Estudiar un doctorado fue uno de los aciertos más grandes de mi vida personal y profesional. Tomé la decisión unos años después de que terminé la licenciatura en Derecho. Durante esos años no me quedé con los brazos cruzados. Incursioné en otras áreas del ejercicio de la profesión jurídica: obtuve el título de abogado litigante, especializándome en derecho penal, me especialicé en profesiones legales y obtuve, además, un máster.
Cuando empecé mis estudios de doctorado en Derecho Público Comparado, en la Universidad de Siena, no tenía muy claro hacia dónde esto me llevaría. Pero ya después de las primeras semanas, gracias también a la guía de mi gran maestra, la profesora Tania Groppi, tenía la certeza de que por fin había encontrado el camino correcto para satisfacer la gran curiosidad que siempre, desde muy chiquita, me llevaba a superar, día tras día, nuevos retos y a salir permanentemente de mi zona de confort.
Quien me conoce lo sabe. Soy una persona sencilla, nunca me ha interesado el poder. Siempre me ha interesado ponerme a prueba, conocer más, entender mejor, viajar, aprender idiomas, acercarme a culturas distintas, cercanas y lejanas, y relacionarme con lo diferente para entenderlo y no temerle.
Esto, para mí, es la investigación académica. Un permanente desafío, que nos obliga a aprender más y a salir de nuestra zona de confort. Por eso, decidí especializarme en Derecho Constitucional Comparado. Porqué para mí, como dice el ilustre profesor Giuseppe de Vergottini, una investigación jurídica que no incluye el prisma de la comparación no tiene la dignidad de ciencia.
Una de las grandes misiones de la AIDH es formar a las nuevas generaciones de profesionales del Derecho especializados en materia de derechos humanos. Desde su fundación, hace 7 años, Luis Efrén y yo, discutíamos sobre el enfoque que le daríamos a nuestros cursos: yo sostenía la necesidad de que se incluyera una perspectiva comparada. La comparación jurídica nos permite analizar los problemas contextuales que tenemos en nuestra realidad (y que muy probablemente se enfrentan también en otros contextos) buscando soluciones que se encuentran en otras partes del mundo y que quizás, con las debidas precauciones y precisiones, se pueden adecuar también a nuestro contexto.
Luis Efrén, como buen filosofo del derecho, sostenía la necesidad de que el enfoque prioritario fuera el teórico. No diré quién de los dos “ganó”. Hay un punto en el que coincidimos. Las “semillas moradas” debían tener una formación internacional. Desde que empezó la aventura de la AIDH, firmamos muchos convenios y acuerdos con distintas universidades de Europa y de América Latina para que nuestras alumnas y alumnos, y nuestras investigadoras e investigadores, tuvieran la oportunidad de consolidar su formación como académicas/os y como personas.
Desde que asumí el cargo de la dirección, en 2019, uno de mis compromisos fue con las y los investigadores. Traté de contagiarles mi pasión para la investigación. Y creo que lo conseguí. Solo en el 2022, la AIDH tiene dos nuevos doctores morados: María Guadalupe Imormino de Haro y Carlos E. Zamora Valadez, quienes concluyeron con la máxima calificación de sobresaliente cum laude el doctorado en Derechos Humanos en la Universidad de Palermo (Italia). Aprendieron italiano y entraron en contacto con realidades profundamente distintas. En tres años crecieron personal y profesionalmente. Ya están listos para contribuir al crecimiento de la sociedad y regresarle a Coahuila y a México lo que se invirtió en ellos.
Ser académico es una misión. No es algo que se puede hacer por el dinero, el prestigio o por el poder. Eso puede llegar en algún momento, eventualmente. Recuerdo todavía con mucho cariño al profesor Gianmario Demuro, mi padre académico, cuando, frente a mi entusiasmo de joven graduada cum laude, le dije que quería empezar una vida académica y él hizo todo lo posible para que yo desistiera, porque no había ninguna oportunidad para mí.
Pero cuando el juego se hace duro, los duros empiezan a jugar. Y él sabía en el fondo que tenía enfrente a una mujer sarda (que para mí es sinónimo de determinación, para otros, de terquedad) que cuando se propone un objetivo en el que cree, lo persigue y lo consigue, cueste lo que cueste.
No me equivoqué. Y tampoco nos equivocamos en apostarle a las y los jóvenes que poco a poco se están convirtiendo en nuestros doctores morados.
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