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Lo sicodélico de los hongos alucinógenos

Por Federico Muller

Hace 2 años

Fue septiembre 11 y 12 de 1971, una fecha célebre para los jóvenes de aquel entonces aficionados a escuchar música rock en sus diferentes giros, reunidos en un espacio abierto  cercano al campo de golf del municipio de Valle de Bravo del Estado de México. Participaron en el Festival Avándaro, que estuvo amenizado por 18 bandas musicales que tocaron para alrededor de 300 mil asistentes, según cifras que dieron a conocer los organizadores del evento. Desde ese entonces se puso de moda la palabra sicodélico en la sociedad mexicana, que comenzó a usarse como adjetivo para referirse a un tipo de corriente musical, o también para señalar alguna superficie de colores abigarrados y chillantes, como pinturas, dibujos, grabados, portadas de discos y revistas, aunque aún se recuerda plasmada  en la vestimenta de la gente joven de aquel entonces con tendencias contraculturales. A los gustos y preferencias  de la juventud de antaño los sociólogos las estudiaron y teorizaron; y ellos consideran que formaron el movimiento sicodélico, que prevaleció en muchos países durante los años 60 y 70.

Desde luego que su significado médico no ha caducado. Sicodélico lo utilizan principalmente los estudiosos del cerebro humano para señalar la alteración en la conducta ordinaria del individuo a causa de la ingesta de algún tipo de droga. “Ésta  produce cambios en la percepción, el estado de ánimo y los procesos cognitivos, y afectan a todos los sentidos, desde la percepción del tiempo a la vista. En su nivel más extremo, pueden hacer que la gente alucine, es decir, que vean o escuchen cosas que en realidad no están ahí” https://www.mushmagic.es/blog-que-es-una-experiencia-psicodelica-n157.

La sustancia que se encuentra en los hongos alucinógenos, llamada psilocibina, puede generar también euforia y placer en sus consumidores; un grupo de ellos formaron parte de la comunidad hippie que tuvo muchos seguidores en el mundo, que comulgaban con seguir prácticas sociales de amor y paz, pero a su manera. Con la llegada del siglo 21, las normas sociales y las legislaciones de los países se han venido relajando, siendo más permisivas con el consumo recreativo de estupefacientes, siempre y cuando su uso cumpla con lo que estipula la ley al respecto. Paralelamente, a la apertura legal del mercado de las drogas, aparecieron nuevos estudios sobre la estructura molecular de los hongos,  que llevaron a los científicos a descubrir propiedades terapéuticas, en particular para aliviar o paliar algunos padecimientos mentales que sufre con más frecuencia el ser humano de este siglo, como la depresión y ansiedad. Pero además de ofrecer esperanza a los pacientes depresivos, la psilocibina está encontrando otros usos en personas con trastornos de alcoholismo, y en aquellas sometidas a elevados  niveles de estrés por el tipo de trabajo que desempañan. Entre ellas, se encuentran los emprendedores dueños de start-ups, y empresarios jóvenes con negocios ya consolidados en el mercado. Los tratamientos que se les provee están en fase de experimentación y atienden a la población objetivo que forma parte de una selectiva muestra estadística; y aun no cuentan con la autorización de los reguladores nacionales de medicamentos y drogas. Un grupo de expertos médicos e investigadores del área de la salud también considera los aspectos filosóficos, espirituales y psicológicos presentes en el consumo de los hongos alucinógenos: “su carácter místico (“permiten mirar nuestro interior”), el empleo tradicional de comunidades (en contextos y cosmogonías muy diferentes) y las expectativas de que una sustancia natural tenga “mejores” efectos en pacientes con depresión que los antidepresivos. “Aunque todavía hay que realizar estudios amplios y definitivos, cada vez está más claro que los medicamentos psicodélicos pueden ser muy beneficiosos para las personas con depresión, adicción y otros trastornos comunes”. https://www.elespectador.com/salud/hongos-depresion-y-salud-mental-un-boom-para-ver-con-mucha-cautela/

La ruta de la investigación, aunque sinuosa y ascendente, es esperanzadora en virtud de que existen fuertes incentivos en seguirla haciendo, no solamente monetarios, sino clínicos, porque el arsenal de fármacos tradicionales antidepresivos cada día encuentran más resistencia en lograr la buena salud mental de sus consumidores. María Sabina (1894-1985) fue una india mazateca que vivió en el área de la montaña de Oaxaca, conoció el poder de los hongos desde muy pequeña, gracias a que sus familiares los usaban como parte de un ritual religioso que llevaban a cabo regularmente en su hogar. En el monte en donde apacentaba el ganado de su abuelo probó por primera vez los hongos, sumergiéndose en el éxtasis que provocan ese tipo de sustancias alucinógenas inmanentes en las setas. El contexto cultural en el que se formó, poblado de tradiciones precolombinas y fuertemente sustentado por creencias en objetos inanimados fue el marco de referencia, que utilizó para elevar el consumo de los hongos a un acto espiritual, más que terapéutico o lúdico. Pero aun así, y de manera empírica reconocía el poder curativo, y hasta milagroso de los hongos, anticipándose a los recientes descubrimientos científicos de las propiedades medicinales de los hongos, que se están dando a conocer al gremio de los siquiatras en Estados Unidos y México.

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