Coahuila
Por Irene Spigno
Hace 3 años
Aunque existen opiniones divididas al respecto, las principales concepciones filosóficas del amor han sido elaboradas por hombres.
Hombres que han conceptualizado un amor solo aparentemente gender neutral y que, en realidad ha sido pensado y construido sobre un concepto de desigualdad entre hombres y mujeres.
Esta desigualdad por mucho tiempo se ha reflejado – y se sigue reflejando – en una estructura social en donde los hombres tenían que trabajar para proveer a su familia; y las mujeres, por su gran instinto materno y su carácter demasiado emocional, tenían que quedarse en casa para cuidar a su familia. Se trataba de un cuidado distinto, no económico, sino que surgía desde el hogar y allí mismo se desarrollaba.
Esta estructura social, elaborada mediante una concepción del amor machista y patriarcal, ha implicado que el hombre sea el que históricamente ha tenido todas las oportunidades para poder desarrollarse y afirmarse profesionalmente.
Las mujeres siempre hemos tenido que enfrentar la disyuntiva: familia o profesión.
Escoger la primera significa renunciar, en parte, a la segunda o por lo menos renunciar a tener la segunda de manera plena. Las que escogemos desarrollar la segunda de manera plena, renunciamos a la primera, en parte o totalmente. Y muchas veces, cuando nos damos cuenta, ya puede ser tarde.
No siempre estas decisiones son completamente autónomas e independientes. Muchas son casi obligadas por la misma estructura social que el patriarcado ha construido y que nos parece como la única manera para tener orden, casi una parte fundamental e irrenunciable del contrato social. Esta disyuntiva ha implicado que las mujeres afectadas por las manifestaciones más agresivas y violentas del amor patriarcal no puedan tomar decisiones, no puedan poner límites.
El amor machista y patriarcal tiene un gran enemigo: el amor propio.
Ese amor machista y patriarcal mira a las mujeres que le apuestan a su independencia, profesión y amor propio con mucha pena, como si fueran personas amargadas. En realidad, a ese amor machista y patriarcal le dan miedo las mujeres independientes, “las mujeres que ya no lloran, pero sí facturan” como diría Shakira, las “mujeres que se pueden comprar flores a ellas mismas, escribir sus nombres en la arena, llevarse a bailar, tomar sus propias manos”, en palabras de Miley Cyrus.
Todas las personas, hombres y mujeres, necesitamos el amor, necesitamos amar y ser amados. Cada persona es distinta y cada uno de nosotros ama y quiere ser amado de manera distinta. Esta manera de amar depende de muchos factores: por ejemplo, de la educación que recibimos en nuestras familias cuando éramos pequeños, de los modelos que vimos en nuestro entorno familiar, y de muchos otros factores más.
Esto puede ser nuestro imprinting. Pero nada es fijo. Todo cambia y todo fluye. Relacionarnos con los demás implica también esto. Ir fluyendo y adecuándonos a las demás personas, para encontrar un punto en el que todas las personas estemos bien. Este punto es muy difícil de encontrar.
La brújula es el amor propio. Cada uno de nosotros se puede amar mucho mejor de lo que los demás pueden hacerlo. Y el amor propio es lo que nos permite fijar límites para tener relaciones –de cualquier tipo que estas sean– sanas. El ingrediente secreto es la comunicación; sin embargo, como dice el Dr. John Gray: “érase una vez unos marcianos y unas venusianas que se conocieron, se enamoraron, y fueron felices porque respetaron y aceptaron sus diferencias. Luego vinieron a la Tierra y olvidaron que pertenecían a diferentes planetas…”. Y allí empezaron los problemas de comunicación y por consiguiente hombres y mujeres ya no nos entendemos.
To be continued.
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