Después de pasar unos días en Lisboa me dije que nada me gustaría más que perderme por sus calles, las mismas que suben y bajan y están rodeadas de árboles que han sido traídos de muchas partes del mundo, especialmente Brasil.
Sin hipérbole podría decir que hacía mucho tiempo no me atraía tanto una ciudad tan señorial, histórica y misteriosa a la vez. De adolescente, mi padre ávido lector de José Maria de Eça de Queirós y apasionado por la música de Amália Rodrigues, ya me había platicado de Lisboa y en esa misma época, mi madre escuchaba: Lisboa Antigua, cantada por “Los Churumbeles”.
Eran los años en los que era muy amiga de la hermana de Celeste Batel (esposa del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas), cuyo padre, de origen portugués, me platicaba mucho de Lisboa. Cuando me quedaba a cenar en su casa servían unas deliciosas sardinas y en algunas ocasiones, bacalao.
Por eso al escuchar a “Los Churumbeles”, a pesar de mi corta edad, esa música me ponía nostálgica, como nostalgia provoca la ciudad de Lisboa. Andando el tiempo, me hice lectora de los libros de José Saramago. Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi, se volvió mi libro de cabecera y uno de mis restaurantes favoritos es portugués.
¡¡¡Apenas Enrique y yo llevamos cuatro días en Lisboa y ya tenemos con esta antigua ciudad una relación de pertenencia!!!
Cuántos palacios, plazas, iglesias, edificios Art Nouveau y Art Deco, jardines, bosques, monumentos, callejuelas empedradas, cafés al aire libre, terrazas de espléndidos restaurantes, miradores panorámicos, boutiques de joyas de filigrana, fachadas de pequeñas casas de múltiples colores, esculturas de reyes, turistas y más turistas y lo más llamativo de todo, no hay basura.
Todo lo anterior lo admiramos aún más porque Enrique y yo tomamos el Tranvía 28, uno de los más emblemáticos de la ciudad y el mismo que tomaba habitualmente el escritor portugués Fernando Pessoa, de quien dice Octavio Paz:
“Pessoa quiere decir persona en portugués y viene de persona, máscara de los actores romanos. Máscara, personaje de ficción, ninguno: Pessoa. Su historia podría reducirse al tránsito entre la irrealidad de su vida cotidiana y la realidad de sus ficciones”.
En el libro Un mar compartido. Diálogo entre México y Portugal, dice el historiador Miguel León Portilla que participaron muchos portugueses en la conquista de México, quienes llegaron en 1519 con Hernán Cortés. En 1522, muchos soldados portugueses acompañaron a Francisco de Garay. “¿De Garay?”, exclamé sorprendida al leer el apellido materno de mi padre, su mamá se llamaba Concepción Garay.
¿Soy entonces descendiente del portugués, Francisco de Garay? ¿Por eso desde que llegué a Lisboa de alguna manera me siento como en mi casa? ¿Gracias a este parentesco, podría pedir mi nacionalidad portuguesa? Llegando a México me haré el examen de ADN…
En la misma obra citada anteriormente me entero que: “En 1932, dos años después de establecido el primer consulado portugués en suelo mexicano, un decreto del municipio nombraba la Avenida México en el barrio nuevo de Sao Joao de Deus, es Art Deco”.
Me entero igualmente que Mario Moreno “Cantinflas” vino en septiembre de 1961 y que tuvo un éxito rotundo en la Plaza de Toros de Lisboa, con su espectáculo taurino, de hecho “los primeros mexicanos en ganar celebridad en Portugal provenían de una estirpe de hombres: los matadores de toros. La tauromaquia, pasión ibérica, la heredamos los mexicanos de los conquistadores”, es decir de mi antepasado De Garay, de allí que la familia Loaeza hubiera sido tan aficionada a los toros.
Por último diremos que en Lisboa hay cuatro restaurantes mexicanos que tienen gran éxito. Ayer se dio El Grito en uno de ellos, en medio de decenas de jóvenes mexicanos y portugueses y todos juntos gritamos emocionados y muy unidos por nuestros lazos históricos y culturales: “¡¡¡Viva México!!!”.
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