Coahuila
Hace 3 años
Óscar Flores Tapia, periodista, y escritor de cuna muy humilde, llegó al máximo cargo anhelado por cualquier político, la Gubernatura de su estado, recuperó en un libro una parte de la ciudad que se creía perdida y nos deleita con aquel Saltillo de los años 50 del siglo pasado.
En su libro Herodes, personaje inventado por él, acompaña a Flores Tapia en un recorrido por algunos barrios y calles de la traza antigua de la pequeña villa, hasta llegar al Centro de la ciudad con sus atractivos, muy simples, pero fascinantes.
El pretexto de este relato fue que en la humilde vivienda de Flores Tapia no había una gota de agua para bañarse.
Óscar y su “patiño” (una especie de personaje secundario en la comedia, que hace sobresalir al personaje principal), Herodes, se desplazaron desde el Cerro del Pueblo, hasta la peluquería Monclova, propiedad de Nino Valdés, “La Víbora”, en Aldama y Padre Flores, de ahí se fueron a los baños de regadera del Hotel Hidalgo para darse una ducha.
La narración es muy amena y denota las costumbres que afloraban en aquel Saltillo de nuestra niñez y juventud.
“Salimos de los baños del Hotel Hidalgo, y después de tomar un refrigerio, en el restaurante de Jorge Guerra nos metimos al Mercado Juárez para saludar al carnicero Rafael Flores y comprar a precio de oro unas “agujitas” para comer. Serían las 10 de la mañana y el parián estaba concurridísimo. Las comadres contaban la última noticia que despedaza la honra de Carito, la hija de “la sacudida” doña Petra, mientras que los tablajeros, al tiempo que despachaban, se mandan con las criadas o sirvientas, quienes eran objeto de albures de algunos de los comerciantes y carniceros. ¡Los pellejos se los envuelvo o se los come aquí chula!, decía un atrevido tablajero a una modesta sirvienta (gatita), según el libro de Flores Tapia.
Es un documento muy entretenido de historias, que muchos de mi generación vivimos en aquel Saltillo de los 100 mil habitantes, lleno de datos, nombres de personas ampliamente conocidas, de cosas y costumbres de nuestra ciudad.
Los abarrotes, las oficinas, los edificios y muchos detalles que nos llenan de recuerdos y nostalgia, va narrando Flores Tapia en un estilo que le es muy característico y ameno.
Sería muy largo enumerar todas las escenas y todos los diálogos contenidos en el buen libro OFT (las siglas de su nombre completo).
El documento reúne, entre otros, datos sobre la fundación de Saltillo, la Biblioteca de la Alameda, el fusilamiento de Jesús Cadenas, historias de aparecidos y recuerda a personajes que nos antecedieron: “Buenas, don Constancio Farías; Adiós, señor Jesús Perales; ¿Cómo está usted don Froylán Mier Narro?, ¡Hola, señor Boone!”.
Uno de los artículos tiene como escenario un domicilio del barrio del Ojo de Agua, donde es velado Prudencio Claveles, nombre ficticio, quien murió de fiebre “astosa”; ciudadano que era lidiado por su propia mujer con faenas que jamás hicieron ni igualaron el Soldado o Armillita; ahí se encontraron varios contemporáneos, entre ellos Perfecto Delgado Carreón, líder natural de dicho lugar, quienes formaron una tertulia de chistes en torno a la caja mortuoria.
No sé si todavía habrá alguno o varios ejemplares. Lo ideal sería que el Ayuntamiento o el Gobierno del Estado hagan una reedición para que mucha gente se recree con esa lectura.
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