Ante la indiferencia social frente a los niños que padecían larguísimas jornadas de trabajo, Elena Poniatowska se preguntaba hace 42 años: “¿No nos la estamos jalando todos”. El delicado momento que vive el país nos lleva hoy ha hacernos esa misma pregunta
“¿No nos la estamos jalando todos?”. La pregunta sigue vigente. La escribió Elena Poniatowska en aquella bellísima crónica escrita en Fem en 1979 sobre las desventuras y adversidades de los niños que trabajan jornadas agotadoras para ganarse el pan de cada día: boleros, tragafuegos, vendedores de golosinas, “cerillitos” y los que por unas monedas bailaban la panza en Acapulco.
De la noche a la mañana, narraba la escritora, los niños se convierten en adultos y nos dejan con un palmo de narices. “¿Por qué?”, se preguntaba. Concluía que cualquier explicación o razonamiento sería superficial, vacuo, frívolo. No había manera de construir respuestas sociales, antropológicas o librescas frente a tan lacerante realidad.
No sabemos nada de los demás, del otro, concluía Poniatowska. Tampoco sabemos nada de los niños: “Somos un país de ignorantes porque, además de analfabetas, nada sabemos de nosotros mismos. Ni queremos. ¿Pa’ qué?”.
La única respuesta a todos los acertijos —planteaba en su crónica— era una pregunta: “¿No nos la estamos jalando todos?”.
Más de 42 años después, la pregunta sigue vigente frente a los problemas que agobian al país. No hay posibilidades de responder a los desatinos y aberraciones surrealistas de nuestros días para explicar lo que pasa. La pasividad y la indolencia espantan. Nada sacude la abulia ni mueve las conciencias.
López Obrador militariza al país. Le permite al Ejército meterse hasta la cocina del Estado Mexicano y aplaudimos. El presidente se doblega ante las Fuerzas Armadas, les da todo a los soldados —proyectos de obra, cuerpos de seguridad e inteligencia, recursos discrecionales y la administración de aeropuertos, bancos y hospitales— y no hacemos nada. Nos sentamos en las butacas para contemplar el espectáculo de la militarización del país mientras la violencia nos sacude por todos lados.
¿No nos la estamos jalando todos?
Las cifras del dolor
El Ejército está en las calles desde los tiempos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Ambos dejaron una estela de sangre por todo el país. El sexenio del panista registró 121 mil homicidios dolosos y el del priista 125 mil. Las cifras subrayan el fracaso de la estrategia nacional. Ante la contaminación del narco en la política y la incapacidad de las instituciones de Gobierno para conformar corporaciones locales confiables, se lanzó de manera irresponsable el Ejército a las calles. Nada mejoró. A pesar de sus promesas, con López Obrador se abdicó a todo esfuerzo de profesionalización de las policías estatales y de coordinación de esfuerzos de la federación con los estados y municipios.
¿El resultado? En lo que va del actual sexenio más de 120 mil personas han sido asesinadas. ¿La respuesta? Lavarse las manos: más poder al Ejército, mantenerlo en las calles, que los soldados arreglen todo. Asesinatos, desaparecidos y masacres siguen a la orden del día. La historia registrará los muertos de Calderón, pero también los de Peña y los de López Obrador. Faltos de confianza, muertos de miedo, hundidos en la indiferencia, hemos permitido que México se convierta en un caldo de sangre.
PRI, PAN, Morena, ¿cuál es la diferencia? En términos de seguridad, todos quedan con vestidos con el mismo uniforme: la casaca del fracaso.
¿No nos la estamos jalando todos?
Hermandad Morena-PRI
Opuestos históricamente a cualquier proceso de militarización de las instituciones civiles, los jefes de Morena cambian sus valores y principios. Ahora buscan darle toda la seguridad pública y los aparatos de inteligencia a las Fuerzas Armadas. ¿Pasó algo en el 68? ¿Qué es eso del “halconazo” de 1971? ¿Acaso existió? ¿La masacre de Tlatlaya en el 2014 no es un mito? ¿Qué decir del papel de soldados en la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa ese mismo año? La memoria es corta. Ahora todos aquellos opositores de izquierda quieren al Ejército en las calles. El envilecimiento es inaudito. Se entiende. Para eso están los dirigentes de Morena: para doblegarse ante el jefe de jefes de la política nacional.
De manera inconcebible, el PRI —los restos de aquella maquinaria— se suma gustoso a la propuesta de López Obrador y Morena. Los dirigentes del tricolor tropiezan con el cinismo: el país necesita darle todo a la Defensa Nacional. No hay de otra.
Sin discusión interna ni análisis previo, Alejandro Moreno y Rubén Moreira, ambos con la espada del poder sobre su cabeza, hacen hasta lo imposible por halagar al presidente: aprueban en la Cámara de Diputados que la estructura de la Guardia Nacional sea operada por la SEDENA y que sus mandos los detente el Ejército. Y se dicen oposición. El pasado de Moreno y Moreira ambos los ha hecho esclavos de los caprichos presidenciales.
Si las reformas violan la Constitución no importa. ¡Adiós al poder civil, viva el Ejército! La imagen perturba: los priistas en plena genuflexión ante el presidente. “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. La frase se le atribuye al humorista Groucho Marx y a otros autores, pero bien pudiera atribuírsele a Moreno o a Moreira.
¿No nos la estamos jalando todos?
Lo peor de todo ha sido la incapacidad del Estado para tejer una estrategia que garantice una mínima seguridad a los ciudadanos. Con las policías locales podridas y una Policía Federal inoperante hasta el tuétano, perdimos la guerra contra los cárteles del crimen organizado. De nada ha servido atravesar la fuerza del Ejército y la Marina, instituciones rebasadas por la delincuencia. Algunas entidades, como Guerrero, Tamaulipas, Guanajuato, Chiapas o Veracruz, debieran ser consideradas ya estados fallidos, territorios donde gobierna el narco.
¿No nos la estamos jalando todos?
Soldados en la CNDH
La Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y organismos internacionales condenan la iniciativa presidencial y advierten del riesgo de militarizar la Guardia Nacional para las garantías de los ciudadanos.
El argumento es claro: adscribir la corporación a un mando militar viola la Constitución que expresamente establece que debe ser una institución de carácter civil y contraviene tratados internacionales suscritos por México.
Amnistía Internacional le pone cifras al problema: “Ya hemos visto los desastrosos resultados de la militarización de la seguridad pública durante los últimos 16 años… Más de 100 mil personas se encuentran desaparecidas en México, mientras que el Ejército y la Marina han sido acusados de violaciones generalizadas de derechos humanos. La Sedena ha sido objeto de más de 4 mil quejas por abusos contra los derechos humanos ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos desde 2014”.
No obstante, la CNDH ve le mundo al revés. Para la ombudsmann María del Rosario Piedra Ibarra, la capacidad económica y logística del narcotráfico y su dispersión geográfica y disponibilidad de armamento constituyen una amenaza actual y latente. Sus palabras son el reconocimiento tácito de la estrategia de seguridad. Sin embargo, concluye: la Guardia Nacional debe operar bajo la administración de la Sedena. La propuesta es “admisible” y “dable de realizarse”.
Ibarra en la línea de mando: una soldado recibiendo órdenes. Lo que usted diga, jefe.
¿No nos la estamos jalando todos?
La presión social y el activismo de unos cuantos senadores de oposición lograron de última hora frenar la iniciativa de la militarización de la Guardia Nacional. Morena y sus aliados, incluidos miembros de la nomenclatura priista anuncian que volverán a la carga en los próximos días. Juegan a todo o nada.
¿No nos la estamos jalando todos?
Corte bajo acoso
La Suprema Corte analiza si debe eliminarse la prisión preventiva oficiosa establecida para 16 delitos en el Artículo 19 de la Constitución. Eliminar ese precepto, que se dicta a una persona por el mero hecho de ser acusada, impediría el uso faccioso, político, de la ley. Pero el presidente grita, arremete contra los ministros, acusa al máximo tribunal de estar plagado de conservadores y de traicioneros del proyecto de “transformación” nacional. El gobierno debe emplear el garrote para aplacar a los enemigos y amedrentar a adversarios. ¡Que nadie se salga del huacal! La Corte se dobla, y la prisión preventiva se mantiene en pie, firme en la Constitución.
¿No nos la estamos jalando todos?
La llamada Cuarta Transformación lanza una ofensiva para limitar las facultades del Instituto Nacional Electoral y del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, dos incómodas piedrecitas en los zapatos presidenciales. Se trata de socavar a los órganos autónomos del Estado, de presionarlos, de integrarlos en la dinámica de la nueva ola. Son un estorbo con su independencia. Deben girar todos alrededor del Ejecutivo. Ya se desatan los rumores de posibles acuerdos entre la cúpula priista y Morena. Faltaba más. El PAN, el PRD y Movimiento Ciudadano sucumben en el pasmo y apenas un puñado de políticos y críticos resisten la embestida. No obstante, sus voces apenas se escuchan, se disipan en la nada. Si se pierde el INE o se vulnera el Trife se iniciará irremediablemente un viaje sin retorno: la caída del sistema democrático. ¿A alguien le importa?
La Cuarta Transformación está en plena campaña; va por todas las canicas mientras PAN, PRI, PRD y Movimiento Ciudadano son incapaces —una tragedia— de constituir un bloque de oposición, una alianza, tanto frente a las próximas elecciones presidenciales como ante las reformas estructurales previstas para eternizar en los palacios del poder a la nueva clase política. Todo mundo anda al cuidado de sus parcelas. Nadie, salvo unos cuantos, hace sonar las alarmas. ¿Pa’ qué?, preguntaba Poniatowska.
¿No nos la estamos jalando todos?
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