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Coahuila

Morir con Arte

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 1 año

“La única certeza que tenemos en la vida, es que en algún momento todos moriremos”.

Al escribir esta frase o premisa, es que afloran en mi mente muy diversos pensamientos y al reflexionar sobre ellos, llegan a mí la multitud de versiones filosóficas y religiosas, que a través de mi existencia he oído y estudiado.

Desde los mitos y leyendas de las primeras civilizaciones en épocas remotas, hasta las versiones que nos brindan religiones como la hebrea, llamada también judaica, el zoroastrismo, la cristiana en sus diferentes derivaciones como la católica y sus ramas del protestantismo, el hinduismo, el budismo, el islam, y el urantismo, entre otras muchas más que han existido a través de la historia de la humanidad, cada una de ella tiene su particular concepto sobre lo que significa la muerte, o lo que sucede con nuestro ser al morir, o cuando nuestro cuerpo deja de funcionar.

Muchas de estas religiones, –o la gran mayoría–, prometen una existencia en un plano diferente y superior al terrenal que ocupa nuestro ser físico, se describe una existencia espiritual, ya sea en el cielo para los cristianos, el Nirvana para los budistas, el Jannah para los musulmanes, el Suargá para los indios, y el Valhalla para los vikingos.

Lo común entre todos estos sitios mencionados, es que todos ellos son mejores que lo que experimentamos en nuestra vida terrenal, corporal, física, esta última y trascendente morada es considerada como un “paraíso”.

Aun y cuando cada vez más personas son agnósticas, o literalmente ateas, que no creen en Dios, y por lo tanto tampoco en una existencia después de la muerte, muchos millones de seres humanos todavía tienen fe en una deidad, y en una ulterior existencia espiritual. Lo paradójico entonces, es que, tanto en creyentes y no creyentes en las religiones, y en una existencia fuera de nuestro cuerpo, la gran mayoría de las personas tienen un miedo atroz a la muerte, por parte del moribundo, y de sus familiares o personas cercanas.

Son muy pocas y aisladas las comunidades que celebran la muerte con paz y regocijo, por lo general se propicia un gran sufrimiento alrededor del acto de morir. Es por esto que toma un muy importante papel la tanatología.

Una de las definiciones más utilizada es la que indica que “la tanatología es la ciencia de la muerte y sus manifestaciones. Gira alrededor del enfermo terminal y se basa en las descripciones y observaciones que sobre él se realizan para ofrecer un diagnóstico y mediante este, determinar las acciones a seguir” (Kubler, 1972).

Pero en mi opinión las ciencias que son exactas son, por lo tanto, frías, inflexibles, determinantes, rígidas y rigurosas. Y los seres humanos no somos así, cada uno de nosotros hemos tenido vidas diferentes, únicas, especiales, artísticas; es por ello, que yo prefiero definir a la tanatología como un arte, planteándonos a no circunscribir el arte a sus expresiones palpables, las bellas artes, visuales, auditivas o materiales, como la literatura, la pintura, la música.

En una acepción más amplia, el arte es también una forma de expresión que permite a las personas plasmar sus sentimientos, emociones y percepciones sobre el mundo. El arte puede ser una forma de estimular la conciencia individual y colectiva.

Así pues, como cada individuo, debido a sus particulares circunstancias, ha sido original y único en su vida, así debe ser tratado también por el tanatólogo, no de un modo científico y frío, sino de una manera apasionadamente artística se debe acompañar intensa y empáticamente en el acto de morir al protagonista (el que puede morir), y a los espectadores, los dolientes, los que sufren por el que sufre la proximidad del final de su existencia.

Es cierto y obvio también que la tanatología se basa en el conocimiento científico de la muerte, pero también se puede valer de técnicas artísticas para ayudar a las personas a lidiar con el duelo, para ayudar a los enfermos terminales y a sus familias a morir con dignidad y paz, artísticamente.

Yo he sido torero durante más de 30 años, he estado a punto de morir en cuatro ocasiones, y en todas ellas viví el trance contento y en paz. Mi primera carrera es la de ingeniero Agrónomo Zootecnista, cuya labor es la de criar animales para su sacrificio y el consumo humano de su carne, después estudié la licenciatura en Psicología, y he acompañado a muchos desahuciados a bien morir, y también a confortar a familiares de personas que han cometido suicidio, o han muerto prematuramente a causa de un accidente o un asesinato.

Tengo una maestría en Coaching Ejecutivo Integral, y actualmente llevo a cabo un doctorado en Desarrollo Humano, tengo 64 años y he sentido en carne propia la muerte de mis abuelos, mis padres, tíos, primos, sobrinos, y muchos amigos y compañeros. Para comprender la vida hay que analizar la muerte, aceptarla, analizarla y encauzarla.

Este planeta está diseñado de manera de que para que subsista la vida, tiene que haber muerte, en todas las especies, vegetales y animales. La función del tanatólogo debe apresuradamente tomar más relevancia e importancia, ya que todos, absolutamente todos en el mundo, seremos testigos de la muerte a nuestro alrededor, y también protagonistas de nuestro propio fin al dejar de existir.

Y hay que estar preparados para ello, y deben cada día existir más profesionales tanatólogos con vocación y deseo de ayudar a más gente a bien morir, y a los que quedamos atrás, a dejar de sufrir por su partida.

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