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Coahuila

Mujeres que molestan (III)

Por Irene Spigno

Hace 10 horas

Querida persona lectora:

 

Hoy concluimos esta breve serie de columnas sobre las mujeres que, bajo el lente de los peores estereotipos sociales, son consideradas “molestas”. Dedicamos este cierre a las mujeres que ocupan espacios de poder y toma de decisiones.

Durante siglos se impidió el acceso de las mujeres a estos ámbitos bajo argumentos absurdos: se decía que las mujeres nacíamos exclusivamente para parir y cuidar, y que nuestra supuesta “fragilidad emotiva” nos incapacitaba para tomar decisiones. No era concebible que una mujer diera órdenes a un hombre.

Gracias a nuestras ancestras, hoy el panorama es distinto: somos legisladoras, juezas, académicas y hasta presidentas. Incluso podemos correr maratones, algo que estuvo prohibido oficialmente hasta 1972, cuando se permitió por primera vez la participación femenina en la Maratón de Boston.

Sin embargo, alcanzar el poder no significa ejercerlo en condiciones de igualdad. Es verdad que cualquier figura de autoridad puede resultar “molesta”, pero la mujer en el poder molesta de una forma distinta y más profunda que un hombre.

En primer lugar, el ejercicio del poder en un hombre suele aceptarse como un atributo natural; en una mujer, se percibe como una anomalía que debe ser cuestionada permanentemente.

Mientras que a un líder varón se le respeta (o se le teme) por su supuesta determinación, a la mujer que lidera se le imponen etiquetas despectivas: si es firme, es “mandona”; si es apasionada, está “loca”; si es meticulosa, es “intensa”.

El desafío a su autoridad es constante y se manifiesta en micro resistencias cotidianas tanto de hombre como de mujeres y puede consistir en actitudes como interrumpir cuando se está hablando o dando instrucciones con la intención, consciente o inconsciente, de invalidar sus decisiones inclusive frente a otras personas.

También suele suceder que haya colaboradores que “olviden” instrucciones, postergan tareas o cuestionan a viabilidad de una instrucción que, de venir de un hombre, sería ejecutada sin replica alguna. Muchas veces, además, se juzga más el tono de voz o la gestualidad de una mujer que la sustancia u oportunidad de su decisión.

Una mujer líder no sólo debe demostrar una capacidad técnica superior a la de sus pares varones (a quienes muchas veces se les presupone la competencia), sino que debe gestionar un entorno que busca restarle legitimidad.

Nos han enseñado que el poder es algo masculino (y la gramática lo respalda) y, por ende, cuando una mujer lo ejerce, el sistema reacciona con quejas, desobediencias y hasta actos de violencia que no son más que síntomas de un sesgo profundamente arraigado.

Sí, las mujeres que mandan molestan porque su sola presencia rompe el pacto histórico de la jerarquía patriarcal. Y mientras esa presencia siga incomodando, será una señal de que nos falta mucho camino por recorrer hacia la construcción de una verdadera cultura de igualdad.

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