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Lucha callejera, sangrienta y sin límites

  Por Autor Invitado

Publicado el sábado, 31 de diciembre del 2011 a las 06:37


Más allá del entretenimiento que ofrecen las arenas y la televisión, en los barrios de México se mantiene la lucha callejera

México.- Más allá del entretenimiento que ofrecen las arenas y la televisión, en los barrios conurbados del Estado de México se mantiene la práctica ilegal de la lucha libre hardcore, sangrienta, sin reglamento y sin límites.

“Lo que decimos todos los luchadores es: sabemos que vamos a subir… Quién sabe si bajemos”, es la cita que utiliza el informante por teléfono, extraída de un reportaje sobre el luchador Súper Comando. Son palabras reales cuando se habla de lucha libre, pero más aún cuando se habla de lucha libre extrema, mejor conocida como hardcore, tanto más cuando ésta se practica en la calle.

EXTREME WRESTLING

En México la lucha libre extrema comienza en las fronteras de Tijuana y Monterrey, buscando imitar la lucha independiente estadunidense conocida como Backyard Wrestling (BYW) y Combat Zone Wrestling (CZW). El BYW se caracteriza por aficionados que, sin formación profesional, improvisan sus peleas en patios, cocheras, bodegas o callejones. Por esa época empieza también en el país de forma pequeña y clandestina la CZW, fundada en Nueva Jersey por John Zandig y formada como empresa desde 1999 con grabaciones, venta y distribución de dvd. La CZW destaca por sus peleas dentro de una jaula, donde gana quien al final del round, generalmente sin límite de tiempo, sigue consciente o, incluso, vivo. En el ring se usan alambre de púas, escaleras, mesas, tachuelas, tubos de luz y fuego; en Estados Unidos permiten que los espectadores lleven consigo algún objeto que formará parte del set de armas de los luchadores, como sierras eléctricas, podadoras, serruchos, martillos, engrapadoras, etcétera.

MEXICAN HARDCORE

En México estas luchas existe al amparo de tres membretes: Nueva Generación Extrema (NGX), Desastre Total Ultraviolento (DTU), sin duda la más popular y, por último, la llamada Xtreme Wrestling. La cuarta, Underground Xtrem Wrestling (UXW), no es oficialmente reconocida y permanece en la clandestinidad. Esas organizaciones hacen las peleas en casas, bodegas, estacionamientos, patios traseros o en la calle, aunque en ocasiones se desarrollan, por ejemplo, en la arena Aragón de Ecatepec o en la arena López Mateos, en Tlalnepantla, Estado de México; allí se filman, distribuyen y venden copias de las peleas de mano en mano o por ventas piratas afuera de las arenas Coliseo y México.

Pero, contrariamente a lo que ocurre al otro lado de la frontera, allí no hay peleadores aficionados. En su mayoría tienen licencia y suelen utilizar castigos de poder y técnicas vistosas de la lucha libre clásica: lances, llaveo y contrallaveo. Mientras que en Estados Unidos el cuadrilátero es de cuatro metros cuadrados para aumentar la impresión de corpulencia del luchador, en México es de seis por seis. “El plus de la lucha, el hardcore, es la implementación de armas y la sangre. En ocasiones el camerino huele a rastro después de las peleas”, relata el entrevistado, perteneciente a la UXW. Me dice asimismo que el promotor es un luchador de nombre El Chilorcas, quien maneja a “los porros”, el equipo garantía del show, integrado por Big Memo, Ángel o Demonio y El perico. No sabe cuántas peleas se han llevado a cabo pues no hay registros ni historiales, ni un seguimiento rutinario de los horarios ni los días para las peleas, que se promocionan de boca en boca o por medio de internet. Todo surge “por amor al trancazo”, remata entre risas. El costo: la renta de un estacionamiento o una arena que oscila entre los 10 mil y 12 mil pesos, la renta del ring y el pago a los peleadores, más el costo de las licencias y los sobornos a las comisiones interdisciplinarias, a las cuales se les paga por su silencio, al igual que a los policías que “a veces se quedan a ver”.

EXTREME BACKYARD EN EL JARDÍN DE NIÑOS

Un cuadrilátero iluminado al final de la calle es rodeado por 30 o 40 personas en la colonia Prados de Aragón, de Ecatepec. En su mayoría son jóvenes de entre 20 y 35 años. Un maniquí, un catre y un lado del cuadrilátero van abrazados con alambre de púas; hay una cruz de David hecha con lámparas y zurcida a las cuerdas con cinta aislante. Chatarra, botes de aluminio, charolas de fierro y demás artículos yacen sobre el entarimado.

No hay médicos, ambulancias, camillas ni botiquín. Nadie sabe a qué distancia queda el hospital más cercano.

Desde las cinco de la tarde hasta pasadas las 11 de la noche el público espera la estelar. Tres luchadores técnicos y tres rudos pisan el ring, aunque no parece haber diferencia. Una sola caída sin límite de tiempo, y sin réferi. Los luchadores se confían a un contrato ético no escrito: lastimar pero no lesionar. Los lances desde la tercera cuerda al concreto se ven al menos un par de veces. Todos dicen ser buenos amigos, aunque se ciñan a la máxima callejera: “Prefiero que lloren en su casa y no en la mía”.

Parte del contrato virtual es confiar en que el otro peleador está en perfectas condiciones de salud para ser abierto por la frente con un alambre oxidado, el mismo con el que tu compañero de equipo fue abierto instantes previos. Es un deporte extremo basado en la confianza, la simpatía y el respeto humano.

Un par de luchadores usan máscaras vistosas, aunque mostrar la cara vestido con mezclilla, playera holgada y pelo largo predomina, muy al estilo de la WWE. Los trajes coloridos son sustituidos por símbolos o logotipos y tenis de uso común. No hay preámbulo para la exhibición hecha para festejar el cumpleaños de un promotor dueño de un jardín de niños, que mantiene sus puertas abiertas para que los luchadores lo utilicen de camerino y de baño público. Luego de la pelea será utilizado como ducha y de bar: los adornos infantiles, la pequeña alberca y las pinturas de Winnie pooh y Tinkerbell conviven con la sangre, el dolor del final de la pelea, las bebidas y el humo de tabaco.

PELEA

Lámparas rotas en el cuerpo del oponente, golpes con el maniquí, botes y piezas de plástico grueso. Desde los primeros instantes hay playeras rotas, máscaras que se tornan rojas; la pelea es dominada por el que menos sangre derrame. Uno siente dolor ajeno. La adrenalina cancela la obligación moral.

Los movimientos de los seis peleadores son tan intensos que es difícil concentrarse en los detalles: debes verlo rápido, sin parpadear. Muestran poca técnica de lucha libre; prefieren las armas o aventarse sobre un catre repleto de púas para dejar que un objeto oxidado abra su frente.

Más lámparas rotas. El personal de abajo del cuadrilátero las saca de una caja una tras otra. El ring y todo lo que lo rodea está repleto de vidrios pequeños. Se clavan en el cuerpo de los luchadores. No hay ganancia, no hay patrocinador ni modelos entre caída y caída. No hay presentador, ambulantaje ni personas beneficiadas por la exhibición; importa la diversión, el placer de subirse a luchar al ritmo del Sick and Destroy que suena en un par de bocinas. Antes de la pelea se escuchaban cumbias y salsas: el público participa bailando.

También hay niños. Suben al ring instalado a unos metros de su casa mientras está vacío. Sus padres los incitan a “luchar”, a aventarse contra el primo o el vecino desde la tercera cuerda, a que derroten a los adultos mientras la mamá golpea la caja contando los tres segundos, para luego subirle las manos y declararlo ganador.

Dos sillas sostienen una tercera acostada en el centro. El único enmascarado, pelo largo y tatuajes en los brazos, es azotado de espaldas contra la arquitectura provisional. También contra el piso. Se retuerce como si tuviera un ataque epiléptico. Hay un breve silencio. Se soba la espalda: todo es parte del espectáculo. Le truenan una lámpara más como recordatorio de que no puede espantarnos así, que esto es serio. Un momento después lo levantan del cabello y lo suben al ring. La lucha concluye.

EL SHOW DEBE CONTINUAR

Los seis peleadores se alzan las manos. Señalan al valiente, al que soportó más: su rostro es irreconocible. Bajan del ring como amigos de nueva cuenta. Hay tres ganadores claros, pero no hay vencidos. Se les ofrece alcohol, cigarrillos, una palmada y un “bien hecho” mientras las escobas limpian los vidrios y un par de personas desmantelan el ring a la luz del farol. Los peleadores son asediados por un par de chicos que exigen foto con su favorito. Tardan un tiempo en cambiarse de ropa y curarse las heridas. En el jardín de niños la fiesta continúa.

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