Habían venido ya 22 veces a visitar los orfanatos y casas hogar de la ciudad de Piedras Negras, y habían apoyado en la reconstrucción y remodelación de parroquias y capillas por más de 20 años, y tan sólo una vez, un padre de nuestra Diócesis los había ido a visitar. Se trata de la comunidad de la parroquia de San Carlos Borromeo, de la Arquidiócesis de Nueva Orleans en Luisiana, Estados Unidos.
Acompañados siempre por una mujer líder de esa comunidad, Janeen, sensible ante las necesidades, especialmente de los niños en orfandad, había traído a muchos jóvenes, entre ellos a su hijo, Jerryk, quien desde temprana edad manifestó inquietud sacerdotal.
El padre Carlos Aguilera, de nuestra diócesis, los recibía todos los años en las instalaciones de la parroquia de Villa de Fuente, y desde ahí los conducía a los orfanatos que él mismo fundó. Ahí acompañó y trató a Janeen, a su hijo Jerry y a los misioneros, en las visitas que año con año realizaban, hasta que un buen día ese carismático muchacho lo invitó a su ordenación sacerdotal en la Catedral de Nueva Orleans, en junio del 2017. A lo que el padre Carlos, no obstante su avanzada edad y su grave enfermedad, aceptó con gusto asistir. Los doctores pusieron el grito en el cielo, oponiéndose a que fuera, por no estar en condiciones de viajar. Sin embargo, no hubo poder humano que lo detuviera, así que fue y estuvo presente en su ordenación sacerdotal, imponiéndole las manos junto con los demás presbíteros.
Al día siguiente, todavía con la alegría y la emoción de haberlo logrado, viajó de regreso a su casa, y tan sólo una semana después falleció a los 83 años de edad. El neosacerdote, impactado por la noticia, pero movido por su cariño y alta sensibilidad, dejando a un lado sus cantamisas, viajó a Piedras Negras, para acompañarlo en sus funerales, donde además celebró una misa especial en su honor.
¡Cómo no ir a esta hermana parroquia y con este hermano sacerdote, para agradecer este gesto, y tanto bien que han hecho a lo largo de tantos años en nuestra Diócesis! Por lo que sin pensarlo dos veces, y agradeciendo la invitación que me hicieron, y aprovechando el viaje que la hermana Úrsula de Eagle Pass, miembro de este apostólico grupo, tenía para Luisiana, emprendí un viaje de 14 horas en carro, para realizar apenas la segunda visita oficial a esta comunidad.
Mi presencia no es importante aquí, le dije al director de la fundación americana que ayuda a múltiples instituciones de Estados Unidos y algunas de México. Por supuesto que es importante, me contestó, interrumpiéndome. Lo que quiero decir, le dije, es que sólo vine a decir gracias, como lo compartí en la misa que presidí un día antes en la parroquia de San Carlos Borromeo: Gracias, ustedes no conocen a los niños y a las familias en vulnerabilidad que tanto ayudan, pero Dios sí los conoce. Y en nombre de Dios y de ellos, les agradezco de corazón.
Con esta, para mí histórica visita, los puentes entre estas dos comunidades se han mantenido y dejado abiertos, y existe ahora una mayor y más fuerte hermandad, y sobre todo, rostros cargados de amistad y familiaridad en los que nos podemos ver. Tuve además, un agradable encuentro en el seminario metropolitano, con el joven Arzobispo de Nueva Orleans, Mons. Checcio, apenas de mi edad. Y con la cálida comunidad parroquial y sus amables sacerdotes. Pude conocer sus amplias instalaciones parroquiales, su colegio católico, y el cementerio moderno que tienen contiguo, así como saborear su exquisita comida tradicional, y paladear en vivo su música jazz, cuyo prestigio es reconocido a nivel mundial. Ahora los esperamos con mucha alegría en su 23.ª visita el próximo diciembre, D. M.
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