Nacional
Por
Sipse
Publicado el lunes, 11 de junio del 2012 a las 19:30
México.- El niño Fernando, a quien su madre le extrajo los ojos durante una supuesta ceremonia religiosa, fue trasladado de Nezahualcoyotl, Estado de México, al hospital pediátrico de Tacubaya, en el DF, donde le hicieron las primeras curaciones; por la tarde, sin embargo, fue llevado al pediátrico de Legaria, pues necesitaba un tratamiento quirúrgico más delicado. Era el 24 de mayo, día en que iniciaría un largo pesar.
En Tacubaya le identificaron la salida del llamado líquido cefaloraquídeo, por lo que urgía la atención de un neurocirujano, y entonces fue que lo trasladaron a la sala de urgencias del hospital Legaria, el único especializado –de los diez que forman la red de sanatorios del Gobierno del DF– en ese tipo de atención. Y supieron que el daño era irreversible.
Ahí estaba el doctor Alfredo Peniche Quintana, director del hospital, quien ya tenía noticias del paciente, un caso singular en la vida profesional de este pediatra, quien labora como tal desde los años 70.
Una serie de preguntas se le vinieron a la mente al médico sobre el futuro del niño y el dolor que éste debió soportar durante el ataque perpetrado por la madre en un lapso de, supuestamente, exaltación religiosa. Peniche pensó en sus dos nietos.
Con antelación habían pensado sobre el tipo de especialistas que se encargarían de atenderlo, por lo que el niño, que el próximo mes cumplirá seis años, fue colocado en la unidad de terapia intensiva. Todavía dormitaba.
De modo que fue creado un grupo interdisciplinario de 25 profesionales, quienes tenían que distribuir sus tareas en tres turnos: dos neurocirujanos, médico intensivista y pediatras, enfermeras especialistas, trabajadoras sociales, sicólogos, técnicos en apoyo de laboratorio, rayos equis y tomógrafos.
Era imprescindible mantener al pequeño en un cubículo de aislamiento, con el propósito de evitar el riesgo de infecciones.
Y lo primero era detectar cualquier trance e iniciar “un esquema”, como lo denominan, de suministro de antibióticos, así como explorar las cavidades oculares.
La tensión continuó en la sala de operaciones. La intervención quirúrgica terminó a eso de las 17:30. Le colocaron gasas y vendas en ambos ojos.
Un día después, un neurocirujano identificó una lesión por la que salía el líquido cefaloraquídeo, y procedió a cauterizarla.
***
Cada mañana, a partir de aquel día, hasta el 6 de junio, el equipo médico estuvo pendiente de dos cosas: evitar que se agregara una infección al sistema nervioso y que el cierre de la lesión se confirmara.
A los cuatro días comenzó el manejo psicológico. “Evitábamos hablar del problema de fondo, y más que nada eran comentarios sobre su evolución general”, recuerda Peniche, quien cuenta: “Lo atendía un equipo muy comprometido y participativo”.
El único familiar autorizado para visitarlo era la abuela paterna, pero solo se le permitía estar media hora. Mañana, tarde y noche.
Un día el niño pidió unas crayolas porque quería pintar. Le dijeron que aún no era el momento. Una psicóloga realizaba el manejo profesional de la situación. La especialista le dio suficiente confianza y en pocos días fortaleció la relación.
El niño estaba consciente de que lo había agredido su madre, y que le había dañado los ojos, comenta el doctor Peniche, “pero ignoraba que era irreversible”.
–¿Y él qué pensaba?
–Que al momento de que le quitaran la venda iba a recuperar la vista. Por eso se necesita un abordaje muy lento para que el niño asimile la realidad.
–¿Había atendido un caso similar?
–Tenemos casos que pueden traer consigo daños importantes en el cuerpo; pero el hecho de que lo haya ocasionado la madre y otro familiar, lo hace completamente diferente a otros. Porque uno no concibe que la madre que le dio vida haya hecho eso, escudándose de un rito… extraño.
El doctor Peniche dice que el equipo médico siempre estuvo pendiente de cualquier complicación que pudiera tener Fernando, e incluso planeaban darlo de alta en corto plazo. Había optimismo.
Un día, sin embargo, surgieron dudas sobre la posibilidad de que saliera líquido céfalo raquídeo. Y pensaron en la necesidad de hacerle un estudio de resonancia magnética.
Entonces el martes por la mañana lo trasladaron al hospital de Xoco. Fue rápido. Lo regresaron al mediodía. “Se nos informó que no se identificó salida del líquido”, recuerda Peniche.
–¿Qué decía el niño?
–El niño no piensa como adulto. No dice nada. A uno no le resulta agradable estar hablando de esa agresión y de lo que le causaron.
–¿Y cuál es su sentimiento, doctor?
–Me duele, pero también me inconforma. Éste es el sentimiento que predomina por la agresión vil a un niño indefenso.
–¿Y los familiares del niño?
–Afortunadamente solo pude conocer a la abuela paterna –responde Peniche, todavía apesadumbrado.
–¿Por qué dice”afortunadamente”?
–Porque me hubiera generado mucho malestar haber conocido a los otros, y en especial al padre, que fue incapaz de identificar el riesgo en el que vivían sus hijos.
–¿Y que decía la abuela?
–Ella quería que el niño siguiera acá, que no se lo llevaran; y estaba consciente del daño causado a Fernando.
–¿Y cuál es su evaluación?
–Como médico, nos deja satisfecho de cumplir con nuestro propósito y la participación en el ámbito de nuestra responsabilidad; como equipo, son situaciones que fortalecen el trabajo y la relación interpersonal. En el aspecto personal me queda, además del sentimiento de inconformidad, pues que ojalá y este tipo de cosas no vuelvan a presentarse, y que el Estado pueda ofrecer a Fernando un futuro aceptable y una vida con el mínimo de amarguras.
***
El pasado miércoles, finalmente, Fernando, que en unos días cumplirá seis años, fue trasladado por una ambulancia del Estado de México, cuyo gobierno se encargará de su futuro, concretamente la Procuraduría de la Defensa del Menor y la Familia de esa entidad, como quedó establecido.
En la conferencia de prensa estuvo, además del doctor Peniche, el director general de Servicios Médicos y Urgencias de la Secretaría de Saud del DF, Román Rosales Avilés, quien ofreció detalles del caso.
“Estable y ecuánime”, fueron las palabras de Rosales, luego de responder una pregunta sobre el ánimo de Fernando.
–¿Y qué dijo Fernandito cuando le informaron que se lo iban a llevar? –preguntaron a Rosales, quien citó las palabras del niño:
–“¿Pero a dónde voy?” “Ya no me van a inyectar, ¿verdad?”
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