“Traía en el espacio de sus venas una sangre valiente y amorosa. Decía que el cedro no era más que una madera preciosa, era una preciosa sombra, un techo para los juegos de los niños, un regalo para el adolescente. Decía que el cura de la aldea era un limosnero de Dios. Aquí encontró el dolor, la nostalgia, los sueños. Se hizo hombre como se hace una espada, a fuerza de golpes. Fue agredido por el desprecio y la soberbia de los tontos. Pero no alimentó rencor ni odio. Adoptó este país como adoptar un padre”. Jaime Sabines, poeta mexicano a su padre.
Siempre he sostenido que Saltillo es uno, antes y después de la llegada de los mal llamados “árabes” (sirios, palestinos, árabes, israelitas y libaneses). Hombres y mujeres marcados por el destino y por el afán mercantilista, descendientes de los campeones del comercio, los fenicios, que se apostaron en la ciudad sin conocer el idioma y comenzaron a comerciar y a crear fuentes de empleo y al obtener ganancias e invertir en fábricas y en negocios, que forman parte del florecimiento de la aletargada provincianita nuestra.
Seguramente quienes formaron el mayor número de inmigrantes a Coahuila fueron los maronitas, adjetivo que se les daba a los cristianos del monte de Líbano y originarios y procedentes de los pueblos de Betmelet, Saifa, Esgarta, Beirut, que se embarcaban en los puertos de Yafa y Haifa, cercanos a lo que actualmente es Tel Aviv, y cuya ruta era Grecia, Italia, Francia, España, Dominicana y finalmente Veracruz.
Inicios comerciales
Dado que los inicios comerciales de los árabes en México fueron durante la época pre y posrrevolucionaria, al principio muchos de ellos solo aceptaban el pago de su mercancía en monedas de oro, debido a que la emisión de billetes de algunos estados no ofrecía seguridad y garantía, porque era invalidada por los militares vencedores del movimiento armado.
Eran precavidos, y para no correr el riesgo de ser timados y perder su patrimonio se volvieron expertos analizadores de las monedas de oro, que con solo hincarle el diente detectaban su legitimidad.
La mayoría de los descendientes de estos emigrantes del Medio Oriente son altamente productivos en la economía coahuilense participan en todos los ámbitos de la vida social: económica, empresarial, profesional y política.
En Coahuila son comunes los apellidos Kuri, Trad, Name, Aviv, Yutani, Saade, Karam, Nicolás, Abugaber, Chamoun, Tafich, Marcos, Charur, Abugarade, Yapur, Tanus, Matouk y Mery, por citar solo algunos.
Cada uno de ellos tiene su historia, que forjaron con el esfuerzo y el trabajo, y en tiempos actuales sus descendentes siguen siendo ejemplo de perseverancia.
En la época de la dictadura del presidente Porfirio Díaz Mori, se inició la inmigración de los venidos de medio oriente. Cada grupo escogió un lugar dónde asentarse, por ejemplo, los libaneses decidieron quedarse en Tampico y Veracruz. Del puerto jaibo vino a Saltillo Jorge Masso, buscando novia para casarse y encontró una paisana del medio oriente, Victoria Iga. Los de Líbano también se ubicaron en Yucatán.
En tanto que los grupos palestinos y sirios prefirieron ciudades como Monclova, Saltillo, Nueva Rosita y Monterrey. Aunque actualmente hay por todo el continente descendientes de esa raza.
Oleada árabe
Es hasta inicios de la década de los 50 cuando las nuevas oleadas de extranjeros árabes comienzan a instalarse en la Ciudad de México, por el crecimiento estabilizador y auge económico de la gran urbe. La población de nuevos inmigrantes libaneses se moviliza a la capital y a la ciudad de Puebla, mientras que grupos pequeños de iraquíes y egipcios se establecen en la península de Yucatán.
En nuestra ciudad crearon fábricas de ropa y establecieron comercios muy importantes, y para hacerlos prosperar supieron utilizar muy bien la publicidad por la radio, que era más expansiva que los dos periódicos de aquel tiempo, El Heraldo del Norte y El Diario.
Sobre el movimiento inmigrante de los venidos de medio oriente a nuestro país, cabe señalar que la mayoría de ellos llegó por Veracruz. Al puerto llegaron valerosos sujetos, hombres y mujeres que tenían muy definido su destino y que no tendrían regreso hacia su patria. Muchos murieron aquí, no tuvieron oportunidad de regresar.
La mayoría de ellos, incluso sus descendientes, aún casados con mexicanos instalados ya en familia, conservan y fomentaban sus costumbres de vida, adaptando nuestras costumbres.
Muchos extranjeros cambiaban sus nombres al momento de instalarse para no despertar rechazo o xenofobia de la población local, sin embargo, sufrieron el escarnio, pues su forma de hablar el castellano les acarreó críticas y burlas.
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