Dialogando con Diké
¿Cuántas veces han fracasado en sus vidas? ¿Cuántas veces las cosas no han ido como esperaban? Hace un par de días, en una actividad muy interesante e innovadora propuesta por el CEEAD (Centro de Estudios sobre la Enseñanza y el Aprendizaje del Derecho, A.C.) durante su Congreso anual, me vi obligada a reflexionar sobre los baches y caídas que he enfrentado a lo largo de mi vida profesional.
La tarea ha sido retadora pero fascinante al mismo tiempo. Tuve que reflexionar sobre las etapas más importantes de mi vida profesional y me di cuenta de que, aunque he fracasado muchas veces, ningún fracaso ha sido un obstáculo para llegar a donde quería. Más aún: cada uno de ellos ha sido el impulso que muy probablemente necesitaba para avanzar con más convicción y pasión hacia lo que quería conseguir, hacia mis sueños.
Si prestamos atención, podemos ver que cada día hay algo que no va como quisiéramos o que nos hace quedar mal, aun cuando hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Hay cosas que evidentemente no podemos controlar, pero, aun así, vivimos muchos obstáculos no superados como fracasos personales. Muchas veces los tomamos tan a pecho que empezamos a dudar de nuestro valor, como si estas cosas pudieran definirnos como personas.
Quizás en esto también he sido muy afortunada. Desde muy pequeña, gracias a las enseñanzas de mi familia, he aprendido que los obstáculos que encontramos en la vida no son murallas infranqueables sino, como mucho, puertas cerradas, y solo cada uno de nosotros tiene en sus manos la llave para abrirlas. Quizás también es parte de mi carácter aceptar los retos y desafíos que la vida nos propone disfrazados de obstáculos y poner todos mis esfuerzos en superarlos.
Y sí, en mi vida he fracasado muchas veces, como todas las personas. Sin embargo, hay fracasos que duelen más que otros, especialmente aquellos que nos afectan cuando estamos tratando de cumplir un sueño. Cuando nos equivocamos en algo que al final no nos importa mucho, ni siquiera nos damos cuenta de que ese error fue un fracaso. Pero si algo falla en el camino hacia la realización de nuestros sueños, es allí donde duele.
Y cuando duele, ¿qué podemos hacer? Nosotras y nosotros decidimos si queremos victimizarnos o si aprovechamos lo que está pasando, aprendiendo lo que el fracaso vino a enseñarnos. Y podemos aprender de dos maneras.
La primera es considerar que, quizás, ese fracaso nos indica que estamos en el camino equivocado (ojo, esto no significa que nuestro sueño sea erróneo, sino que estamos siguiendo la ruta incorrecta). Si nos encontramos en una situación así, entonces deberíamos hacer una pausa, reconectar con nosotros mismos y escoger un nuevo camino o redireccionar nuestra estrategia.
El segundo aprendizaje se orienta más hacia el esfuerzo y el compromiso que estamos invirtiendo para realizar nuestro sueño. Quizás deberíamos preguntarnos si realmente estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos para convertir nuestro sueño en realidad.
¿Estamos repitiendo “errores” del pasado de los que, evidentemente, no aprendimos mucho? ¿Continuamos replicando las mismas conductas que ya sabemos que no funcionaron? Muchas veces, los “fracasos” son una llamada de atención que nos envía el Universo para verificar si realmente estamos persiguiendo nuestros verdaderos sueños (y no aquellos impuestos por alguien o algo más). Aquí nosotras y nosotros decidimos: si nos esforzamos y comprometemos más con nuestros sueños o si nos rendimos y levantamos la bandera blanca porque, al final, ese sueño no nos importaba tanto.
Creo que, al final, todos los obstáculos que se nos presentan solo están poniendo a prueba qué tipo de personas somos: víctimas de las circunstancias externas y de la vida, o protagonistas de la que puede ser la historia más bonita de todas: la nuestra.
Existe solo un verdadero fracaso: tener un sueño, no creer en él y no intentarlo de verdad.
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