Coahuila
Por Irene Spigno
Hace 3 años
La semana pasada cerré mi paso por este espacio citando el famoso libro del Dr. John Gray: “Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus”; uno de los mejores manuales para entender que hombres y mujeres funcionamos de manera diferente, que tenemos distintas maneras de comunicar y que muchas veces la falta de empatía nos impide entendernos.
Sin embargo, existen situaciones en las que hombres y mujeres queremos exactamente lo mismo, ya que al final, todas y todos, somos personas. Tenemos puntos en común pero también muchas diferencias.
Ya dije que, en todas las relaciones, no solamente en las de parejas sentimentales, sino también en las relaciones sociales, familiares o de amistad, la brújula tiene que ser el amor propio. Pero al final de cuentas, ya que es el ingrediente secreto de la felicidad duradera, ¿qué es el amor propio? No estamos hablando ni de egoísmo y tampoco de narcisismo. Estamos hablando de una forma de amor incondicional, respetuosa, cariñosa y tolerante que cada uno de nosotros debería tener primero consigo mismo y, solo después, con los demás.
Amor propio significa conocernos y aceptarnos tal como somos, con nuestras virtudes, pero también con nuestros defectos y problemas. Saber que no somos perfectos (nadie lo es), y reconocer las imperfecciones sin dejar de valorarnos.
Reconocer nuestros defectos y problemas es el primer paso hacia una conciencia plena, porque si queremos ser mejores personas –en primer lugar, para nosotros mismos y después para los demás– podemos cambiar. Somos personas, no piedras. Fluimos, cambiamos, nos adecuamos a las distintas situaciones. Tenemos que ser resilientes.
Querer es poder. Si nos damos cuenta de que, nuestra forma de ser en los últimos días, semanas, meses o años no funciona, hay que tomar conciencia de que los problemas, probablemente, no están afuera. No somos víctimas de ningún complot planetario que nos quiere afectar.
Muchas veces nosotros somos nuestros primeros enemigos, nos autosaboteamos porque es mucho más fácil enfrentarse a los monstruos externos que al monstruo interior que hemos cultivado en nuestro corazón y que nos hizo compañía por mucho tiempo fingiendo protegernos de ataques externos que ni siquiera existen en la realidad, sino solamente en la realidad que nosotros mismos creamos. Ser felices no es una tarea sencilla y no lo es porque requiere de nuestro esfuerzo y de mucho, muchísimo, amor propio.
Discutimos mucho de conceptos filosóficos. Lo hicimos también hace un par de semanas en un #TallerAIDH. Pero quizás se nos olvida también que tenemos que cuidar nuestra salud mental, emocional y espiritual, y que la sicología y otras herramientas nos puedan ayudar para llegar a un nivel en donde aprendamos que el amor (en su acepción más amplia, para nosotros mismos y para los demás) es la más grande de las riquezas.
El amor no tiene que ser claustrofóbico ni, mucho menos, violento. Quien sabe amar de verdad, sabe que el amor se fundamenta en el cariño, pero también en un gran respeto, en saber aceptar la independencia, la libertad, los sueños, las necesidades, y los límites que las otras personas nos ponen y que nosotros mismos también tenemos que poner. El problema surge cuando pensamos que las otras personas nos pertenecen, que deberían hacer lo que nosotros queremos, aguantar nuestras faltas de respeto y nuestras manías de control y de ejercicio de poder.
Si creemos que amar a alguien significa poder controlarlo, o ignorar sus necesidades, esto es el reflejo del amor que nos tenemos a nosotros mismos. Y esto supera cualquier concepción filosófica que quiera explicar o aún peor justificar el amor pasional como algo violento, machista y limitante.
El amor propio es la clave para llegar a nuestra mejor versión. Es la mejor herramienta para crecer, en primer lugar, solos y, solo posteriormente, en pareja. Porque también es cierto que hay personas con las que el mundo se ve más bonito. Y es lo mismo en Marte y en Venus.
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