Saltillo

Publicado el domingo, 8 de marzo del 2026 a las 04:00
Saltillo, Coah.- La estudiante del Ateneo fue enfática al declarar: “No me hospedo en un hogar de negros”.
Aún no cumplía los 17 años, pero ya dominaba la lengua inglesa y francesa. De tez blanca, con calificaciones superiores al 90 y sin limitaciones económicas, representaba el perfil ideal para un programa de intercambio. Sin embargo, la academia de inglés de la preparatoria ateneísta no la había seleccionado. La razón era clara: su posición socioeconómica.
En cambio, su compañero de aula —con méritos académicos semejantes, pero procedente de una familia de escasos recursos— fue elegido. Los méritos y el estatus social del joven se convirtieron en su “pasaporte” para integrarse al programa de intercambio académico que cada año se realizaba con una High School cercana al puerto de Nueva York.
Los ateneístas pasaban una semana hospedados con familias estadounidenses, cuyos hijos después viajaban a Saltillo. Los gastos eran cubiertos por un empresario radicado en Estados Unidos, antiguo alumno del Ateneo Fuente.
En contra de la voluntad de los maestros de inglés, pero con el apoyo del rector de la universidad, la muchacha finalmente hizo el viaje. Durante la estancia, sin embargo, mostró indisciplina. El benefactor retiró su apoyo económico y el programa se suspendió.

Aún no cumplía los 16 años cuando dejó su hogar para ingresar a una Escuela Normal Rural en el sur del país. En el internado extrañaba los mimos de papá y mamá, y comenzó a interesarse por la vida y obra de Emiliano Zapata.
Tras cursar la Normal Superior, a principios de los años 80 se incorporó a la planta de profesores del Ateneo Fuente. Acostumbrado a las carencias económicas del campo mexicano, en él se forjó una cultura de prevención.
En el aula ateneísta que le asignaron, guardaba bajo llave en un librero un botellón de agua, gises y borradores, toallas sanitarias, textos del escritor mexicano Cuauhtémoc Sánchez —muy leído por la juventud de aquel entonces— y más de 40 ejemplares de El Ateneo de Mis Mocedades.
En su materia de Taller de Lectura y Redacción (TLR), y muy al estilo de la liturgia de las iglesias cristianas protestantes, organizaba lecturas alternadas: al unísono, en coro, o en ocasiones sólo las voces femeninas, de fragmentos del libro de Agustín Isunza Aguirre.
El profe solía comentar a sus colegas que, para evitar que sus alumnos evadieran la lectura, los hacía leer de manera casi obligatoria en el aula. Ya en el otoño de su existencia, a manera casi de soliloquio, gusta repetir una frase de un escritor holandés: “El olvido es el hermano ausente de la memoria”.
La historia de la Pinacoteca del Ateneo Fuente señala a dos personajes que contribuyeron a la formación de la primera colección de pinturas y esculturas, que actualmente se resguardan y exhiben en una galería de la institución educativa. Ambos oriundos del norte de México y vinculados a las bellas artes.
El primero, el saltillense jurista y promotor cultural don Artemio de Valle Arizpe; el otro fue el pintor zacatecano Rubén Herrera, quien vivió en Europa y, al concluir la Revolución Mexicana, regresó de Italia a México. En 2020, al cumplirse el primer centenario de este acervo.

La periodista Sylvia Georgina Estrada conmemoró la efeméride con una obra que describe el origen, desarrollo y significado cultural de la colección, subrayando su función como patrimonio educativo y memoria compartida de generaciones ateneístas. La autora en su libro dice:
“El núcleo central de la Pinacoteca del Ateneo Fuente proviene de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Sus siglas aparecen en el reverso de la mayoría de los lienzos que ahora se exhiben en la galería ubicada en el segundo piso del edificio art decó, diseñado por el ingeniero Zeferino Domínguez e inaugurado en 1933”.
“No existe una lista fechada en la época que certifique el número de las obras procedentes de la antigua Academia de San Carlos que llegaron a la capital coahuilense, pero gracias al detallado y minucioso inventario hecho por Rubén Herrera en 1926, de ‘los cuadros que existen en la Pinacoteca propiedad del Estado’, se estima que fueron 159 pinturas, más nueve bronces y yesos, los que integraron el primer acervo de la colección ateneísta”.

“Diplomático, escritor y cronista de la Ciudad de México, Artemio de Valle Arizpe fue el gestor del primer acervo de la Pinacoteca. No sólo eso, el exateneísta donó su colección personal de pinturas en 1962, integrada por 34 obras”.
“Cuando se inicia el recorrido por la Pinacoteca del Ateneo Fuente, son las obras de don Artemio las que dan la bienvenida al visitante. El impacto visual no es menor. De gran formato, las pinturas novohispanas muestran pasajes religiosos de gran sensibilidad colorista, puente entre el manierismo y el barroco, que se forjó en gran medida gracias a los artistas nacidos ya en las colonias, conscientes de su herencia criolla”.
En este siglo de vida, la galería del Ateneo Fuente se ha convertido en un registro del devenir artístico de la capital coahuilense. Personajes, edificios y hechos históricos cierran el recorrido por la Pinacoteca. De ello dieron cuenta Rubén Herrera y su esposa Dora Scaccioni, Antonio María Costilla, Elena Huerta, Eloísa Ruiz, Ángela Valdés, Carmen Sánchez, Elisa de la Peña, María Escobedo, Miguel Santana, Pablo Valero, Juan Calderón, Alfonso Gómez Lara y muchos más.
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