En alrededor de 4 minutos, Manolo Jiménez saludó de mano, besó y abrazó a más de 80 personas en su camino a tomar protesta como Gobernador de Coahuila, en el Honorable Congreso del Estado. Sin excepción alguna, sonreía a todas las personas con las que estableció contacto visual de cerca, y también a las que saludaba a la distancia, en las filas que no estuvieron a su alcance en su trayectoria a posicionarse en su lugar en la ceremonia.
Antes de tomar asiento, también abrazó efusivamente al gobernador saliente, Miguel Ángel Riquelme, al magistrado Miguel Felipe Mery Ayup, al diputado Eduardo Olmos, y saludó de beso a la diputada Luz Virgil Orona. Terminado este evento, a las 12 del día acudió al auditorio del Parque Las Maravillas a realizar una toma de protesta ciudadana, después de un corto pero positivo y contundente discurso, nuevamente se dio a la tarea de saludar, besar y abrazar personas con sus correspondientes fotografías individuales y de grupo.
Terminó con esta actividad de natación entre ríos y mares de gente como a las 3 de la tarde, cuando ya no hubo nadie mas que quisiera saludarlo o fotografiarse con él, hasta que la plaza se vació.
En todas las ocasiones en las que he coincidido con el ahora gobernador Manolo, -antes y durante su campaña de proselitismo rumbo a las elecciones-, su proceder siempre ha sido similar: mirar a las personas de frente, a los ojos, sonreírles, cruzar unas palabras, y seguidamente saludar de mano, abrazo o beso. Se puede considerar que es este un comportamiento habitual en los políticos populistas.
Se le atribuye al socialista ruso, Aleksandr Herzen (1812-1870), haber sentado las bases ideológicas del populismo, llamado originalmente “narodismo” en el idioma ruso, y que se forma de las palabras “narod”, es decir, pueblo, gente o nación; y Nik, que es equivalente al sufijo “ismo”.
Comenzó a mediados del siglo XIX, como un movimiento cultural, inspirado por pensadores socialistas como Aleksandr Herzen, quien formuló en 1861 el eslogan “¡Al pueblo!”, impulsando un movimiento de estudiantes conocido como “Caminando con el pueblo”, que se definieron a sí mismos como “propagandistas” y tuvieron como misión dar a conocer las obras censuradas por el gobierno monárquico de los Zares rusos a los sectores populares.
Actualmente, el populismo es una corriente política que busca representar y movilizar a las clases populares a través de un lenguaje sencillo y emotivo, promoviendo políticas que beneficien a la mayoría de la población. Lo encabezan, habitualmente, líderes carismáticos, pero demagógicos, que aprovechan la insatisfacción popular para obtener el poder explotando la ignorancia, o el rencor de la gente a regímenes anteriores fallidos, exacerbando la polarización social y la desigualdad económica.
Los lideres populistas apelan a las emociones y valores populares para movilizar a la gente asociando sus objetivos con la defensa del pueblo o de la nación. Se intensifica una exaltación de las virtudes del pueblo o de la gente común, versus la gente con mejores condiciones de vida, propiciando la polarización social y política, generando un clima de confrontación y división en la sociedad.
Se lleva a cabo también una debilitación de las instituciones como resultado de la erosión de la confianza en el sistema político y en la capacidad de las instituciones para gobernar efectivamente. Se implementan políticas económicas irresponsables o insostenibles, como resultado de la promoción de políticas populistas que buscan solo ganar el apoyo popular para acceder al poder y conservarlo.
Como consecuencia de todo ello ocurre un debilitamiento del estado de derecho, la protección de los derechos humanos, y las libertades individuales, a medida que los líderes populistas buscan consolidar su poder y limitar las críticas y el disenso.
El filósofo Fernando Savater hace una analogía en cuanto a que, cuando aparecen enfermedades graves en gente que ignora o no tiene acceso a la medicina real, de manera inmediata surgen los “curanderos”; eso es el populismo, el curandero de la política que, ante problemas reales, plantea soluciones ilusorias que nacen y anidan en la ignorancia.
En mi opinión, la diferencia más palpable entre un líder popular y un populista son simplemente los resultados: ambos pueden ser igual de atractivos y carismáticos en su papel de candidatos, pero a la hora de administrar, de gobernar, indefectiblemente los gobernantes populistas sepultan a sus gobernados en el caos y desastre económico, político y social.
No tenemos que voltear a ver muy lejos para darnos cuenta de lo que están provocando este tipo de políticos a nuestro alrededor.
Manolo Jiménez Salinas ha sido, en todas sus funciones anteriores, un gigante de la popularidad. La gente lo quiere porque él se da a querer y cumple lo que promete, entrega resultados con hechos constantes y sonantes. Ahora ya es Gobernador; el viernes pasado, se podría haber ahorrado los baños de gente en los que se sumergen los candidatos para obtener los votos, pero él no lo hizo así.
El poder no lo nubla ni enloquece; conserva su noble humildad, el don del agradecimiento total y contínuo, y comparte sus logros y triunfos con su equipo de trabajo sin inflar su imagen personal, como acostumbran los populistas.
Vamos todos juntos, ciudadanos de Coahuila, a llevar nuestro hogar Pa’ delante con un Gobernador popular a pasos de gigante.
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