Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|Monterrey|Ciudad De MéxicoEdición Impresa
Julio Iglesias, Celso Piña y muchos más, víctimas del mayor robo de ‘regalías’ de la historia de YouTube La SIP urge a AMLO frenar violencia contra periodistas en México Alza de tortillas es por factores mundiales, Guerra en Ucrania es una de las causas: analistas Despega con Chuchuy / 16 de agosto de 2022 Tele Zócalo Matutino / 16 de agosto de 2022

Zócalo

|

     

Opinión

|

Información

< Opinión

 

Coahuila

Los capitalinos recibían a Maximiliano a manera de preámbulo

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 1 mes

Habíamos decidido concluir esta serie de artículos con la estancia de Maximiliano y Carlota en Puebla. Al final, sin embargo, estimamos que si ya habíamos abordado como se comportaron a la distancia los habitantes de la ciudad de México, deberíamos de ocuparnos de la forma en que se mostraron cuando llegaron a la capital del país. Así que, en base a lo publicado en los diarios La Sociedad y  El Pájaro Verde, al igual que en el libro “De Miramar a México,” vamos a los acontecimientos ocurridos alrededor del 12 de junio de 1864 cuando la pareja austriaco-belga arribó al Valle de Anáhuac. 

Tras de enterarse de como actuaron los poblanos ante los visitantes, los habitantes de la capital de la república decidieron que en eso de tirarse al piso nadie les iba a ganar. ¿Acaso se olvidaban como sus ancestros festinaron el ingreso del criollo quien se sintió noble? o  ¿Las once veces en que le construyeron arcos florales al gallero de Manga de Clavo? ¿No eran esas pruebas más que fehacientes de que ellos sabían cómo rendirle pleitesía al triunfante en turno, especialmente si les ofrecía la posibilidad de convertirse en “nobles”? Con toda esa experiencia familiar, y propia, nadie podía poner en duda la forma que actuarían ante aquel par que arribó por el rumbo del este cual si se cumpliese la profecía sobre el retorno de un Quetzalcóatl bicéfalo.

Pero no se crea que los capitalinos iban solos al festín, acorde a las crónicas, “el camino de Morelia, de Toluca, del interior y de todos los puntos del Imperio [sic], era un cordón no interrumpido de gente que en carruajes, a caballo y aun a pie, venía a la capital, ávida de presenciar el acto solemne de la recepción de sus Monarcas; siendo tal la afluencia de forasteros en México, que no encontrando ya posada, ni menos donde alojarse, tuvieron que tomar habitaciones en lo más retirado de la ciudad y a precios sumamente exorbitantes.” Bueno, cada quien gastaba su dinero como le daba en gana, eso sí con la mira puesta en que aquello, en una de esas, podía redituarles que regresaran a su terruño convertidos en “nobles,” Pero mientras unos llegaban, otros se alistaban para ir al encuentro de quienes les hacían soñar que al rendirles pleitesía se iban adentrando en la realeza. 

En ese contexto, volvemos a las narrativas, “a las ocho de la mañana del día 11 de Junio, día en que SS. MM. debían llegar a la Villa de Guadalupe, distante una legua [4.82 kilómetros]de la capital, más de trescientos jóvenes de lo más selecto de la sociedad, se reunieron en la Alameda de México, montados en arrogantes caballos, para marchar a Guadalupe y salir al paso a los Soberanos y vitorearles.” El recambio generacional ya se alistaba entre quienes padecían de la orfandad. Aunado a lo anterior, como muestra de que los huérfanos eran incluyentes, “en la misma Alameda, y a la misma hora, se reunían también en lujosas carretelas abiertas, las señoras más distinguidas de la sociedad, lujosamente vestidas, con el objeto de recibir poco antes de llegar a la Villa, a la augusta emperatriz.” De esa manera, “a las nueve de la mañana la frondosa Alameda ostentaba, en más de 150 carrozas descubiertas, las jóvenes más hermosas que encierra la capital, y cuyos hechizos admiraba un gentío inmenso que había acudido desde temprano a presenciar aquella agradable reunión.”  También, los menos afortunados, pero igual de carentes de amparo,“ se reunía[n] en la estación del ferrocarril, y… a pie, y provisto cada individuo de una pequeña banderita con una águila imperial en medio, debía salir también al encuentro de SS. MM.”  Mientras los acarreados iniciaban la caminata apoyados en su calzado, “reunidas todas las señoras en sus carruajes y los señores a caballo, salieron de México a las diez y media de la mañana, revelando en sus semblantes la alegría y el entusiasmo, y partieron por la puerta de San Lázaro, [los rumbos en donde ahora los legisladores morenos se muestran como herederos de la abyección] para situarse en el llano de Aragón, por donde debían pasar SS. MM. II. [Sus Majestades Ilustrísimas (¿?)] para Guadalupe. El número de carruajes, unido a los que fueron llegando después, se aumentó a más de doscientos; y llegó a quinientos el de personas a caballo de lo más florido de la juventud mexicana.” Como siempre, “la gente bonita” no podía quedarse fuera del besamanos, en caso de hacerlo ¿Qué iban a contarles a sus nietos? 

“Los dos prefectos de México [José Villar y Bocanegra]  y el Exmo. Ayuntamiento estaban ya en la Villa. “Eran las diez menos cuarto cuando [el jefe de jefes de la traición], su Illma. [Ilustrisima(??)] el Sr. arzobispo de México [Antonio Pelagio De Labastida y Dávalos] llegó a Guadalupe en una magnífica carretela, tirada por cuatro caballos oscuros. A poco entró una batería de artillería mexicana, cuyos soldados iban perfectamente vestidos.” Tras ella se presentaron en un coche sus Ilmas. [Ilustrisimas (¿?)]  el Sr. arzobispo de Michoacán, Sr. [Clemente de Jesús] Munguía [y Núñez], y el Sr. obispo de Oaxaca, [José María] Covarrubias [y Mejía]. A las diez y media de la mañana llegó la caravana al llano de Aragón, y colocada en el orden que hemos dicho, aguardó á SS. MM. Una comisión de jinetes, presidida por el Sr. D. Felipe N. del Barrio y Rangel, se adelantó a anunciar a SS. MM. que la ciudad de México, representada por multitud de señoras, propietarios, comerciantes, abogados y hombres científicos, aguardaba en el llano de Aragón a los ilustres monarcas, nuncios de la unión y de la paz. El Sr. Barrio manifestó que SS. MM. deseaban que la calesa que les estaba preparada, se adelantase para entrar en ella.” Vaya grupo, los auténticos dueños de la fiducia  y muchos de sus prestanombres todos unidos por la certeza de que quienes llegaban habrían de retornarles sus bienes mal habidos. Por ello, no reparaban en gastos.

Como muestra de que algo les había servido sus experiencias con Iturbide y López, los capitalinos construyeron “diversos arcos de flores en el llano hasta la salida a la calzada de Guadalupe. Al llegar a ella, el séquito de SS. MM. se había aumentado con todas las señoras y los caballeros que les aguardaban en el llano.” En medio de todo esto, “la Villa de Guadalupe, engalanada de cortinas y varios arcos, no podía contener el gentío que ocupaba sus calles, plazas, azoteas, y campos vecinos. Tropas francesas y mexicanas formaban valla hasta la Colegiata.” Todo estaba listo para que el show diera inicio.

“A las dos de la tarde el estampido del cañón y los repiques a vuelo anunciaron la aproximación de SS. MM., y el gentío que ocupaba el centro de la Villa, se adelantó a su encuentro vitoreándolos. Bajo el arco inmediato al parador del camino de hierro recibieron a los monarcas las autoridades políticas y municipales de Guadalupe y los señores prefectos político y municipal y el Exmo. Ayuntamiento de México. En igual forma, estaban ahí dos comisiones, la una compuesta de las Sras. D. Carlota Escandón, D. Paz Elguero, D. Ignacia Moran, D.  Leocadia Molinos de Arango, y la otra de los Sres. D. Luis G. Cuevas, D. Juan Casa Flores, D. Hilario Elguero…” a quien acompañaban en calidad de testigos  “los Sres. Larrainzar, Juan Vértiz, Dr. José María Vértiz, Octaviano Muñoz Ledo, Antonio Echeverría, Sebastián  Segura y otras personas” quienes testificaban como se presentaban a los recién llegados “las felicitaciones de los habitantes de la capital del Imperio.” Pero antes de que pudieran expresar sus palabras lacayunas, “se vieron circundados de inmenso gentío [que emitía] un grito inmenso de entusiasmo saludó la aparición de SS. MM.” Así, “en medio de los vítores y aplausos a SS. MM., al emperador de los franceses, al rey de los belgas, agrupándose toda aquella escogida multitud en derredor de la carroza imperial. S. M. el emperador se dignó ponerse en pie dentro del mismo carruaje, y con su sombrero en la mano, saludaba a todos los que le vitoreaban. S. M. la emperatriz, con la sonrisa en los labios saludaba a las señoras.” Cuando “descendieron del coche de Palacio,… allí SS. MM… fueron también recibidos bajo palio por los Illmos. Sres. arzobispos de México y Michoacán, el obispo de Oaxaca, abad y Cabildo de la Colegiata, yendo hasta el templo a pie…. [Tras de haber aguantado los embates de “las señoras [que] se lanzaron de sus carretelas a llenar de listones y flores la de SS. MM. Una preciosa niña presentó un ramillete y unos versos a la emperatriz. Los hombres permanecían descubiertos no obstante los deseos manifestados por el emperador para que se cubrieran.” Aquel espectáculo pintaba para que los aspirantes a nobles exhibieran su condición de payos y era necesario actuar para cubrirlos.

Dado “que el entusiasmo rayó en delirio. Fue necesario que el Sr. [José Hilario] Elguero [Guisasola] suplicase a la concurrencia que suspendiese un momento sus aplausos porque la comisión iba a hablar. El muy respetable (¡!) Sr. D. Luis G[onzaga] Cuevas [Inclán], presidente de la comisión… fiel intérprete de los sentimientos de la ciudad de México para con SS. MM., y puso en manos del emperador el voto de gracias que los habitantes de la capital del Imperio [sic] le dirigen por haber aceptado el trono.” Antes de reproducir las palabras de ese ciudadano, hay que precisar que el tal Cuevas era un abogado y diplomático mexicano quien actuó como uno de los tres negociadores mexicanos de los Tratados de Guadalupe Hidalgo, así que en eso de asuntos de vender la patria ya tenía experiencia. Vayamos a su perorata.

“Señor: Los infrascritos, nacionales y extranjeros, vecinos de la ciudad de México, concordes todos en las aspiraciones a la paz y al orden públicos, sin distinción de opiniones políticas, y poseídos del más profundo respeto, nos apresuramos a felicitar espontánea y sinceramente a V. M. I. y a su augusta esposa, con motivo de su llegada a la capital del naciente Imperio mexicano.” Vaya cachaza, hablar a nombre de todo el pueblo cuando apenas era un puñado de huérfanos quienes alucinaban ante el barbirrubio. Pero, ya en carrera plena, Cuevas no se detenía y mencionaba que “comprendemos bien la magnitud de la ardua y gloriosa empresa que V. M. I. se impone. Estimamos en todo su valor la abnegación, la fe y el esfuerzo que animan al ilustre Fundador del Imperio [sic]; y presentimos de cuántos bienes van a serle deudor el porvenir de esta Nación infortunada.”  Aún no había mostrado nada y ya andaban estos sintiéndose endeudados, tenían urgencia por exhibir cuan abyectos eran. Por eso, le decían: “Cumplimos, por tanto, con un deber sagrado ofreciendo ante V. M. I. la efusión de nuestro agradecimiento, el testimonio de nuestra admiración y las más solemnes protestas de cooperar con todos nuestros esfuerzos a la realización de la noble y generosa misión, que por un decreto de la alta Providencia ha sido encomendada a V. M. I., la de redimir y regenerar a un pueblo destrozado por la discordia civil. Dígnese, pues, V. M. I. acoger benignamente nuestros votos por la ventura de su persona, por la de su augusta consorte y por la prosperidad de su reinado. —Señor.” Nuevamente, a esta parvada de pillastres le daba por entrometer al Gran Arquitecto para justificar sus bajezas.  

Pero, eso sí, debemos de reconocerles que actuaban como adelantados a su tiempo al ser incluyentes y dar espacio para que sus mujeres se incorporan al sainete.  “El voto de gracias de las señoras mexicanas fue presentado a S. M. la Emperatriz por las Sras. D.  Carlota Escandón, D. Leocadia Molinos de Arango, D. Paz Elguero y D. Ignacia Moran.”  El contenido mostraba que el sexismo no existía en aquel grupo, hombres y mujeres estaban infectados del mismo mal del servilismo. Revisemos el texto emitido por el grupo femenino.

“La presencia de V. M. I. en esta parte del Nuevo Mundo, como compañera del magnánimo príncipe destinado por el cielo para gobernarlo, viene a realzar tantas glorias diversas reunidas en el trono que se levanta hoy sobre el amor de estos pueblos.” ¿Cuál sería la vía mediante la cual estas señoras recibieron el mensaje del gran Arquitecto indicándoles la aprobación para la designación de Max como gobernante de México? Hasta donde sabemos, ni Giovanni Maria Battista, ni Pelagio Antonio tenían línea de comunicación con el Gran Arquitecto como para darles mensaje alguno. Pero volvamos a las palabras de las damas.

 Ya se veían sirviendo a Carlotita, mientras enfatizaban que “a nosotras nos cabe la dicha de representar cerca de V. M. las familias de la capital del Imperio, y ser el órgano de esos sentimientos de tierna adhesión y acendrada fidelidad que V. M, está presenciando en medio de una aclamación y de un regocijo que no tienen límites, y que serían el mejor título, si pudiese haber alguno superior a sus virtudes insignes, de la corona que ciñe sus sienes, y prepara a México un nombré digno de la estirpe gloriosa que trajo con el cristianismo a estas regiones lejanas la cultura y la civilización.” Ya se imaginaban otros tres siglos como los que dieron inicio cuando en España reinaba Carlos V. 

Ante eso, afirmaban que “la política, Señora, hablará bajo mil formas diversas del cambio feliz que se está realizando y excita tan vivo y profundo interés en Europa y América: a nosotras solo nos toca contemplar en V. M. las cualidades eminentes de que la ha dotado la Providencia Divina, sin duda con el designio de que brille en ellas todo lo que hay de elevado en la majestad del trono, de tierno en el corazón de los príncipes, y de ejemplar y modesto en el seno de la vida privada. Con V. M. y vuestro augusto esposo, que son objeto de la admiración pública y las delicias de este vasto Imperio, comienza la dinastía que toma el nombre de su nueva patria ella podrá figurar.” Hemos de reconocer que las señoras tenían razón en algo, Carlota si tenía cualidades que le había provisto la naturaleza con las cuales había sido instruida para gobernar. Para su mala suerte, se equivocó al escoger marido. En lo que estaban erradas era en eso de que comenzaba una dinastía ya que Maximiliano iba a estar más ocupado con la India Bonita, Carlos de Bombelles y las mariposas que en atender a su consorte belga quien buscó con quien entretenerse para llenar el vació. Eso sería después, en aquel sábado 11 de junio los huérfanos civiles y religiosos se mostraban felices.

“En el templo esmeradamente adornado e iluminado, una excelente orquesta hizo oír sus melodías a la entrada de SS. MM., quienes ocuparon el trono exigido en el presbiterio, haciendo patente su piedad religiosa.” El jefe de jefes de la traición, “el Illmo Sr. Labastida, acompañado de los demás prelados presentes, entonó el Domine salvum fac Imperatorem, [Oh Señor, salva al emperador]…” ¿Pues qué le latía a Pelagio para implorar salvaciones? Tras de terminar “la ceremonia, SS. MM. pasaron, seguidos de multitud de personas, por la sacristía, a la parte alta del edificio del Cabildo. “Reunidas en una de las salas las autoridades todas, anuncióse la salida de SS. MM., a quienes vitoreó tres veces la concurrencia.” Pero aún faltaban discursos, y tomó la palabra el prefecto político de México,  Villar y Bocanegra quien se enfundó en asuntos inmanentes para justificar su condición de lacayo. 

Empezó por mencionar, “Señor ; “Al pie del portentoso cerro del Tepeyac, y dividiéndonos solo una pared del templo en que se venera a la protectora y madre de los mexicanos, la Virgen Guadalupana, se presentan el prefecto político del primer Departamento del Imperio [sic], el prefecto municipal de la gran ciudad de México, su Exmo. Ayuntamiento, el Illmo. Sr. arzobispo y demás autoridades, llenos todos del más grato placer y rebosando sus almas de alegría ante sus amados Soberanos, dándoles el parabién por su feliz arribo a las puertas de la ciudad en que está erigido el trono que les han levantado los mexicanos.” ¿En realidad podía haber algún creyente que se ingiriera el cuento de que su protectora les había mandado a este fulano para salvarlos mientras los sumergía en una lucha fratricida? Eso era solamente el principio del discurso de Villar quien indicaba que “me faltan expresiones para manifestar a la vez nuestra gratitud, porque abandonando otro trono, riquezas, patria, padres, hermanos y amigos, compadecidos de nuestra desgracia, se han dignado W. MM. venir a procurar hacernos felices y salvarnos de los males que nos conducían a desaparecer del catálogo de las naciones.” Como diría el ranchero “el que es buey hasta la coyunda lame.”  Y ya entorilado, Villar señaló que “por solo informes y palíeles conocieron VV. MM. la voluntad de un pueblo, que les aclamaba, y hoy personalmente están viendo que no se les engañó, y que, desde las playas de Veracruz hasta las puertas de la capital, todos aclaman a sus soberanos, no teniendo límites el entusiasmo. Con él seguiremos los mexicanos hasta el fin; y protesto, Señor, en nombre del Departamento que es a mi cargo, que todos obedeceremos y ayudaremos á los monarcas que por aclamación nos hemos dado. Salud á SS. MM. II.”  Como siempre, los queda bien vendiendo realidades que solamente existen en sus mentes febriles y en la escenografía de los ambientes controlados, un mal que prevalece hasta nuestros días. Ante ello, no podían faltar las palabras de quien pleno de ambición de lograr lo que en Austria le era negado, había decidido sumergirse en aquel espejismo que le construyeron una parvada de pillos con sotana y sin ella.

Delirante, Maximiliano se dijo estar “vivamente conmovido…por la entusiasta acogida que he recibido en todas las poblaciones de mi tránsito, mi emoción y mi gratitud adquieren mayor intensidad al hallarme a las puertas de la capital, viendo reunidas para felicitarme a sus principales autoridades, en un lugar tan respetado y querido para mí y para la emperatriz, como para todos los mexicanos. Admito complacido vuestras felicitaciones, y os saludo con la efusión de quien os ama y ha identificado su suerte con la vuestra.”

“Aclamaciones de un entusiasmo indecible siguieron a las últimas palabras del Emperador, vitoreado hasta el delirio, lo mismo que su augusta esposa, a quien la emoción y la ternura humedecieron los bellísimos ojos en llanto.” Ni se imaginaba Carlota que muchas otras lágrimas le habrían de costar el hecho de embarcarse en esa aventura pintada color de rosa. Por lo pronto, era hora de conocer los aposentos donde pasarían la noche.

“Concluida la salve, S. M. el emperador, dando la derecha al Sr. arzobispo, bajó las gradas del presbiterio, y detrás, sola la emperatriz, seguida de varios distinguidos personajes. Como la habitación destinada a los monarcas era la Colegiata, el Sr. arzobispo, al entrar de la iglesia a la sacristía, y pasar por ésta a las habitaciones, le dijo a S. M.: “Esta es la casa que se le ha dispuesto á V. M., á lo que contestó el soberano: “¡Oh! es magnífica!”  Sin duda porque se hallaba en el mismo suntuoso templo en que acababa de dar gracias a la Madre del Salvador.” Creyeron que la jornada terminaba, pero aun quedaban cosas por realizar.

“Poco después de haberse retirado a sus habitaciones, sabiendo que el pueblo estaba aglomerado debajo de sus balcones, salió á uno de éstos, y le saludó afable entretanto que el viento llevaba la voz de millares de individuos que victoreaban al emperador y a la emperatriz. Para manifestar el entusiasmo y el amor de los pueblos hacia las augustas personas que la Providencia ha elegido para salvar al país, baste decir que casi todos los habitantes de las aldeas y ranchos del Valle de México han abandonado sus quehaceres por venir a conocer a SS. MM, y que en el punto llamado Santa Marta, próximo ya a la Villa, pasaban de siete mil los indios que se reunieron para victorearlos con el entusiasmo más puro y sincero.” A los organizadores no se les pasó nada, consideraron que un acarreo sin tono nativo hubiera quedado manco. Claro que ninguno de aquellos aborígenes subió a saludar a los recién llegados, eso se reservaba para los selectos de piel un poco menos oscura.

 Así, “en la tarde del dia 11 y en la mañana del 12 antes de partir para la capital, [recibieron] a varias personas que por sus circunstancias se habían hecho dignas de aquella distinción. Una de ellas fue el redactor de ‘La Sociedad’ D. José M. Roa Bárcena, autor de una de las mejores odas que se escribieron en aquellos días para celebrar la venida de los Soberanos, y uno de los escritores públicos que con más inteligencia y perseverancia habían trabajado en el periodismo por el establecimiento del Imperio.” De esa calaña eran quienes fueron a ver a Maximiliano y Carlota.

Todo aquello fue el preámbulo, el domingo 12 de junio era el dia para mostrar plenamente que la experiencia adquirida al rendirse ante Iturbide y López De Santa Anna les había dejado muchísimas enseñanzas. Sobre ello abordaremos en la colaboración próxima. [email protected]

Añadido (22.31.84) Más que merecido el reconocimiento que hicieran nuestros paisanos al otorgar la Presea Piedras Negras a Benito Martínez Guajardo y Jesús Mario Flores Garza por lo que a lo largo de sus vidas han contribuido para el engrandecimiento de nuestro pueblo. 

Añadido (22.31.85) No dejaremos de apuntar que las autoridades de Piedras Negras, Coahuila aún tienen pendiente de otorgar la valoración debida a la labor que, en la formación de varias generaciones, han desarrollado a través del tiempo un par de maestros de excelencia, Rosa María Herrera Pérez y Xavier N. Martínez Aguirre

Añadido (22.31.86) Pareciera que los priistas, en su sabiduría política infinita, actúan tibiamente mientras que el presidente nacional de su partido realiza, de manera excelente, la misión que le fue encomendada por quien lo respalda. El objetivo es desaparecer a ese instituto político y, elección tras elección, muestra que camina con paso firme hacia la meta. Ya dependerá de ellos si despiertan y se sacuden a ese intruso o bien, con resignación franciscana, observan como los deja convertidos en un remedo de partido como en el pasado lo fue el PARM o en los tiempos actuales el PT.

Añadido (22.31.87) Lo que sucede con el ahuehuete que llevaron de Nuevo León a la CDMX, para plantarlo en Reforma, es que “no se halla en la capital” y por eso luce marchito.

Añadido (22.31.88) De San Miguel Canoa en 1968 a Huachinango en 2022, la bestialidad manifestándose plenamente.

Notas Relacionadas

La grandiosa idea

Hace 3 horas

Y ahora quién podrá rescatarlos…?

Hace 3 horas

Anaya y Flores en escena

Hace 3 horas

Más sobre esta sección Más en Coahuila

Hace 3 horas

La grandiosa idea

Hace 3 horas

Y ahora quién podrá rescatarlos…?

Hace 3 horas

Anaya y Flores en escena