Arte
Por
Abraham Cepeda
Publicado el sábado, 24 de septiembre del 2022 a las 04:10
Ciudad de México.- Horacio Castellanos Moya, Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas 2014, retoma en El Hombre Amansado a Erasmo Aragón (personaje de su novela Moronga), cuya vida cambia después de una acusación falsa de abuso sexual por la que pierde su empleo y es medicado siquiátricamente. Una historia que representa la unión entre las obsesiones del novelista –el amor, el exilio– y síntomas del presente.
El novelista, que se presentó de forma reciente en el Hay Festival Querétaro 2022 habla sobre su nueva novela en entrevista con El Universal.
¿Qué tanto hay de usted en El Hombre Amansado?
En El Hombre Amansado, de mí, están primero las realidades geográficas, los escenarios de la novela, escenarios donde yo me he movido, ciudades en las que viví o he estado. Son lugares en los que tengo experiencia directa. Una atmósfera que me permite un paisaje o una percepción. Luego, Erasmo tiene otra condición que procede de mí y es la experiencia generacional de concederle un país que vivió una guerra civil.
También hay en él ciertas obsesiones que yo llevo a situaciones más extremas que forman parte de mis preocupaciones. Déjeme decirle que tampoco se trata de autoficción.
Pero no me siento reflejado en el personaje porque nada de lo que le pasa me ha sucedido a mí. En ese sentido, Erasmo Aragón es ficticio, pero la ficción se escribe, en mi caso, desde la experiencia. Por eso, hay similitudes, incluso en ciertos aspectos físicos, pero la construcción de la mentalidad, que es la clave porque es una novela esencialmente sicológica, es ficción.
El novelista austriaco Thomas Bernhard es uno de sus autores capitales ¿qué los une?
Yo escribí El Asco. Thomas Bernhard en San Salvador, una obra de imitación, como un ejercicio estilístico y un divertimento. Bernhard fue un escritor muy particular en el sentido de que no se sentía identificado con Austria, pero hace una obra literaria a partir de la crítica de Austria, aunque vive y tiene muchas tierras en Austria.
Yo no tengo tierras, pero hay una admiración mía hacia su obra y eso me llevó a escribir esta novela que yo llamo de desintoxicación; después de leerlo tanto quedé intoxicado, es un autor que lo intoxica a uno.
En mi caso es excepcional. Fue un ejercicio de ficción muy mal tomado por ciertas personas. Quizás, con razón. Lo que dicen es que los puntos de contacto son una visión ácida, crítica, de la realidad que tiene Thomas Bernhard.
¿Qué piensa de la corrección política del tiempo presente?
Se escribe con la parte oscura de uno mismo. Mi obsesión está en la parte oscura que cada ser humano tiene.
En nuestro tiempo hay elementos de la hipocresía de la moralidad victoriana.
Es positivo y negativo. El caso actual de la Presidenta de Finlandia, ¿por qué una presidenta no puede bailar? La moralidad victoriana que se impone es el triunfo, a través de las redes sociales, de la moralidad puritana liberal.
La parte positiva de la política de corrección es la aceptación y defensa de derechos de sectores minoritarios excluidos. Hay dos caras: la positiva es la inclusión; la negativa es el puritanismo y el linchamiento, muy similar a la quema de brujas. Vivimos, a nivel simbólico, algo parecido hoy.
Se confunde el flujo entre lo virtual y la realidad
Eso se vio con mucha claridad en las experiencias del norte de África hace unos años, cuando se decía que había una revolución y la gente se convocaba por redes sociales. Se esperaba que estas funcionaran como un elemento positivo, liberador, de la política.
En Argelia o Túnez continúa el mismo régimen totalitario de antes. Más bien, las redes nos traen personajes como Trump o Bolsonaro. La realidad externa no ha dejado de existir por sí misma, pero se puede mover en un mundo de ficción a través de las redes, creando percepción. Y la percepción construye en buena medida la política.
Hay una dicotomía entre el mundo virtual y el real. Una falta de separación entre la esfera pública y la privada.
Se perdió por la hipervigilancia, porque la mentalidad policiaca permea toda la estructura moral.
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