Coahuila
Hace 3 años
Luego de cinco años de obradorato, llegó la mano invisible del régimen a los libros de texto gratuitos, pues la pandemia –y por consecuencia la educación a distancia– había retrasado lo que se antojaba inevitable luego de cancelar en 2019 la reforma educativa de 2013: que le metieran las pezuñas a los manuales de educación básica, como ha hecho en casi todos los ámbitos a su alcance, sean o no de su competencia, de 2018 a la fecha.
Previo al inicio de cada ciclo escolar, se conformaba un comité técnico que deliberaba en torno a los contenidos; en este caso, a diferencia del pasado, no existió tal, sino imposición de una sola corriente ideológica (pues la ignorancia no deja de ser una): la del poder. Y a eso, básicamente, se le llama adoctrinamiento. Para el 2023-2024 no hubo consenso entre formas de pensamiento sino autoritarismo y abuso, en la lógica de que la historia oficial la escriben los vencedores (de las elecciones).
Quien esto escribe hizo un análisis de los libros de texto para primer grado de primaria, quizá los más trascendentales de todos por significar el contacto inicial del estudiante con el sistema educativo.
Cinco textos fueron elaborados por la Dirección General de Materiales Educativos, a cargo del polémico Marx Arriaga Navarro, y serán entregados en las escuelas públicas y privadas: Múltiples Lenguajes, Proyectos Escolares, Proyectos de Aula, Proyectos Comunitarios, y Nuestros Saberes.
Lo que ahí se plasma es patriarcal, chauvinista, enaltece el pobrismo, el ruralismo, mira con nostalgia el pasado y recelo al futuro. Una visión del entorno que no es liberal ni progresista sino profundamente conservadora.
Los textos se fundan –superficialmente– en los saberes comunitarios ancestrales, leyendas, recuerdos, cultura popular de hace un siglo, de chamanes, aluxes y chaneques. En la (inexistente) milpa como base para el desarrollo. No hay en ellos un proyecto modernizador sino la exaltación de lo que demagógicamente repite a conveniencia el autócrata: “el pueblo bueno y sabio”.
Se trata de libros de texto adecuados a 1973. Llevan un desfase de 50 años por lo menos (las imágenes e ilustraciones también parecen de hace cinco décadas o más).
Representan la evocación de una época postrevolucionaria en plena era de la inteligencia artificial. Desestiman la familia tradicional. Denotan cierto complejo de clase como hilo conductor. Prejuicios. Resentimiento. Obsesiones.
“Lo importante no es memorizar datos ni acaparar información para sentirte especial o único”, dicen los autores como presentación. Azuzan soterradamente el regionalismo con base en dogmas (“en los pueblos del sur –donde gobierna Morena o de donde es originario el Presidente, providencialmente– la gente es muy feliz”).
No es casualidad sino causalidad. Hay un patrón de provocaciones como el uso de lenguaje “inclusivo” (no válido por la Real Academia Española), hincapié en “estereotipos de género” (no adecuados para la edad a la que van dirigidos los contenidos), hasta prácticas peligrosas como el fomento de plantas medicinales (“farmacias vivientes”) sin ningún tipo de guía o manual (no reconocidas por la ciencia, además, y en la coyuntura de la escasez de medicamentos que ha sido el talón de Aquiles del sexenio).
Si las gigantescas aspas para producir energía eólica “roban el aire de las comunidades indígenas” (como manifestó el titular de Semarnat en 2019) la luz artificial roba el brillo a las estrellas (insisten machaconamente los libros de texto en 2023).
Sistemáticamente, aunque no venga a cuento, diversos capítulos llaman a apagar la luz (emulando la campaña de 1972 con Luis Echeverría: “ayude un poco aflojando un foco”), lo cual puede considerarse alegoría de intenciones: quieren un país en penumbras. Retroceder al oscurantismo.
Cortita y al pie
Justo es decirlo: el déficit educativo viene de tiempo atrás y se aceleró con la pandemia (como tantas otras cosas). La nula comprensión de lectura, la imposibilidad de realizar operaciones matemáticas de tres dígitos o más, aunado a la proverbial incapacidad de concentración de los niños, por citar algunos ejemplos.
Ahora bien, en el país existían más de 2 millones de maestros al cierre del 2021, según el Inegi. Subestimar su capacidad, reducirlos a simples lectores de clase, es anular su pedagogía y libertad de cátedra. Ojo.
La última y nos vamos
Hace 100 años, José Vasconcelos, el educador por excelencia y creador de la Secretaría de Educación Pública, afirmó que “el deber más elemental de una civilización es el de alimentar y educar a los niños”.
Y fue más allá: “un Estado, cualquiera que sea, que permite subsista el contraste del absoluto desamparo con la sabiduría intensa, es un Estado injusto, cruel, y rematadamente bárbaro”. La cuarta transformación, con nombre y apellido.
Por lo demás, si así van a escribir la historia los “ganadores”, conviene que pierdan ´
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