera a vivir con mi abuela paterna, doña Evangelina Peart Pérez, (hermana mayor de los ingenieros Óscar y Ricardo Peart, connotados maestros y directores del Tecnológico de Saltillo). Ella nació en la población de Candela, Coahuila, como antidemocráticamente se estilaba en aquellas épocas, a la hermana mayor de la familia, mi tía Norita, la mandaron a estudiar a una escuela para señoritas en Nueva York, Estados Unidos, y a mi abuelita Eva, la sacaron de la escuela primaria cuando iba apenas en tercer grado, para que cuidara a sus hermanos menores. Lógicamente esta actitud represiva y limitante, no fue del agrado de mi abuelita, quien decidió casarse muy joven para escapar del yugo impositivo de su madre. Mi abuelita fue autodidacta y muy emprendedora, así que, al poco tiempo de casada, mi abuelo Miguel Gleason, de Torreón, Coahuila, no le pudo seguir el acelerado ritmo a su esposa, y el matrimonio acabó en divorcio rápidamente, mi abuelita partió a la Ciudad de México, donde con férrea decisión se preparó en infinidad de temas, y con grandes esfuerzos construyó un patrimonio para brindar estabilidad económica para ella y sus hijos. Toda esta introducción viene al caso, porque cuando ella me lleva consigo, al estar divorciada y sola, -pues sus dos hijos ya estaban casados y con hijos, tenían su vida aparte-, yo me convertí a mis escasos 10 meses, en su principal foco de atención para educarme según sus preceptos, lo que realmente agradezco, ya que la mayoría de mis pocas virtudes se las debo a ella, fue mi principal ejemplo y guía. Imagínese el lector lo intensa y variada que fue mi educación a su cuidado, que el primer y lejano recuerdo que tengo de mi vida, es a mi abuelita sosteniéndome con unos tirantes para enseñarme a caminar, pero, conjuntamente, al mismo tiempo, me recitaba las letras del abecedario y me enseñaba a repetirlas, me leía libros y me mostraba las palabras escritas en ellos, el obvio resultado fue que yo aprendí a caminar y leer antes de lo común para mi edad. Además de los libros que me proveía mi abuelita,- habitualmente de aventuras, como Robinson Crusoe, el guerrero Sandokan, el Conde de Montecristo, Los tres mosqueteros, y las Aventuras de Tom Sawyer, entre muchos más-, yo leía también todo lo que se atravesaba a mi paso, por la calle leía los nombres de las calles y avenidas, las carteleras gigantes de publicidad, en la cocina leía lo que estaba escrito en las cajas de los alimentos envasados, en el baño leía los ingredientes de las pastas de dientes, etc. Era un infante lector obsesivo compulsivo. En aquella época de mediados de los 70, se estilaba hacer concursos entre los alumnos de lectura de rapidez y comprensión, gracias a mi previa e intensa práctica, yo ganaba siempre el primer lugar, hasta que al cuarto o quinto concurso, la maestra decidió que yo ya no debía participar para darle lugar a la competencia entre mis compañeros, pero muy sabiamente, -y para que yo no me sintiera discriminado y frustrado-, me encargó la labor de contar las palabras leídas, mientras ella se hacía cargo de comprobar si los alumnos habían comprendido lo que habían leído. También había concursos de ética y moral, que consistían en aprenderse de memoria los catecismos y recitarlos en los concursos, que, por las razones antes citadas, me permitieron ganar medallas en esos rubros. Disculpe el lector lo extenso de este prolegómeno, (explicación al principio de un escrito, que establece los fundamentos de lo que se ha de tratar después), pero me es necesario para entrar como punta de lanza en el polémico tema sobre el cual se ha escrito en las ultimas columnas, que trata sobre si la vida en nuestro planeta se debe al “creacionismo”, o al “evolucionismo”, añadiendo en la última entrega de esta serie, al “mutacionismo”.
A la par de que asiduamente leía los catecismos y la Biblia, involuntariamente, y debido al sentido común que otros escritos que había leído me orillaron a desarrollar ampliamente, empecé a encontrar ciertas incongruencias, en el estricto sentido literario que aparecían eventual y esporádicamente en las Sagradas Escrituras. No tiene caso ennumerarlas, pero todas tienen que ver con las discrepancias entre lo que “literalmente” esta escrito en los textos sagrados, y lo que después de miles de años de búsquedas, descubrimientos y hallazgos, la “ciencia dura”, (término coloquial que se usa para referirse a los campos de investigación científica que se consideran más rigurosos, exactos y experimentales y que se caracteriza por ser empírica, cuantificable, y basada en datos y en un método científico objetivo), pone en tela de juicio, repito, si se toma al pie de la letra lo que en ellos están plasmado como verdad inobjetable. Al continuar creciendo, en la preparatoria leí a los filósofos griegos, y mi repertorio de dudas e inquietudes crecieron, lo que me llevó a estudiar varios volúmenes de la historia de la filosofía y las religiones, después de lo cual constato, que la doctrina idónea para la fe de los seres humanos, es la de Jesucristo, basada en el amor a los semejantes, el perdón y el arrepentimiento, que restablece el amor a uno mismo, lo cual se entrelaza y es base originaria de las distintas teorías mencionadas, y de lo que disertaremos la semana que entra.
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