En aquella apacible ciudad de los años 50 había 100 mil habitantes, dos diarios, seis neverías, dos semáforos, cuatro cines, casi todo entre el panteón de Santiago y la calle Abasolo, entre el Ojo de Agua y el Ateneo Fuente.
Se fumaban cigarrillos Monte Carlo Extra y Veinte, Belmont, Delicados, Alas y Faros. Circulaban todavía automóviles Hudson y De Soto, Packard, Pontiac y Studebaker, y para viajar a México había que tomar el tren Águila Azteca.
Para impresionar a las chavas la Guacamaya, nevería y refresquería, y hacer valla en la calle Victoria. Los chavos de la Narro usaban pantalones jeans Lee, o Levis, comprados a “las chiveras” que los traían de Laredo o de Eagle Pass; botas vaqueras de La Victoria, camisas a cuadros de la Casa Chalita, sombrero texano, chamarra de cuero aborregada, era la indumentaria clásica de los “buitres”. Se movilizaban de y hacia Buenavista en cualquier vehículo que quisiera o pudiera transportarlos –incluidos camiones de volteo o en los quejumbrosos autobuses de carrocería de madera, “Agricultura-Las Fábricas”, piloteados por Cleto y El Güero.
Los tardíos se juntaban en grupo para abordar un carro de sitio –peso por piocha–, conducido por Zamorita o “El Gordo” Sánchez.
¡Vengan a verme nenas, no se pierdas el desfile!, las admiradoras aplaudían embelesadas y más tarde compraban fotos tomadas por Mora y García, “Los amos de la fotografía”.
El hit parade de Saltillo lo daba la XESJ, donde predominaban Toño Escobedo y Jorge Ruíz Schubert y las rockolas del Centro Alameda, “La Guacamaya”, “El Élite”, “El Tena”, y el Salón Primavera.
Los futuros agrónomos bailaron en Saltillo los últimos mambos, se movieron al compás del chachachá, presenciaron un breve retorno del charlestón y vieron venir el rock avasallador en la Acuña, Obreros del Progreso, la Cinsa, El Parque Azteca, El Álamo, y por supuesto en fiestas familiares a donde nadie los había invitado.
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