Cuando mi segunda hija nació, no se cumplía el deseo de uno de los cónyuges, pero aún no sabíamos con anticipación el sexo del nuevo ser, como ahora.
En mi esposa afloraba la ilusión de que fuera un varoncito, pues ya teníamos a Lucy, mi primogénita, nacida cuatro años antes.
El ginecólogo Karim Talamás me dijo muy preocupado: fíjate que fue mujer.
¡Vaya qué bueno!, exclamé, sobre todo al saber que las dos, Lupita y ella, estaban bien de salud. Me dio mucho gusto por su nacimiento, que ha llenado de alegría y también de angustia y desesperación mis días.
Uno como padre quisiera que los hijos fueran ejemplares, sin percatarse de que son seres humanos que tienen cualidades y defectos, pero en Karla Leylany hay más positivismo que negatividad.
Es cierto, tiene ese carácter fuerte de mi padre Carlos Gaytán Villanueva y la férrea voluntad de su otro abuelo, don Magdaleno Saucedo, pero también tiene un corazón enorme, que aún marca el paso electrónicamente, late acompasado y de buena fe.
A veces discutimos porque somos igualitos, y es que heredó mi forma de ser, alegre, impulsiva y sin apuros, pero laboriosa, y la inteligencia de Lupita su madre.
Hoy que cumple 30 años como maestra de educación especial, no hago más que felicitarme y felicitarla por la magnífica labor, así secamente pero firme, que ha desarrollado para encaminar por la ruta del bien a esos hombres y mujeres que cursan alguna discapacidad y sin aspavientos ni celebraciones, ni falsas posturas. Se siente orgullosa de quienes han logrado hasta títulos universitarios bajo sus pacientes enseñanzas, más a sabiendas de que fueron desdeñados por la sociedad por ser especiales.
Hija, que el éxito te siga cubriendo, y espero en Dios que algún día se reconozca tu trabajo y ese empeño de enseñar lo mucho que sabes y que has demostrado sobre el concepto de la discapacidad, pues has seguido un proceso de construcción educativa y de preparación de este tipo de personas, para hacerlos útiles ante la vida apoyando a quienes presentan déficit y o alguna “anormalidad”.
Tú no solamente has abordado el problema de quien la sufre, ni de su familia, ni de su entorno, sino que apasionadamente has convivido con esos llamados erróneamente diferentes, y los has apoyado sin cortapisas para sacarlos adelante. Ejemplos hay muchos.
¡Me enorgullece que hayas nacido mujer y no varón, y que hayas escogido esa noble carrera de la educación especial!, al servicio de la atención con equidad de personas con alguna discapacidad, o bien con actitudes sobresalientes y de acuerdo con sus condiciones, necesidades e interés, y potencialidades, encaminas por la ruta del bien.
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