Querida amiga, querido amigo:
¿Eres una de esas personas que se enojan con facilidad? ¿O quizás eres de aquellas que, pase lo que pase, difícilmente se dejan llevar por la cólera? E, independientemente de la frecuencia de tus enojos, ¿cómo reaccionas cuando sucede algo que te hace enfadar?
Quizás reaccionas de manera agresiva, guiado por sentimientos intensos. O quizás expresas tu enojo con firmeza, pero sin agresividad.
Tal vez reprimes ese enojo y luego consigues transformarlo o redirigirlo, porque dejas de pensar en aquello que lo provocó y tienes la capacidad de concentrarte en algo positivo mientras esperas a que pase.
O tal vez eres una de esas personas serenas y centradas, quizás porque has realizado un profundo trabajo personal y has desarrollado la capacidad de recuperar la calma. Ese es un gran don.
Frente a la imposibilidad de controlar los acontecimientos externos o la conducta de las demás personas, consigues controlar tus propias respuestas y permites que las emociones sigan su curso hasta disiparse.
Sea cual sea tu reacción ante las situaciones que te hacen enojar, lo cierto es que el enojo no expresado puede generar consecuencias, no sólo en nuestras relaciones con los demás, sino también en nuestra salud física.
El enojo es una emoción muy presente en nuestras vidas. A veces pensamos que enojarse es un fracaso; que, independientemente de lo que ocurra o de cómo nos comportemos con los demás, las personas maduras no deberían enojarse.
En ocasiones actuamos con la presunción –e incluso con el egoísmo– de creer que podemos comportarnos sin cuidar el impacto de nuestras acciones, aunque sepamos que constituyen una grave falta de respeto.
Y, cuando alguien reacciona, pensamos que el problema está en esa persona y en su manera de interpretar las cosas.
Como si dependiera únicamente de nuestra voluntad enojarnos o no. Quizás haya algo de verdad en ello.
Pero también es cierto que solemos enojarnos cuando sentimos que algo importante está siendo vulnerado; cuando percibimos una falta de respeto o cuando entregamos consideración, tiempo, cuidado y compromiso y del otro lado no encontramos reciprocidad, sino indiferencia. Nos enojamos porque existe una distancia entre el trato que ofrecemos y el que recibimos.
Enojarse casi nunca es, salvo en casos excepcionales, la primera reacción. Generalmente, las personas emocionalmente inteligentes y maduras intentan primero comunicar cómo se sienten.
Aunque pueda resultar difícil, porque implica mostrase vulnerables, muchas personas procuran explicar qué actitud les hirió, qué comportamiento les hizo sentir poco importantes o qué necesitan para que esa relación funcione mejor. Lo hacen con paciencia, bajo la convicción de que, si la otra persona comprende el efecto de sus actos, las cosas cambiarán.
A veces este tipo de comunicación puede funcionar, pero muchas otras veces no. Las personas más perseverantes intentarán una vez más la vía del diálogo.
Sin embargo, cuando esos intentos fracasan repetidamente, aparece el enojo. Se trata de un enojo que nace de la injusticia de sentirnos lastimados. Y, paradójicamente, puede que todavía se diga que el problema es de quien se ha enojado.
Hay algo de verdad en esa afirmación: sin embargo, es muy difícil no enojarse cuando nos lastiman. Nuestra responsabilidad comienza cuando decidimos permanecer en un lugar donde nos siguen lastimando.
Llega un momento en el que seguir explicando, una y otra vez, que merecemos respeto deja de ser una expresión de amor, de amistad o de compromiso.
Se convierte, más bien, en una forma de desgaste personal. Y hay situaciones que ya no pueden resolverse insistiendo, sino moviéndose: buscando otros espacios, otras conversaciones, otras relaciones.
Acercándonos a lugares donde la consideración que merecemos no tenga que ser recordada constantemente.
Querida amiga, querido amigo: muchas veces la tranquilidad y la paz llegan cuando dejamos de insistir en permanecer en lugares donde teníamos que convencer de que nuestra presencia valía la pena.
Muévete. Cambia de lugar. Esto no significa abandonar a nadie ni alejarte de alguien. Significa, simplemente, acercarse a uno mismo. Y ese es el único lugar del que nunca deberíamos salir.
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