En 1985, en el sismo de CDMX, el pueblo chilango hizo a un lado al Gobierno y tomó en sus manos la tarea de rescatar a los miles de afectados por el fenómeno, eso, porque sabían que las agencias de Gobierno solo desaparecerían cuerpos para reducir la percepción del desastre. Fue tanto el efecto positivo de esa acción, que las mismas agencias de Gobierno cambiaron su actitud y con ahínco se sumaron al esfuerzo popular, logrando rescatar a muchos atrapados, vivos y muertos.
Fue tan loable ese acto, que el siguiente Gobierno adoptó la palabra solidaridad para sus programas de asistencia a la población.
En Mexico, cuando sucede un desastre cualquiera, acuden dos tipos de personas, aquellos que buscan que echarse a la mochila, y los que acuden a ofrecer ayuda. Muchas zonas se caracterizan por la primera, y no muchas por la segunda.
De los que acuden a ofrecer ayuda, la mayoría trabaja en los grupos de rescate, muchos no reciben ni sueldo, arriesgan su vida, se exponen a malas condiciones y sueldos miserables o hasta “honorarios”.
Esos sin los que actualmente ayudan en el centro de Texas a encontrar y rescatar a los afectados por las inundaciones.
De esos, sí estamos orgullosos, bien por ellos.
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