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Coahuila

Los espejos se quedan solos cuando los amigos se van

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 4 meses

La juventud, esa patria que creíamos eterna, comienza a “deshabitase” cuando los amigos de nuestra primera hora empiezan a partir. No es sólo la muerte lo que nos confronta, sino la densa y cerrada niebla sobre los espejos; esos que reconocían en nuestra mirada las mocedades que vivimos y que nos devolvían una imagen de nosotros mismos que ya nadie más podrá recordar.

Cuando un amigo de la juventud muere, se lleva consigo la parte de nuestra historia que sólo él custodiaba. Esos pilares sobre los que construimos nuestra identidad comienzan a retirarse de la escena con una puntualidad que nos descoloca, dejando tras de sí un silencio que pesa en cada recuerdo.

Envejecer es, en gran medida, aprender a vivir en un salón donde las sillas empiezan a quedarse vacías. Existe una extraña forma de orfandad en la edad madura: ya no sólo nos faltan los padres que nos dieron la vida, sino los cómplices que nos dieron permiso para ser quienes somos.

Lidiar con la reacción ante esta ola de partidas no debe ser la del “sobreviviente nostálgico”: aquel que se refugia en el pasado convencido de que lo mejor de la existencia se quedó atrás, atrapado en la foto sepia o en una anécdota que ya nadie más puede validar.

No se trata de negar el vacío, pero tampoco debemos convertirnos en monumentos “de lo que fue”, que sólo nos impedirá seguir habitando la vida que todavía nos late en el cuerpo.

Honrar a quienes se han marchado es, quizás, la forma más alta de gratitud. No los honremos con el luto estático, sino con la continuidad de aquello que ellos amaban. Celebrémoslos cada vez que rescatemos una frase suya del olvido, cada vez que apliquemos su sabiduría en una decisión, o cuando, al mirar el atardecer, les prestemos nuestros ojos para que vuelvan a ver el mundo.

Agradecerles es reconocer que no somos individuos aislados, sino un mosaico de influencias; somos, en parte, la suma de las conversaciones que dejamos pendientes y de las alegrías que nos enseñaron a ver.

La vida, en su tramo final, se torna una tarea de recolección. Mientras el tiempo acelera su paso, aprendemos que los amigos de la juventud son como las estrellas cuya luz llega a nosotros mucho después de que su fuego original se ha extinguido. Nos iluminan aun cuando ya no están ahí.

El duelo no es el fin del vínculo, sino su transformación. La muerte nos arrebata su presencia física, pero nos entrega la responsabilidad de ser los guardianes de su paso por la tierra.

Aceptamos la edad no como un despojo, sino como una ofrenda; cada arruga en nuestra piel es un mapa de los años que caminamos juntos. Y pese a que ese goteo incesante de despedidas inevitablemente nos alcance, y que el salón se encuentre cada vez más silencioso, nosotros seguimos aquí, siendo el eco de sus voces, guardando el fuego de una juventud que, a través de nuestra memoria, se niega a convertirse en ceniza.

Descansa en Paz querida Alma Meza G

 

Borrador elaborado con apoyo de IA.

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