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Coahuila

¿Los de ahora calificarían a ‘El Nigromante’ como traidor a la patria?

Por Rodolfo Villarreal Ríos

Hace 3 meses

Actualmente es común que algunos invoquen ser Liberales al tiempo que se enfundan en la levita negra. Sin embargo, como siempre sucede con ese tipo de osados, lo único que logran es mostrar que la prenda es varias tallas más grandes de la que su cuerpo alcanza. El primer problema que enfrentan es que ni siquiera comprenden que lo de Liberal va más allá de la separación Estado-iglesia. Esa teoría es esencialmente económica y representó un cambio radical con enfoque hacia el futuro, no una regresión a tiempos idos. Lo de colocar a los asuntos de la fe en donde deberían de ubicarse, en el ámbito de lo privado y no dictando las acciones del Estado era parte del proceso de transformación futura. Pero, hoy, no habremos de ocuparnos de este tópico, estimamos que con varios de nuestros escritos anteriores ya tenemos asegurada la excomunión, aun cuando eso no implica que, en el porvenir, hayamos cancelado agregarle puntos al tema para lograr que se mantenga firme.  De lo que en esta ocasión nos ocuparemos será de un escrito elaborado por el intelectual más brillante entre LOS HOMBRES DE LA REFORMA, Ignacio Paulino Ramírez Calzada, “El Nigromante.” La obra de este personaje es poco conocida ya que ha sido víctima de las buenas conciencias quienes lo han demonizado por haber negado la existencia del Gran Arquitecto y en consecuencia sus trabajos tienen poca difusión ante el temor que tienen varios de que, al citarlos, ellos vayan a caer en pecado por vía de la asociación.  Ya ve usted, lector amable, cuan bragados son algunos escribidores quienes se ufanan de ser Liberales. Pero vayamos al texto de un documento que, el 14 de octubre de 1875, Ramírez Calzada enviara a Guillermo Prieto Pradillo, a quien llama hermano, en la cual aborda el tema del libre cambio y cuyo contenido no tiene nada de antiguo. 

Empieza por comentarle que ha leído en el diario “El Monitor Republicano” un credo proteccionista mismo que Prieto se comprometió a combatirlo lo cual Ramírez considera que realizara de manera exitosa. Tras de ello, menciona: “Ya sabes que no tengo entera fe en la ciencia económico-política; pero sí creo que ha resuelto definitivamente graves cuestiones, demostrando entre éstas, lo absurdo del sistema proteccionista; así, por ejemplo, en el Syllabus Olaguibel [elaborado por Carlos De Olaguibel y Arista] hay tres proposiciones fundamentales cuya falsedad no permite edificar sobre ellas ninguna teoría. Esas tres proposiciones son las siguientes: 1. El Gobierno debe asegurar ocupación a todos los trabajadores mexicanos.; 2. El trabajo no tiene ocupación en México por la competencia que hace a nuestra industria la industria extranjera; y, 3. El Gobierno debe impedir la introducción en México de efectos extranjeros o dificultar su circulación por medio de onerosos impuestos, para que así dejen libre el mercado a los productos nacionales.” Como puede inferirse, esa propuesta podría a ver sido firmada, en medio del paroxismo, por cualquiera de los diseñadores (¡!) de la política económica actual. Sin embargo, ni ayer, ni hoy tiene agarraderas de donde afianzarse. Veamos como rebatió don Ignacio tal aberración.

Con respecto a la primera aseveración, le da dos respuestas “una constitucional y otra científica; la respuesta constitucional es muy sencilla: en ninguna de las obligaciones de los poderes legislativo y ejecutivo se descubre la de dar ocupación a los trabajadores que la necesiten. Ni en el presupuesto hay una partida consignada a ese objeto. Ni el Gobierno puede ser agricultor, industrial, ni comerciante. Ni los fondos públicos alcanzarían para repartir esas limosnas en trabajo. Esto es tan cierto, que los proteccionistas mexicanos abandonan su pretendido derecho al trabajo y se limitan a pedir una protección indirecta por medio de la prohibición o del gravamen fiscal sobre ciertos efectos extranjeros.” Como podemos deducir, quienes ahora andan por la vida repartiendo dadivas siguen anclados en el Siglo XIX tratando de paliar los males con quimeras. Ni entonces, ni ahora, el pobretismo, disfrazado de limosna, ha sido útil para combatir la miseria y mucho menos para generar riqueza.  Pero Ramírez Calzada les ofrecía una posibilidad a los vendedores de falsedades, aun cuando, pronto, los volvía a colocar en la realidad cuando afirmaba que “el derecho al trabajo no podía realizarse sino por medio del comunismo; y el actual Congreso no puede decretar esa revolución social, ni la nación hasta ahora lo desea.” Una verdad que prevalece, aun cuando los afiebrados se imaginen ser miembros del politburó. A continuación, indicaba: “y, por último, el derecho al trabajo, aun en una sociedad comunista, no tiene razón de ser, porque en el comunismo, el trabajo es una obligación y no un derecho; y porque, en ese sistema, si alguno comiera sin trabajar, es seguro que no reclamaría. El único derecho del trabajo es el que reconoce nuestra Constitución, y consiste en que el individuo se ocupe en lo que le agrade y como le agrade. Resulta, pues, que la primera proposición proteccionista se trasforma inevitable y prácticamente en la tercera; ya la combatiremos en ese terreno.” Lo que leeremos a continuación es una invitación a la reflexión para aquellos trasnochados que terminan por convertirse en faroles de la vía pública, mientras que en el hogar viven entre tinieblas.

“La segunda proposición es: que la industria extranjera es perjudicial a la industria mexicana. Comenzaré por suponer probado este perjuicio; ¿pero ¿quién lo causa? ¿El productor extranjero? ¿El comerciante extranjero? ¿El comerciante que nos trae esos efectos? ¿O bien el consumidor mexicano? La producción extranjera, por sólo el hecho de su existencia, no perjudica a ninguna industria en el mercado mexicano. Lo mismo puede abundar en cereales la Alta California, que en ferretería la Inglaterra y en dátiles la Berbería, [en esa forma se identificaba entonces a las regiones costeras de Marruecos, Argelia, Túnez y Libia] sin que nuestros dátiles, cuchillos y harinas bajen o suban de precio, mientras esas producciones extranjeras no circulen en nuestros mercados. Así, pues, la industria extranjera en su casa es inocente. ¿Perjudican esos efectos a la nación con su venida? Su trasporte no sólo es inocente, sino provechoso. Es inocente, porque mientras las mercancías extranjeras no tengan consumidores, para la industria nacional es lo mismo que si no existieran. Y es provechosa su sola presencia en el país, porque ella produce quince millones anuales para el erario y sostiene el movimiento de nuestra industria minera. Y, aun cuando esto no fuera, yo pregunto, ¿si anualmente nos llovieran del cielo doscientos millones en valores representados por camisas, rebozos, papel, calzado, sedas, maquinaria, perfumería y juguetes, nos atreveríamos, a petición de los proteccionistas, a quemar ese capital, o lo abandonaríamos a la primera nación que nos lo pidiera? La presencia de las mercancías extranjeras en México no significa sino un aumento de valores.”  Toda una lección que deberían de aprenderse de memoria quienes insisten en vivir un mundo que ya no existe. Pero lo que viene a continuación nos hace pensar que el apodo de “El Nigromante” no era de gratis.

Para los que andan reclamando de que otros lares nos llegan las maldades, mencionaba, “si nuestra industria es perjudicada por los efectos extranjeros, este fenómeno sólo puede verificarse por medio de los consumidores mexicanos; la culpa no es del cuchillo, sino del que mata.” ¿Sabría ya que, en el siglo XXI, el gobierno mexicano andaría demandando a los fabricantes de armas en los EUA en lugar de castigar a quienes hacen mal uso de ellas?

En relación con quienes utilizan el lábaro patrio como cobertor y ven en todo lo que luzca como foráneo al demonio, les indicaba que “es necesario llegar a la conclusión y no olvidar la lucha mercantil; no es como la mala fe la supone, entre mexicanos y extranjeros, sino nada más entre mexicanos; esto es, entre mexicanos consumidores y entre mexicanos productores. El perjuicio, si lo hay, se verifica por medio del comercio; el negocio es puramente doméstico; el patriotismo es indiferente en lo mercantil a que yo lo defienda con un fusil alemán o con un machete suriano. Si tuviera voz en estas cuestiones, me diría: ¡no seas tonto, compra tu fusilito! Si el patriotismo se interesara en que sólo se consumiesen efectos nacionales, yo acusaría de traidores a los mismos proteccionistas, bastándome para probarlo, sus calcetines y camiseta.” Don Ignacio mostraba mucho pudor, se brincaba de los pies al torso. En los tiempos que corren, a aquellos que andan por ahí endilgando a quienes no comparten su perspectiva el calificativo de traidores a la patria, bien les pudiéramos decirles, sin ser tan pudorosos como Ramírez Calzada, ¿Podrían calificarse de patriotas en función del origen de sus calcetines, calzoncillos y camisetas?  Dejemos divagaciones y retornemos a la disyuntiva que se planteaba el intelectual, él si autentico, de origen guanajuatense

Mencionaba que “como cada individuo es consumidor y productor, unos mexicanos se resolverán por sacrificarse como consumidores, otros como productores y muchos sólo se pondrán de acuerdo en sacrificar a los demás. De aquí proviene la abstención de la autoridad y la libertad en las profesiones, y, sobre todo, en el mercado. La mejor situación en que podrían colocarse los proteccionistas sería aquella en que la mitad de los mexicanos se compusiese de consumidores y la otra mitad de productores; la diversidad de intereses resultaría más clara.” Para ejemplificarlo objetivamente, procedió a plantear una polémica figurada entre productores y consumidores. 

“Productores. —Os exigimos que no consumáis efectos fabricados en el extranjero. Consumidores. —Os exigimos en cambio, que produzcáis bueno y barato.

Productores. —Produciremos malo y caro; lo más que haremos será comprar instrumentos extranjeros y las materias primeras, para aumentar la ganancia y para vender menos caro. Pero de todos modos nosotros monopolizaremos el mercado.  Consumidores. —El mercado se compone de compradores y vendedores; como nosotros no compraremos no monopolizamos ningún mercado. ¿Quién os da derecho para disponer de nuestro dinero?

Productores. —¡La ley! Ya algunos especuladores y sus corredores la están formulando. Consumidores. —No cuentan con nuestra voluntad.

Productores. —Van a suponerla. Consumidores. —¡Pues a pesar de esa estúpida ley, no queremos vuestros detestables productos! ¿Sabéis lo que quiere decir no queremos? Que en el terreno de los hechos apelaremos al contrabando, a la revolución, y acabaremos gastando nuestro dinero en lo que se nos antoje.

Productores. —Ocurriremos a las subvenciones y a los derechos altos. Consumidores. —Así nos robareis algunas cantidades; no las gozareis vosotros; desde hoy podemos designar los capitalistas y sus agentes que se repartirán el provecho. Dad esa ley y veréis quiénes amanecen ricos. ¡Por lo que hace a vuestros malos productos, no los queremos!”  Un dialogo que bien podría ser actual entre quienes plantean que se permita la participación de capitales foráneos, bajo el cumplimiento de la ley, y quienes se niegan a cualquier participación foránea no importa si es capaz de generar un bien o un servicio de calidad mayor al ofrecido por un productor nacional empeñado en mantener nuestras tradiciones a preciso altos.

Respecto a lo anterior, Ramírez Calzada enfatizaba que “en efecto, el consumidor es el rey del mercado; y cuando sólo hay consumidores de orden suprema, el menor cambio en la política disipa esas industrias fantásticas, que sólo pueden atemorizar a los niños engañándolos. Aun cuando yo viese á los proteccionistas vestidos de huaraches y de plumas y a sus mujeres tejiendo lienzos para la familia, me reiría de sus leyes, porque la suprema se está imponiendo a todos los pueblos: los efectos no tienen más que esta ciudadanía, la bondad y la baratura; los malos efectos son extranjeros en todo mercado y es malo todo efecto que no se consume.”  Aquí, hay que apuntar que, en estos días, los políticamente correctos se echarían encima de El Nigromante y le demandarían se disculpara por eso de “huaraches y plumas” y por lo de “mujeres tejiendo lienzos para la familia…” lo calificarían de misógino. Pero aquello era el siglo XIX y la piel era gruesa y nadie se ofendía ante esos dichos. En lo que no coincidimos del todo con don Ignacio es en eso de que el consumidor se decide por la calidad y la baratura, actualmente hay en el mercado cada porquería que se consume gracias a una campaña publicitaria exitosa, aun cunado en su descargo podemos decir que en sus tiempos aun no eran víctimas de la publicidad tronante. Lo que indicaba posteriormente es algo que, a pesar del tiempo trascurrido, muchos aun no entienden.

Iniciaba por cuestionarse: “¿La industria extranjera ha perjudicado a la nacional? “A ello, respondía, “yo solo veo que los trabajos individuales y colectivos, que pueden llamarse industria nacional, viven exclusivamente de la industria extranjera. Los libros sobre ciencias y artes van emancipando a nuestros artesanos de la rutina; los instrumentos en todos los ramos del trabajo se piden con cuantía al extranjero; la maquinaria venida de otros países produce en un dia lo que todos nuestros brazos no alcanzarían en diez años; y en la sola capital sin aumento sensible en la población, se han centuplicado las industrias. Nuestro movimiento mercantil es diez, veinte veces mayor que hace cincuenta años. ¡Todavía estamos mal! Es innegable; pero ¿estaremos mejor reduciendo el curso de nuestros valores y su monto a los tianguis y ferias del gobierno colonial?” Si, ya sabemos que algunos insisten en que no perdamos nuestras costumbres, pero si hace dos siglos había quien tenía muy claro que, si no somos capaces de generar tecnología de punta, pues no tenemos otra opción sino adquirirla y adaptarla a nuestras circunstancias, nada hay de malo en ello. Quedarnos en el uso de la acémila porque nos evoca tiempos románticos es para cuestionar el estado mental de quien lo propone. Pero, ya entonces, había otros más pragmáticos.

Por ello, hacia mención de que “a pesar de todo, en que el cuerpo legislativo, si no se atreve a cerrar nuestros puertos, expida leyes para que sólo vengan del extranjero pocos y determinados efectos, y éstos gravados con las más pesadas contribuciones. Más franco sería decir: “Algunos diputados pueden especular con esta clase de negocios; protejamos a los amigos.” Esto es, al parecer, lo que en algunos continúa prevaleciendo y no la preocupación porque se vaya o no a dañar a la industria o productos nacionales, nada de patriotismo. detrás de todo está simplemente el “business.”  

En eso acabaría el patrioterismo protector ya que “la diversión es muy costosa; pero poco se perderá si aprovechamos la experiencia. Siendo imposible la protección general, se solicita una protección especial y se obtiene.’ Entonces otros especuladores se llaman sacrificados por el privilegio o bien demuestran que se encuentran en el mismo caso de los protegidos; nuevo negocio para los corredores del ramo proteccionista en el Congreso; nuevas concesiones. La situación se vuelve falsa y vacilante para la industria, ¡como que vamos a vivir en pleno monopolio! y entonces los proteccionistas se dividirán en bandas defendiendo cada uno; su negocio, quién por los algodones, quién por las mantas, quién por el papel, quién por los periódicos y los libros, quién por el pulque, quién por el vino, y ninguno tendrá seguridad en su profesión si no cuenta con mayoría en el Congreso. Si la nación no tiene dignidad para acabar con esos privilegios, el salvador contrabando nos obligará a convertirnos prácticamente en librecambistas.” Con toda certeza las generaciones nuevas poco conocen de cómo se vivía en los tiempos de la economía cerrada. El contrabando era rampante y en la frontera con los EUA los cínicos decían: “Por el puente todo pasa, nomás que no   venga atravesao.” Lo que sigue es de una visión de largo alcance que nadie percibió.

“Existen trescientos millones de chinos y cada uno de ellos es un prodigio en materia de industria; para salvarse de la miseria proteccionista comienzan a emigrar en bandadas; ¿adónde iremos nosotros, gitanos del Nuevo Mundo? Los chinos son trescientos millones y no han podido resistir a las exigencias del libre cambio; antes que termine este siglo se desmoronarán las murallas bajo los pies del comercio extranjero; ¿y nosotros, ocho millones de indígenas medio conquistados, podemos cerrar siquiera para nuestros vecinos una sola frontera? Señores proteccionistas, comenzad, por lo menos, haciendo lo que quieran los consumidores.” En una de esas y el apodo de don Ignacio tenía más fundamento de lo que a vista inicial parece.

Pero no, El Nigromante no poseía poderes adivinatorios, era un intelectual, en todo el sentido de la palabra, con una perspectiva de largo plazo.  Sin embargo, en nuestros días, Ignacio Paulino Ramírez Calzada caería en la categoría de traidor a la patria según la perspectiva de quienes a toda costa buscan detener el reloj de la historia empecinados en no entender que los cambios deben de realizarse con perspectiva hacia el futuro rescatando lo que del pasado haya dado resultados positivos, pero no queriendo vivir en un mundo que ya solamente existe en su imaginación febril. [email protected]

Añadido (22.15. 64) Tal vez, no haya faltado quien consideró que exagerábamos cuando, en nuestra colaboración “Como nos ha ido con los Republicanos,” (Zócalo 16-04-2022), escribíamos que la relación con los gobernantes Demócratas y Republicanos de los EUA “…no arroja ni buenos, ni malos, solamente intereses en ambos flancos. Los resultados positivos obtenidos en este lado han dependido de la habilidad, inteligencia y otro par de cosas de nuestros gobernantes. Hoy en día, algunos insisten en decirnos que, en materia de diplomacia, y en otras cosas, volvemos al pasado priísta. Por favor, ni siquiera en los tiempos peores del priismo tardío las relaciones exteriores de México se manejaron en forma tan pedestre y carente de profesionalismo. Los de ahora están empeñados en mostrar, sin pudor alguno, su carencia de oficio y respeto a sí mismos…” Ante lo que nos enteramos el fin de semana anterior, ¿Alguien podrá tacharnos de faltar a la verdad?  

Añadido (22.15.65) Durante el primer trimestre de 2022, el producto interno bruto en los EUA cae en 1.4 por ciento, mientras que en México crece 0.9 porciento. Nada como tener una mano sabia para manejar las cifras. ¿Tanta sapiencia estará disponible en caso de que los estadounidenses deseen adquirir el “know-how”?

Añadido (22.15.66) ¿Les alcanzarán los redaños a los legisladores de la oposición para aguantar este embate nuevo encaminado a destrozar al INE, y a ellos mismos, o se harán el harakiri?

Añadido (22.15.67) La foto es más que elocuente, sobre las rodillas es como se maneja la política exterior. O es que ¿Tan mal andamos que ya no hay recursos ni para adquirir una mesa de juntas?

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