En las dos columnas anteriores se escribió sobre política, y se puso sobre la mesa un escenario en el que, en las entrañas del tablero político nacional, ya se perfila la viabilidad y pertinencia de que Manolo Jiménez se consolide como una de las cartas fundamentales de la oposición, con miras a la sucesión presidencial del año 2030.
La sabiduría popular se destaca por su capacidad de resumir tragedias y fortunas en sentencias breves. Sacarse “la rifa del tigre” alude de forma inequívoca a esa ironía del destino donde el premio obtenido no es un regalo cómodo, grato o disfrutable, sino un compromiso monumental, complejo y complicado.
El tigre se representa como un felino fiero, astuto, hambriento y peligroso, que, una vez que se tiene entre las manos, no se puede intentar domarlo sin el riesgo de ser devorado.
Quien gane la Presidencia de México en 2030 no heredará un día de campo; recibirá un país estructuralmente tensionado, financieramente al límite y socialmente fragmentado.
Para Manolo Jiménez, pensar en la posibilidad de sacar boleto para esa rifa, implica un ejercicio de profunda consciencia sobre el enorme esfuerzo, el sacrificio personal y la madurez política que ese desafío le demandaría.
En el México actual, la silla presidencial ha dejado de ser un premio codiciado, y el Olimpo del poder absoluto, para convertirse en una probable máquina de destrucción personal y masiva; para corroborar esto, basta ver que está sucediendo actualmente con los dos últimos personajes que han ocupado esa silla, la misma silla, en la que, al entrar los revolucionarios a la Ciudad de México, Emiliano Zapata no quiso sentarse, y Pancho Villa si ocupó con beneplácito y alegría; recordemos que eventualmente, ambos fueron asesinados.
Hace algunos años escribí que eventualmente sucedería lo que ya esta pasando en nuestro país; gracias a Dios, –y al Presidente del vecino país del norte– lo que por sentido común no podría sostenerse por si mismo durante mucho tiempo, está acelerándose a caer por las presiones externas de Estados Unidos, que sustentan que, por su seguridad nacional, no les conviene que la situación en Mexico continue como hasta ahora, en el caos, la corrupción y la ineficiencia total.
Si no fuera así, el régimen oficial seguiría otros años más auto devorándose al país hasta arruinarlo más todavía, afortunadamente su castillo de naipes se esta cayendo a pedazos y las ratas empiezan a saltar del barco guinda que se hunde.
Esto es lo que adelanta los tiempos y abre la posibilidad real que el partido oficialista pueda ser vencido en los comicios presidenciales del 2030, y por consecuencia, adelanta que nuestro Gobernador –por méritos propios– resalte como un activo positivo, entre la podredumbre y la mediocridad negativa, que lamentablemente prevalece en los políticos a nivel nacional.
La principal ventaja de Manolo Jiménez como candidato y triunfador en las elecciones de la Presidencia de Mexico, es su singularísima condición camaleónica basada en su extraordinaria capacidad para vincular los extremos.
Jiménez Salinas posee la virtud de sentirse plenamente cómodo, y, de hacer sentir cómodos a sus interlocutores, en todos los planos del espectro socioeconómico y cultural.
Por un lado, se desenvuelve con naturalidad estructural en las esferas de la élite económica, los sectores industriales, los fondos de inversión y la tecnocracia empresarial; como egresado del TEC de Monterrey, habla ese idioma, entiende los códigos de la competitividad, el desarrollo industrial y la atracción de capitales.
Asimismo, y gracias a que desde que tenía 6 años –empezando en 1990– acompañaba a su Mama, la señora Liliana Salinas, en acciones altruistas con personas de escasos recursos a través de la Asociación que ella fundara, Navidad en el Campo, esa empática y entrañable experiencia de convivencia real en el mismo plano, y de al tu por tu, es lo que le permite al Gobernador de Coahuila, que su personalidad no se desdibuje, ni se perciba acartonada cuando se sumerge en el plano popular.
En los mercados, en las colonias marginadas, en los ejidos y con las bases trabajadoras, Manolo proyecta una cercanía genuina, una calidez llana que rompe la barrera del clásico político elitista.
Esta dualidad es un activo escaso en la oposición actual: un puente viviente entre la productividad empresarial y la sensibilidad popular. Es un liderazgo que sabe vestir de traje en un consejo de administración y, un par de horas después, ponerse las botas y el sombrero para caminar “con los pies en la tierra” sin perder un ápice de legitimidad en ninguno de los dos escenarios.
Aspirar a conducir los destinos de México en la próxima década no es una invitación al privilegio ni al disfrute del poder. Es, en el sentido más estricto, la aceptación de un sacrificio histórico.
El camino de Manolo Jiménez hacia esa encrucijada nacional requerirá no sólo de su probada capacidad de conectar con la gente y los sectores económicos, sino de una dosis monumental de templanza, visión de Estado y generosidad para propiciar y conjugar una gran alianza ciudadana.
La rifa del tigre está en marcha; los boletos se están distribuyendo y Manolo –si quiere– puede tener uno en la mano.
El verdadero dilema no es si puede ganarla, sino si está plenamente consciente de la dimensión, las garras y el apetito de la fiera que le tocará domar, y si está convencido de que quiere entrar al ruedo de hierro con ella.
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