Por: Óscar Mario Beteta
Cada vez se acerca más el cambio de régimen en Venezuela y la deposición de Nicolás Maduro.
El régimen chavista, que suma 27 años en Venezuela desde la llegada de Hugo Chávez, entra en su fase más vulnerable.
Pero el colapso no se da por la vía democrática ni por presión interna —sistemáticamente sofocada—, sino porque Estados Unidos ha decidido que el experimento autoritario venezolano dejó de ser tolerable. El cerco se estrecha.
En apenas tres meses, Washington ejecutó 26 ataques militares en el Caribe y el Pacífico oriental contra embarcaciones que, según la Casa Blanca, operaban redes criminales vinculadas al régimen.
El saldo hasta el momento es de 99 personas muertas. Independientemente de que, de acuerdo con expertos en derecho internacional, estas acciones podrían constituir crímenes de guerra, Estados Unidos está lanzando un mensaje que es inequívoco: la paciencia se le terminó.
Paralelamente a estas acciones, la Administración de Donald Trump desplegó la mayor fuerza naval en el Caribe desde la Crisis de los Misiles de 1962, con bombarderos estratégicos, radares de alta sensibilidad y tropas posicionadas a kilómetros de la costa venezolana.
Uno de los argumentos es el tráfico de drogas, pero esta narrativa toca apenas la superficie.
El objetivo real es político y económico: forzar la salida del dictador Nicolás Maduro y recuperar influencia sobre un país que concentra grandes yacimientos de oro, de tierras raras y de brillantes, así como el 17% de las reservas petroleras mundiales, más de 300 mil millones de barriles, casi cuatro veces más de las que tiene Estados Unidos actualmente.
Hoy, China controla buena parte de ese botín energético. Washington quiere revertirlo como parte del relanzamiento de la Doctrina Monroe y sus esfuerzos por ampliar su influencia en la región.
Al mismo tiempo, EU lanza una amenaza a los cárteles de droga de México y a China, a quienes acusa de producir fentanilo, al declarar la droga inventada por una farmacéutica estadunidense como arma de destrucción masiva, por lo que advierte sobre el uso del Ejército para impedir que llegue a su población.
La reciente incautación de petroleros venezolanos y la amenaza de bloquear todos los buques sancionados implica una asfixia financiera directa.
Maduro intentó negociar. Según el New York Times, el venezolano ha sostenido conversaciones de alto nivel con la Casa Blanca y ofreció abrir la industria petrolera a empresas estadunidenses.
La respuesta fue un no rotundo. Donald Trump no tiene interés en hacer negocios con Nicolás Maduro, sino sacarlo del tablero.
Sin contrapesos, con una oposición aniquilada y un Estado policial acusado de cometer crímenes de lesa humanidad, Maduro y una pandilla de delincuentes se han enquistado en el poder, valiéndose de este para hacer toda clase de acuerdos corruptos que solamente han enriquecido a unos cuantos, a costa del bienestar de toda una nación, que en los noventa era pujante y despuntaba como un milagro en América Latina.
El chavismo, que destruyó la economía, pulverizó las instituciones y empujó a más de 7 millones de venezolanos al exilio, enfrenta ahora a un adversario dispuesto a obligarlo a dimitir.
Maduro ya no gobierna, sino que resiste. Y en geopolítica, cuando un régimen pasa de gobernar a resistir, el final suele ser cuestión de tiempo.
Como lo advertimos desde septiembre pasado en este espacio, y como lo mencionó el mismo Donald Trump en conferencia de prensa hace apenas dos semanas, los días de Maduro están contados.
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