Arte

Publicado el miércoles, 21 de enero del 2026 a las 04:04
Saltillo, Coah.- La forma en la que Lucía López Corcuera (Guadalajara, 1980) piensa la literatura es la de una hoguera donde las historias se consumen hasta mostrar lo que las sostiene: la vida. Una escritura de fuego como muestra Lo que Arde (Almuzara, 2025), novela en la que explora las heridas generacionales, la herencia genética y las relaciones que las mujeres de una misma familia tienen a lo largo de años.
Un viaje íntimo y sicológico que, paradójicamente, se detona con un accidente físico: cuando Erin, la narradora, se tropieza y cae en una espiral de pensamientos en los que el matrimonio, la maternidad de ella como madre pero también como hija, y las memorias de su abuela, se abren y revelan un mundo interior que grita hacia el exterior lo que ha callado.
Así lo explica la autora, quien señala que “desde un principio quería contar la carga generacional y la herencia genética que se va pasando de abuelas a madres e hijas, porque eso siempre me ha interesado. Tenía ese punto claro y para ello el personaje tendría que estar a la mitad de su vida, para que tuviera un quiebre y poder, de ahí, iniciar esta introspección hacia su vida. Por eso utilicé la caída del principio como una caída física, pero también simbólica de ese desmoronamiento de ella, ese es el punto de quiebre del personaje y el inicio de la novela”, explica en entrevista.
A partir de ese momento, Lo que Arde mece al lector con la cadencia de sus palabras, que crean una atmósfera en la que el lenguaje lo es todo, ya que una de las ideas que la obsesionaban era la incomunicación familiar.
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Siento que cada familia tiene su propio lenguaje, sus propios modos, sus propias costumbres. Esa intimidad familiar era algo que quería tocar, porque los de afuera pueden opinar lo que quieran, pero sólo los que están adentro de la familia saben qué es lo que se está moviendo ahí adentro.
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Quería tocar, también, esa lealtad que le tenemos a los lazos familiares que aunque sean tóxicos, aunque haya violencia y aunque estrangulen, uno les es fiel. Esta lealtad a la sangre que es muy característica de México y, en especial, lo que conozco de la sociedad tapatía. La familia todavía tiene un valor muy importante aunque sea castrante, sigue teniendo esta relevancia y está como piedra angular en la vida de cada persona”.
Voces unidas
Por ello en la novela, los silencios cuentan más que lo que se dice, ya que las cosas que se callan son, en su mayoría, los pilares que sostienen a una familia, y también son el aglutinante que las mantiene unidas a pesar de lo oscuro que puedan ser esos secretos.
Esa voz que define a Erin, permite que el lector la conozca por el resto de personajes como su madre y su abuela quienes, a la vez, son delineadas por los pensamientos de ella, de ahí que puedan sentirse fantasmales: porque las voces que las tres poseen son murmullos que se condensan en la misma narrativa.
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En lo familiar quería tocar el tema del linaje femenino, y a partir de Erin construí a su mamá y a su abuela para trabajar su linaje: quiénes eran, qué querían, que hicieron. Y pues tanto la mamá como la abuela se me facilitaron mucho más que el propio personaje principal porque ellas sí tenían una voz muy fluida.
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Y con Erin, que es la principal, estuve más tiempo construyéndola por su complejidad, por eso utilicé el hecho de que la madre y la abuela tenían ya su lenguaje muy definido, como parte de la voz de la conciencia de Erin”, señaló.
Ese hipnótico viaje interior es el que permite que Erin comprenda el lugar que tiene en un matrimonio que la ha cansado, en una familia que la ha condicionado a ciertas expectativas, pero también le da fuerza para rebelarse en contra de ellas al poder darles forma por medio del lenguaje.
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Creo que el viaje que tiene Erin es interesante porque se mezclan muchas voces, y yo creo que la voz de la conciencia propia está muy condicionada por esa domesticación que tenemos desde pequeñas y nos hace dudar, porque no sabes si la voz de la conciencia es la propia o de otras personas, en específico de la madre.
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Estamos muy condicionados por lo que nos dijeron, por las expectativas que tenían de uno, y en la novela está esta mujer se da cuenta de que ha vivido, básicamente, su vida a través de las expectativas que tenían de ella el esposo, la hija, la madre, y ahí se quiebra y se rebela”, señala
El cuerpo
Así, López Corcuera tiende sobre la mesa las expectativas que durante décadas han pendido sobre las mujeres: en lo familiar, lo amoroso y, también, en el mismo cuerpo. Pues la parte física de Erin también se encuentra en el deseo y el erotismo.
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La vida insatisfecha de las mujeres de este tipo de literatura, como Erin o como Madame Bobary, creo que se relaciona mucho con poner en tela de juicio estas expectativas que tiene de una. Sobre todo la sociedad hacia la mujer y que nosotras las asumimos también y creemos que eso es lo que hay que hacer. Por eso Erin llega a la mitad de su vida con todos esos requisitos previos que se le habían exigido: casarse joven con una persona bastante estable, tener hijos, tener un trabajo, tener esta estabilidad, pero llega el punto en el que se da cuenta que algo le falta.
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Y ahí quise tocar el tema del deseo y el placer sexual, porque creo que es un tema del que no se habla, al contrario, como que está muy calladito, y que las mujeres, al llegar a cierta edad, ni siquiera lo pone, como expectativa sobre la mesa. Entonces sí lo quise tocar como un modo de alentarnos a nosotras mismas, y pensar y saber que no es sólo cuestión masculina”, concluyó la nominada al Premio Sor Juana Inés de la Cruz con su libro Cuando Vuelan las Palomas.
A LEER:
Lo que Arde
De Lucía López Corcuera
Almuzara, 2025
270 páginas
585 pesos
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