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Coahuila

Los peones del Rey

Por David Brondo

Hace 4 años

El Rey del Cash, el libro sobre la red de “moches” y lavado de dinero para financiar las campañas presidenciales de Andrés Manuel López Obrador, no tiene mayores revelaciones sobre personajes o políticos de Coahuila.

La única referencia de Elena Chávez, la autora, es a Gabriel García Hernández, quien hasta el pasado 8 de junio fungió como coordinador del Programa de Agua Saludable para La Laguna de la Conagua.

Dentro del proyecto lopezobradorista, García Hernández disfrutó por años de los aires de bonanza y bienestar de las cimas del poder. Conoció los privilegios de estar cerca del Príncipe. Sin embargo, también vivió de una manera tormentosa la caída en los ánimos de López Obrador.

A pesar de haber sido elegido senador, desde el primer día del actual sexenio García fue nombrado coordinador general de Programas para el Desarrollo, la poderosa estructura burocrática del lopezobradorismo para “bajar” a los estados los apoyos y recursos federales. Una coordinación estratégica —toda una máquina electoral— para la operación de los proyectos sociales del Presidente.

Como coordinador general, el funcionario tenía en su puño a los “superdelegados” de la Secretaría de Bienestar, como Reyes Flores Hurtado, en Coahuila, o Judith Díaz, en Nuevo León. Repartir a manos llenas los apoyos federales en los estados y la Ciudad de México era su misión más cara.

Cercano a López Obrador desde el 2000, cuando fungió como director de Adquisiciones de la Oficialía Mayor del Gobierno de la Ciudad de México, García Hernández se especializó en el manejo de recursos.

Según la autora del El Rey del Cash, el personaje fue una joven promesa de los recaudadores de efectivo para las campañas de AMLO y supo ganarse su confianza: operaba con gran destreza los ingresos de la fantasmal Asociación Honestidad Valiente, creada para justificar el lavado de dinero político.

Operador efectivo

Era un hombre cerrado. Le llamaban Gabriel, El Callado. Con el paso del tiempo, escribe Chávez, se volvió más hermético y huidizo. “Era totalmente antiprotagónico y así construyó el laboratorio de lavado de dinero que permitió al candidato de la izquierda aceptar aportaciones para su manutención, la de su familia, sus colaboradores, y emprender la estrategia de imagen que finalmente lo llevó a ganar la Presidencia”.

Honestidad Valiente fue su carta de presentación y de negociación ante López Obrador. Se hizo cada vez más indispensable en las operaciones de las campañas. “El poder, que vuelve locos a quienes jamás lo han tenido, tocó al joven aprendiz, y para cuando arrancaron la campaña del 2006 era dueño absoluto de la confianza del líder y candidato presidencial (entonces) perredista”.

De ser un recaudador de efectivo, García empezó a crecer como la espuma. “No era solamente la cara de Honestidad Valiente, sino el estratega en la creación de la estructura humana para mover gente en los actos públicos del candidato a lo largo del país”, escribe Chávez.

Encumbrado en los ánimos de López Obrador, antes de la campaña presidencial del 2018 ya tenía un equipo propio y una sólida estructura de trabajo. Su influencia en el grupo compacto del tabasqueño le permitió ese año arribar a las listas de candidatos plurinominales a senadores por Morena.

Una vez ganada la elección, García no llegaría al Senado, sino a la Coordinación de los Programas para el Desarrollo, institución con línea directa con el nuevo presidente. Le encomendaron hacer lo suyo: manejar el dinero.

Ascenso y caída

Para pocos políticos de la Cuarta Transformación el futuro era tan prometedor. Un par de años después, no obstante, el senador con licencia supo lo estrepitosa y humillante que podía ser una caída del voluntarioso corazón del Presidente.

En las elecciones del 2021 sus superdelegados no cumplieron “bien” su trabajo y le hicieron perder a López Obrador y a la Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, posiciones clave para el proyecto presidencial.

“La Ciudad de México, el bastión de las luchas obradoristas, les volteó la espalda, y en las intermedias del 2021 perdieron la mayoría de las alcaldías, así como varios municipios del Estado de México”, escribe Chávez. “Para justificar su mal gobierno, Sheinbaum culpó a Gabriel García de no haber operado bien con sus muchachos”.

La suerte del funcionario quedó echada. Cuenta la autora de El Rey del Cash que García se rebeló ante la furia del Presidente y “solito salió a anunciar su renuncia al cargo de coordinador de los Programas de Desarrollo para incorporarse al Senado”.

En efecto, volvió a ocupar su escaño en la Cámara alta, pero cuatro meses después, sin embargo, “fue enviado lo más lejos de Palacio Nacional, a la región de La Laguna, como encargado del programa Agua Saludable”.

La autora no aporta mayores datos: ni información dura ni cifras. Escribe lo que conoció desde la cocina del poder como parte del equipo cercano a López Obrador. Fue pareja de César Yáñez, exjefe de prensa y, en su tiempo, uno de los operadores más allegados a AMLO.

El reparto del ascenso y la caída de García Hernández permite conocer una de las tantas maneras en que López Obrador habría financiado sus campañas. Permite también conocer su utilitarismo desdeñoso; ese el pragmatismo de ver a los subalternos y colaboradores como pañuelos desechables: “Úsese y tírese”.

Más allá, exhibe también la miopía de un gobernante que ve la vida sólo a través de los rendimientos electorales: si un colaborador no rinde en las urnas es castigado, desterrado y enviado a dirigir, sin mayores credenciales, una institución creada para asegurar la calidad del agua para las familias de la comarca lagunera.

Se desprecia a la gente y la necesidad de atender con seriedad los grandes problemas del país, como el hidroarsenicismo. Así se toman las decisiones de gobierno en estos días grises.
Por si faltara, García volvió otra vez al Senado en junio pasado. ¿A alguien le importa el agua de La Laguna?

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