Internacional
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AP
Publicado el domingo, 7 de diciembre del 2008 a las 20:44
Kenia.- Durante más de dos meses, los piratas somalíes de un carguero griego y sus rehenes jugaron a las cartas, pescaron bajo un sol ardiente e intercambiaron relatos de sus experiencias. Inclusive, los piratas le ofrecieron en una ocasión a uno de sus cautivos que se sumara a sus filas.
“Por supuesto, les respondí que no”, dijo Edmundo Capatar, de 32 años, tripulante del carguero griego Centauri, luego que la embarcación atracó en el puerto keniano de Mombasa. “Todos los días me despertaba rezando para que me devolvieran la libertad”.
De todas formas, “aprendí un poco de somalí”, dijo Capatar. “Hablé un poco con algunos de (los piratas). Uno de ellos me contó que toda su familia murió en la guerra y fue por eso que se hizo pirata”.
El Centauri, con una tripulación exclusivamente filipina, fue uno de 40 buques capturados este año por piratas somalíes. Más de 300 marineros continúan en cautiverio, entre ellos los tripulantes de un supertanquero saudí, que tiene en sus bodegas crudo por un valor aproximado a 100 millones de dólares, y una embarcación ucraniana repleta de tanques y de armas pequeñas.
Los piratas actúan en una ruta marítima vital para el comercio mundial, incluido el transporte de gas y petróleo, y han cobrado ya rescates por más de 30 millones de dólares a lo largo de la costa más extensa y más anárquica de Africa.
El gobierno somalí, que está perdiendo una guerra civil contra la insurgencia islámica pese a contar con el respaldo del ejército de Etiopía, uno de los mejor armados y poderosos del cuerno de Africa, carece de fuerza para perseguir y castigar a los piratas.
Una coalición internacional de buques de guerra patrulla 6,4 millones de kilómetros cuadrados (2,5 millones de millas cuadradas) de aguas peligrosas, pero tiene un mandato limitado. La mayoría de los ataques de piratas transcurren en pocos minutos, antes de que los buques de guerra puedan intervenir.
Por la noche del 17 de septiembre, un vigilante a bordo del Centauri observó que se acercaba una pequeña embarcación e hizo sonar la alarma.
El capitán del Centauri intentó alejarse de la embarcación, pero no pudo, pues transportaba un gran cargamento de sal, que le impedía ganar velocidad. Cinco minutos después, dos lanchas que transportaban piratas armados de rifles y lanzacohetes, treparon al Centauri usando escaleras improvisadas, como en las mejores épocas de la piratería.
Los piratas hicieron disparos de advertencia — uno de ellos dejó un limpio orificio en el casco de acero del Centauri — y luego irrumpieron en el puente del barco, agitando sus rifles.
“Ellos me gritaban ‘Capitán, no hay problemas, sólo queremos dinero”’, recordó el capitán del Centauri, Renato Tanada.
“Cuando descubrieron que éramos filipinos, nos dijeron ‘filipinos y somalíes … ¡amigos!'” añadió el tripulante Alvin Genonangan, lanzando una carcajada.
Los piratas no permitieron a los tripulantes que llamaran a sus familias por teléfono celular, por temor a que las llamadas fueran rastreadas, pero los trataron bien, dijeron los marineros.
Permitieron que fueran embarcados chivos vivos para alimentar a la tripulación, compartieron sus comidas con los rehenes y los alentaron a trabajar, pescar y hornear pan, a fin de que se mantuvieran ocupados y no se les ocurriera amotinarse.
Además, los piratas entregaron harina a sus rehenes, un artículo de lujo en la paupérrima Somalia, donde casi la mitad de la población depende de la asistencia humanitaria de organizaciones internacionales.
Tanada dijo que la mayoría de los piratas eran jóvenes, de 25 años de edad como promedio. Al principio, mantenían una vigilancia estrecha sobre sus cautivos, pero luego la disciplina se fue relajando.
Por ejemplo, los rehenes descubrieron que los piratas jugaban a las cartas de manera similar a los filipinos. Por lo tanto, establecieron reglas haciendo señales con las manos y empezaron a jugar.
En el ínterin, la tripulación del Centauri vio arribar primero a una embarcación capturada, y luego a otra.
“Al principio pensé que teníamos vecinos”, dijo Tanada. Luego, llegaron los buques de guerra y los helicópteros.
Uno de los nuevos vecinos era un buque ucraniano, el MV Faina. Tanada descubrió que estaba repleto de armas cuando escuchó que algunos de los tripulantes hablaban con fuerzas de la coalición por radio, dos veces al día.
Tanto los piratas como los rehenes del Centauri empezaron a sentirse nerviosos por la vigilancia adicional. Tanada temía que intervinieran las armadas extranjeras, arriesgando la vida de los rehenes, pero luego los buques de guerra se alejaron del Faina.
Los expertos dicen que los piratas suelen ser mercenarios que reciben un salario fijo. Las negociaciones están a cargo de intermediarios que tienen acceso a teléfonos vía satélite y hablan un inglés excelente.
Tanada dijo que no participó en las negociaciones y que se le permitió hablar por teléfono una sola vez: para establecer la identidad de aquellos que se atribuían su captura.
Finalmente, a mediados de noviembre, varios piratas hablaron con Tanada, o al menos se comunicaron por señas, y le dijeron que en tres días quedaría libre. No hubo mención de ningún pago de rescate.
“Por lo tanto, le dije a la tripulación, ‘Volvemos a casa”’, indicó.
El 27 de noviembre, las turbinas del Centauri volvieron a funcionar y el capitán enfiló rumbo a Mombasa. Atrás quedaban otros dos buques cautivos.
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