Querida amiga, querido amigo:
¡Qué difícil es vivir sin electricidad en el siglo 21!
A pesar de que los seres humanos, biológicamente hablando, podríamos vivir sin ella sin mayores problemas, toda nuestra vida gira a su alrededor.
En los últimos años, en distintas partes del mundo, hemos experimentado algunos apagones generalizados. Aquí en México, estos episodios se han vuelto relativamente frecuentes debido al aumento de la demanda de energía y, quizás también, a un cierto rezago en la modernización de las redes de transmisión y distribución.
Sin electricidad se colapsan los servicios básicos. Las comunicaciones se interrumpen, los servicios de salud enfrentan graves dificultades, el transporte se vuelve caótico y la actividad económica se ralentiza.
Pensemos, por ejemplo, en lo que pasa en nuestras casas: los refrigeradores dejan de funcionar y los alimentos comienzan a echarse a perder. En muchos casos ni siquiera podemos bañarnos porque dependemos de bombas de agua que funcionan con la electricidad.
Sin embargo, los cortes de energía no son el único problema. Existen también picos de tensión y las interrupciones constantes del suministro eléctrico. Se trata de variaciones bruscas que, aunque duren apenas unos minutos o incluso unos segundos, pueden terminar dañando de manera permanente los equipos y las redes.
Una sobretensión puede quemar circuitos internos; una sucesión continua de cortes y reconexiones reduce la vida útil de los aparatos. El daño no siempre es inmediato ni visible. A veces ocurre lentamente, hasta que un día nos damos cuenta de que algo simplemente dejó de funcionar.
En mi opinión, algo parecido ocurre con los vínculos humanos, donde muchas veces experimentamos sobretensiones y apagones emocionales. Durante algunos días o algunas semanas la energía parece desbordarse: mensajes constantes, llamadas, atención, cercanía, promesas, planes.
Todo se siente intenso, vibrante y lleno de posibilidades. Pero luego, sin previo aviso, llega el corte: el silencio, la distancia, una desaparición temporal.
Más tarde la energía regresa con la misma intensidad de antes. Y así, sucesivamente, en ciclos que se repiten. Son picos emocionales que, a la larga, desgastan.
Como ocurre con los aparatos eléctricos, el daño no siempre es inmediato ni visible. A veces se acumula poco a poco, hasta que un día nos damos cuenta de que algo dentro de nosotras y nosotros también ha dejado de funcionar.
Creo que los sistemas eléctricos y los humanos comparten una misma lógica: funcionan mejor cuando existe estabilidad. Los vínculos más sanos no son necesariamente los más intensos, sino que son los más estables, en los que podemos confiar.
Porque si necesitamos estabilidad energética para conservar los alimentos que nos nutren, acceder al agua, desplazarnos, comunicarnos y trabajar, de la misma manera necesitamos estabilidad emocional para construir relaciones personales, familiares, sociales, de amistad y de pareja.
No basta con que exista la energía, sino que es necesario que esta energía sea constante.
La intensidad, de por sí, no es mala. Todas las personas necesitamos vivir momentos de entusiasmo, de pasión, de alegría y de conexión profunda.
Pero ninguna relación humana puede construirse únicamente sobre los picos emocionales, sino que necesita un suministro de energía constante.
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