Desde que se tendía la mano para saludar al Dr. Arnoldo Kraus, una sentía de inmediato una energía de paz y armonía inexplicables. Más que médico, escritor y profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM y miembro del Seminario de Cultura Mexicana y del Colegio de Bioética, Arnoldo parecía un ángel con su cabello rizado y su mirada profundamente tierna. Era tan amable y cálido que invitaba, sin proponérselo, a que se le diera un abrazo de puritita amistad.
Tuve la suerte de tratarlo mucho cuando ambos colaborábamos en La Jornada. Me encantaban sus textos y sus entrevistas. Recientemente leí una conversación iné-dita -realizada en 2016, publicada en Aristegui Noticias (01/09/2025)-, donde hablaba sobre la dignidad del enfermo: “Porque la enfermedad consume la dignidad, la autonomía y la capacidad de disfrutar la vida. Y esa decisión (morir con dignidad)… compete primero al enfermo, a la familia y a sus seres queridos; a los médicos, en menor medida, y a los religiosos, nada”. Me tocó derechito al corazón.
En otra de sus tantas entrevistas que recupera Diario Judío, habla de literatura y cómo llegó a convertirse en escritor: “Pasado el tiempo, a los 40 o 42 años, cuando yo ya había logrado tener una práctica clínica adecuada, empecé a tener la oportunidad de escribir. En esas épocas recuerdo haber leído una oración de Anton Chéjov que, como se sabe, era médico y posteriormente un gran cuentista, quizás el mejor cuentista ruso que ha habido, y que tuvo que empezar a escribir porque la Medicina no le daba los suficientes ingresos para vivir.
“Él repetía una frase muy bonita (…) decía: ‘Tengo dos profesiones en la vida, la escritura y la medicina. Ambas son como mis amantes. Tengo la gran suerte que cuando me aburro de una me voy con la otra y nadie se ofende’. Esa idea me encantaba, me fascinaba, y a partir de esa invitación empecé a darme el permiso de escribir, empecé a darme cuenta de que había muchos médicos que habían sido buenos escritores y que los pacientes narraban historias fantásticas a partir del dolor, de su enfermedad, de la sanación y de la muerte. Así que fui abriendo cuadernos donde anotaba todo lo que ellos me decían con la finalidad de darles algún sentido importante a ese tipo de conceptos”.
Y remataba: “Quiero darle más peso a la literatura de la enfermedad, o a la enfermedad y a la literatura como un vínculo indispensable en mi vida”.
Sus temas y los muy numerosos libros de su autoría siempre resultaban fundamentales para entender la muerte. Su obra Morir antes de morir. El tiempo Alzheimer, está dedicada a su padre, Moisés. “Lo escribí 10 años después de su muerte, quería hacer un recuento de cómo devastó el Alzheimer a una persona fuerte y con mucha vitalidad como él, que sobrevivió durante la Segunda Guerra Mundial escondido en los campos (…) era un libro muy necesario para mí porque, en cierta forma, era un homenaje a mi padre” (Aristegui).
No quiero imaginar lo tristes que están su esposa Déborah; sus tres hijos, Daniela, Ilana y Gabriel, y sus cinco nietos. Todos sus compañeros de trabajo y amigos estamos tristes y nos preguntamos por qué la gente buena y sabia se va tan rápido, tan de pronto, a los 73 años. No es justo.
Uno de los textos más conmovedores que leí de Arnoldo Kraus se intitula “Carta a mis padres” (Moisés y Helen), en la que reflexiona sobre la situación actual del mundo y la comunidad judía. Me conmovió mucho.
En ella recuerda la historia de su familia, que padeció la persecución como judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial, y destaca sobre todo la resiliencia de su madre, Helen, sobreviviente del Holocausto y quien le enseñó grandes lecciones: “Helen, madre, tú fuiste una de mis escuelas: la resiliencia era tu motto. No lo pregonaste, lo viviste, lo vivimos”.
En la misiva, no deja de mencionar también el desasosiego y la desesperanza por lo que representan Hamás, Irán y Hezbolá para Israel, así como por el resurgimiento vertiginoso del antisemitismo en el mundo, al que llama “una lacra viva y pertinaz”.
No hay duda, mi amigo y amigo de todos sus amigos se fue triste, pero más tristes nos dejó a nosotros aquí, en una tierra llena de tinieblas y miedos.
Hoy como nunca lo vamos a extrañar.
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