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Coahuila

Mujeres que molestan (I)

Por Irene Spigno

Hace 7 meses

Hay mujeres que molestan. Seguramente no somos pocas.

No me refiero, como quizás estarán imaginando quienes se apresuran a juzgar, a ese estereotipo de la mujer “mandona” o “exigente” que simplemente reclama una corresponsabilidad básica en las tareas domésticas. No hablo de la caricatura machista creada para deslegitimar nuestras peticiones más elementales.

Me refiero, mas bien, a todas aquellas mujeres que, por una u otra razón, resultan incómodas para la estructura patriarcal de nuestras sociedades y para la cultura machista que la nutre.

Hoy, a un día del 8M, quisiera reflexionar sobre una primera categoría de mujeres que molestan: las que no se dejan controlar.

¿Quiénes son ellas? Son mujeres independientes, autónomas y, sobre todo, libres. Poseen una autoestima sólida (que probablemente les costó años de introspección, rupturas y reconstrucciones) y tienen la capacidad de fijar límites claros e innegociables. Son mujeres que toman decisiones basadas en lo que consideran justo y que, lo que resulta aún más subversivo, no necesitan aprobación externa para sostenerlas.

¿Por qué molestan tanto estas mujeres?

Porque vivimos en sociedades donde el pacto patriarcal sigue operando como un dueño silencioso. Históricamente, el sistema ha necesitado mujeres predecibles y sometidas para que funcionen según lo que “se espera” de ellas: para la sociedad, para la familia o, más sencillamente, para el beneficio masculino.

Hoy, esa dinámica sigue viva. Y se perpetúa no solo a través de los hombres, sino también de mujeres que, al no habitar plenamente su propia libertad, reaccionan con incomodidad y agresividad frente al camino proprio de las demás.

Persiste, además, una idea profundamente arrogante: que lidiar con mujeres es “más sencillo”, porque se asume la errónea convicción que somos moldeables.

Esta falsa premisa autoriza a muchas personas a creer que tienen el derecho a faltarnos al respeto, a interrumpirnos, a gritarnos, a forzarnos, incluso en espacios de poder y liderazgo. Todos estos no son otra cosa que intentos simplistas, viles y violentos de restaurar una jerarquía que se percibe amenazada. Es el recurso de quien no tiene elementos sólidos para sostener su (supuesta) superioridad.

Quizás esta estrategia funcionará con algunas mujeres, pero algunas no nos dejamos.

Hay mujeres que, frente a quienes intentan borrarnos con una interrupción o ignorando lo que decimos o pedimos, marcamos nuestra posición con respeto (y a veces incluso con elegancia), pero sin retroceder un solo centímetro. A veces, frente a un grito, lo único que podemos hacer es gritar de vuelta. Otras veces, la respuesta más poderosa será el silencio, como un espejo que devuelve la pobreza de los ataques que recibimos.

Pero debemos tener cuidado. No dejemos nunca que la violencia ajena, en cualquiera de sus formas, nos obligue a convertirnos en una versión de nosotras mismas que no nos gusta: una versión endurecida, reactiva, amarga o igual de violenta. No permitamos que la incapacidad de otras personas para tolerar nuestra libertad termine por deformar quiénes somos.

Porque, en el fondo, las mujeres que no nos dejamos controlar molestamos por una razón muy simple: porque nuestros valores, nuestra inteligencia y nuestra libertad no son negociables.

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