Esa afirmación la hizo una ignorante mofletuda, con un huipil color naranja, que la hacía parecer trafitambo, mientras bailaba grotescamente.
Nada más alejado de la realidad.
Hasta Díaz Ordaz, la educación en México seguía un modelo francés, que enseñaba en gorras balanceada, diferentes temas.
Con él, un alumno de secundaria, tenía igualdad de conocimientos académicos y culturales, igual que otros alumnos de otras áreas, y eso daba al alumno, la libertad de decidir su futuro.
Los maestros no eran considerados profesionales, pues, ingresaban desde primaria, y siendo una carrera que no genera conocimientos, pues solo enseña y adiestra, pero los maestros eran mayormente cultos, y con conductas respetables. Ya existía la normal superior, en la que aprendían más profundamente, alguna materia, lo que los pasaba al nivel de especializado.
Todo cambió, con el gobierno populista de Echeverría, el magisterio fue visto como un ingrediente valioso en el tema electoral, empezaron a exigir la secundaria para el ingreso y luego la preparatoria, y se formó la carrera magisterial, en la que en cortos periodos llegaban al nivel de doctorado.
A cambio de ello, pasaron a ser muy valiosos en los procesos electorales, los créditos a maestros eran abundantes y fáciles, las fiestas patrocinadas por los gobiernos estatales, eran unas orgías de derroche de recursos públicos, donde llevaban al artista de moda y rifaban carros y casas.
El líder sindical rico fue un ser obligado en gobierno.
Aunado a eso, la antigua imagen del maestro conocedor y formador, pasó a la del violento ignorante, pero con postgrado, en muchos casos.
En esta era globalizada, un alumno, obligadamente requiere tener conocimientos iguales, a alumnos de otras naciones, para que quitemos ese destino declarado del mexicano que solo se puede emplear como jardinero, albañil, o sirvienta en otro país.
Por eso, el ridículo acto de la rolliza maestra que menciono, es un descarado insulto a la inteligencia.
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