Arte

Publicado el sábado, 12 de julio del 2025 a las 04:03
Ciudad de México.- Antes que su estilo o calidad literaria, lo primero que le viene a la mente a Jaime Labastida cuando se habla de Luis Spota es el desdén que sufrió de parte de la intelectualidad mexicana.
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No les satisfacía; creían que era, como bestseller, un escritor fácil. Y yo creo que era todo lo contrario”, afirma el poeta y filósofo, amigo cercano del novelista y periodista, quien este domingo cumpliría 100 años.
Labastida recuerda cómo muchos intelectuales ocultaban haber leído a Spota. “Alguno me lo confesó y me dijo que le había gustado muchísimo”.
Luis Mario Cayetano Spota Saavedra Ruotti Castañares fue hijo de un inmigrante italiano. Se fue de casa muy joven y trabajó como volantero, mesero y vendedor antes de convertirse en reportero adolescente. A los 18 años ya dirigía Últimas Noticias, la segunda edición de Excélsior.
Autor de más de 20 novelas, Spota retrató al México del siglo 20: desde el regreso de braceros y la corrupción sindical hasta la élite frívola del alemanismo o la época dorada del cine nacional.
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Fue un gran escritor cuyo legado es comparable con el de Fernández de Lizardi, Manuel Payno, Carlos Fuentes o Fernando del Paso”, dice Adolfo Castañón, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. “Fue un muralista literario; quiso hacer, como Balzac, un retrato de época”.
Su novela más conocida, Casi el Paraíso (1956), cuenta cómo un italiano impresiona a la élite mexicana fingiendo ser noble. Spota escribía siempre a mano, y con disciplina diaria.
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Tenía una virtud: la narración de Luis atrapa. Usted empieza una novela y quiere saber qué pasa con los personajes. Tenía sentido de la acción”, explica Labastida. “Su estilo era opuesto al de García Márquez: no era barroco ni metafórico, sino preciso y económico”.
Sus libros se vendían por miles y eran reeditados constantemente. Según Sara Sefchovich, autora de Ideología y ficción en la obra de Luis Spota, los lectores sabían qué esperar: “una trama que no
defraudaba”.
Aun así, la crítica académica lo despreciaba. “Su éxito causaba envidia”, afirmó en su momento la actriz Elda Peralta, pareja de Spota. “Los intelectuales empezaron a ningunearlo”.
Huberto Bátiz lo acusó de escribir frases pedantes. Emmanuel Carballo habló de “chapucería artística y moral”. Y la politóloga Soledad Loaeza considera que eligió el camino de una literatura “fácil”, orientada a clichés políticos. “Tuvo muchos lectores de clase media, pero sacrificó
profundidad”.
Loaeza criticó en Nexos las novelas de la saga La costumbre del poder, donde retrata a un presidente todopoderoso rodeado de aduladores. Opinaba que era una versión exagerada y falsa de la realidad: “Lo que escribía era lo que la gente quería leer”.
Pero Labastida disiente: “¿Los excesos de Luis Echeverría fueron caricatura? Él describe a un presidente que quiere ser Secretario General de la ONU. ¿No lo intentó Echeverría?”
Loaeza admite que Spota la irritaba: “Era un obstáculo para entender la política. La visión popular del poder en México estuvo muy influida por sus novelas”.
Castañón lo confirma: “Desde niño sé que sus libros eran leídos por analistas políticos. Mi padre, Jesús Castañón Rodríguez, los usaba en sus clases de Teoría del Estado en la UNAM”.
Para Loaeza, Spota priorizó la fama y el dinero. “No creo que él creyera ni la mitad de lo que escribía”, dice, aunque reconoce que Casi el Paraíso es “una gran novela”.
“Era un hombre honesto”, concluye Labastida. Para él, Spota hizo una “crítica acerba del poder”. Y frente al desprecio que aún persiste hacia su figura, sentencia: “Ojalá superen ellos esa mezquindad”.
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