En México, el 10 de mayo se celebra el Día de las Madres. Es una de las festividades más importantes del país desde 1922: es el momento en que se honra la labor maternal. Su celebración se refleja en la convivencia familiar, los festivales escolares y una alta presencia en restaurantes y comercios.
En Italia, la Festa della Mamma se celebra el segundo domingo de mayo. Antes, desde los años cincuenta, también teníamos una fecha fija: el 8 de mayo. Sin embargo, desde el año 2000 se prefirió mover la celebración al segundo domingo del mes de mayo por cuestiones prácticas y culturales, tal como se hace en muchos otros países del mundo.
Quizás podríamos preguntarnos por qué se celebra a las madres en mayo. Desde la antigüedad, este mes ha estado asociado con la fertilidad y los nacimientos; es el momento ideal para celebrar la vida y a quienes nos hacen este maravilloso regalo: las madres.
Este año, por primera vez en mucho tiempo, el Día de las Madres mexicano coincide con la Festa della Mamma italiana. Y yo quisiera aprovechar esta coincidencia. No suelo dedicar mis textos a personas en particular, pero esta vez la ocasión lo amerita: quiero dedicar este espacio a mi madre, Anna.
Nacida en Sadali, en el corazón montañoso de la Barbagia, al centro de la maravillosa isla italiana de Cerdeña en plena Segunda Guerra Mundial (corría el año 1942), Anna mostró desde pequeña un carácter muy fuerte, pero inmensamente amoroso.
Lo demuestra la manera con la que siempre ha ejercido su profesión de enfermera, la cual asumió más como una misión que como un empleo. Siempre se ha desempeñado con compromiso y generosidad dentro y fuera del hospital, mucho más allá de su horario laboral. Recuerdo que, incluso después de haberse jubilado, si alguien tocaba el timbre durante nuestra cena porque necesitaba una inyección o atención médica, ella no dudaba ni un segundo en levantarse para ayudar, siempre de manera altruista.
Pero creo que su mayor muestra de amor ocurrió cuando decidió jubilarse, siendo aún joven, para dedicarse al cuidado de mi hermana Manuela y mío. Yo tenía entonces unos 11 años y, en aquel momento, no compartí su decisión; no me gustaba la idea que tuviera que renunciar a lo que amaba por quedarse en la casa con nosotras. Sentía que su luz empezaba a apagarse poco a poco.
Sin embargo, eso es lo que muchas madres hacen: renuncian a sus pasiones por amor a sus hijas e hijos. Solo mucho tiempo después comprendí que aquello fue un acto de entrega profunda, y es una de las lecciones más grandes que me ha enseñado Mamma Anna.
Ahora mi mamá está lejos; ella vive en Italia y yo en México. Nos vemos pocos días al año, pero, gracias a la tecnología, la puedo ver por videollamadas todos los días. A sus casi 84 años, hablamos a diario de las películas que vemos y los libros que estamos leyendo. Ella nos contagió el amor por la lectura y, gracias a ella, desarrollé la pasión por la escritura, que es mi forma de expresar mi creatividad y mis emociones.
Sin embargo, la lección más valiosa que me ha dado Anna es que maternar es amar, y eso va mucho más allá de lo biológico. Porque amar es escuchar, comprender, cuidar, inspirar, apoyar y acompañar emocionalmente; es proteger y establecer límites desde la empatía.
Y esto es algo que podemos hacer no solamente con nuestras hijas e hijos, sino también con muchas otras personas: con nuestros estudiantes, amistades, y con las personas que amamos.
Grazie, mamma por enseñarme que maternar es habitar el mundo desde el amor.
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