Volver al barrio es como una huida fantasmal, es ver los reflejos en los espejos y comprobar que los niños de ayer ya somos viejos.
Recorrí como un perfecto desconocido y entre espectros el callejón del Ojo de Agua. Ya nada es igual, muchos de sus habitantes están muertos, solo quedan descendientes de los originales moradores de mi infancia y juventud.
La casa marcada con el 107 donde crecí pobre y fui muy feliz ya cambió de fachada, igual que la pequeña cuadra. Y recordé a Concha, la esposa del Pirata, padres de Angélica y del “Piratilla”; a doña Angelita la chocolatera; Toño, el hijo de Toña, la sirvienta de los Saucedo Flores; la familia De la Rosa, doña María de Jesús, Chuchis; “El Prieto”, “El Güero” y Leonor; a Emilio “La Pispirria”, hermano de Toñito, el carpintero; a la voleibolista de fama nacional Blanca Tamez; a los Merla. A los Medina, hijos del herrero y gallero profesional. A doña Emilia, mamá del “Flaco” Estanislao y de Ema; a los Hidrogo y Longino López, el abarrotero. Carmen Rodríguez y Juan Hernández, la líder y el boticario, auténticos curanderos del barrio. “La Güera”, mamá de Cuitláhuac, “El Piñero”, y la exuberante Minerva. Los Saucedo Solís.
La estructura del famoso callejón, a unos 100 metros de donde brota el agua que dio origen al nombre de la ciudad ya no es la misma. La huerta de doña Chinta (Jacinta de Anda), con sus frondosos árboles frutales y sus frescas hortalizas, desapareció por la picota de la modernidad, ahora es una zona residencial.
Volver fue como la forma más real de medir irremediablemente el paso del tiempo y me invadió la nostalgia. Quise ver cómo estaba mi casa. La última vez que pasé por ahí era intacta. Una modesta vivienda de tres cuartos en hilera con su añosa puerta de madera. Una habitación servía de sala, luego “la recámara”, donde dormíamos papá, mamá, Estela, Obdulia, Licha, Isidro y yo. Todavía no nacían Rogelio e Idalia. Ya teníamos servicio sanitario y regadera. Enseguida la cocinita y comedor y un patio para lavar y tender la ropa. Nuestra área de recreo era la calle y el Deportivo Ojo de Agua, a unos metros de mi casa, que también visité, y en medio de su patio “saludé” como una triste quimera los espíritus de Pablo Bazaldúa, Santos “El Alemán”, “El Chaparro” Amaya, a los señores Luna, a Pascual Huerta, Nino Rendón, los Sifuentes, los Uribe, Juan Mendoza y otros tantos que escapan a mi memoria, que fueron los pilares en que se sustentó el deporte y la diversión del barrio.
Confirmé que el callejón cambió de piel vertiginosamente, como lo ha hecho la ciudad de Saltillo, donde edificios históricos y originales desaparecieron por la ignorancia y el desprecio cotidiano a nuestra historia. Es la urbe que perdimos y nos perdimos con ella.
Y en medio de la nada me pregunté ¿quién soy?
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