En una atmósfera asfixiante de miedo, violencia, inseguridad y tal vez corrupción, llevó a dos reporteros saltillenses a descubrir la guarida de un par de ladrones y asaltantes de bancos.
El fotógrafo Juan García y el reportero Jesús Martínez del Castillo se preparaban para retirarse a sus respectivos domicilios después de una ardua jornada laboral. Eran las dos primeras horas del 8 de agosto de 1979, cuando sorprendidos vieron que de un auto un joven con una pistola disparaba hacia las farolas del alumbrado público sobre el bulevar Venustiano Carranza. Viajaban con dirección al sur.
-¡Lo seguimos!– dijo Martínez del Castillo.
-¡Deja ir por mi cámara!– respondió García.
Antes dieron aviso a la Policía Municipal y Judicial, pues los periodistas temían por sus vidas. Una vez hecha la persecución descubrieron que dos jóvenes y dos mujeres ingresaron a una vivienda de la denominada privada Los Ángeles, en la corta calle de Viesca en el primer cuadro de la ciudad.
Varios elementos de la corporación policiaca tocaron a la puerta para obligar a los cuatro a salir con las manos en alto. Repentinamente se escuchó una voz masculina que pidió que le dejaran salir con su niño en brazos, el que aparentemente cubría con una sábana. En la puerta estaban para recibirlos los agentes Jesús Cortés Sifuentes, Fernando Barrios Gómez y Juan Guevara de la Peña.
Las luces de la vivienda estaban apagadas, se abrió la puerta y solo se veía la silueta de un hombre que avanzaba aparentemente cargando un niño. Repentinamente comenzó a disparar a los policías, asesinando en el acto a Cortez Sifuentes e hiriendo a los dos restantes.
Los demás elementos contestaron el fuego inmediatamente, lanzaron bombas molotov a la puerta principal para allanar la entrada y lo lograron. Entre tanto, otros policías subieron a la azotea y rompieron el tragaluz por donde disparaban a diestra y siniestra.
La balacera concluyó cuatro horas después. El saldo fue de dos delincuentes y un policía muertos, cuatro lesionados y dos casas semidestruidas por el fuego y la balacera. Muchos impactos de distintos calibres quedaron marcados en la fachada de la privada Los Ángeles.
De las dos mujeres jamás se supo sus nombres. Aparentemente eran inocentes y los rumores en la ciudad no se hicieron esperar, eran secretarias de dos funcionarios del Gobierno del Estado.
Una rápida investigación de la Dirección de Policía del Estado, encabezada por Mario Guerra Flores, dio con un cómplice en la ciudad de Guadalajara, quien declaró que los dos delincuentes muertos en Saltillo eran parte de una banda de ladrones y asaltantes de bancos. Su más reciente fechoría había sido contra una sucursal de Banamex de Saltillo.
El corolario de esta acción, como en la novela negra en el lugar donde fueron abatidos los delincuentes, según la Policía Judicial de Coahuila, se encontraron muchos billetes de varias denominaciones quemados y sobre el piso de la casa número 6 de la privada Los Ángeles un mensaje escrito con sangre por uno de los delincuentes: ¡Mary te amo!
Este hecho detectivesco o policial, propiciado por el olfato de dos periodistas, es material suficiente para una novela del género llamado negro.
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