Querida persona lectora
La semana pasada, en este mismo espacio y a propósito de la conmemoración del 8M, Día Internacional de la Mujer, empezamos a hablar de un grupo de personas que considero muy especial: las mujeres que molestan.
Mujeres que, por una u otra razón, resultan incómodas para la estructura patriarcal de nuestras sociedades y para la cultura machista que la nutre. Identificamos en aquellas líneas una primera categoría: las que no se dejan controlar. Hoy hablaremos de otra categoría que no solo molesta, sino que, en realidad asusta: las mujeres inteligentes.
¿Qué significa ser inteligente? Según la Real Academia Española, la inteligencia es la capacidad de entender o comprender, así como de resolver problemas. Es muy probable que, al pensar en una persona inteligente, visualicemos a alguien con una capacidad lógica, racional y analítica. Sin embargo, la inteligencia es mucho más que eso; hay inteligencia lingüística, musical, espacial, emocional, creativa y colaborativa, entre otras.
Más allá de las definiciones técnicas, ser inteligente trasciende la educación formal. Significa, más bien, desarrollar un pensamiento propio basado en valores fundamentales, actuar de manera congruente y salir de la zona de confort para construir, cada día, nuestra mejor versión.
Históricamente, a las mujeres no se nos exigía ser inteligentes. Lo “importante” era ser bonitas para facilitar el encuentro de una pareja que nos mantuviera. En muchos contextos, incluso se nos prohibía cultivar la mente por ser “cosa de hombres”. Las mujeres inteligentes siempre han provocado temor; tanto, que durante siglos la única solución posible fue acusarlas de brujería y destinarlas a la hoguera. Esta historia no vive solo en el pasado sino que, quizás con algunos matices, sigue siendo nuestro presente.
Las mujeres inteligentes son independientes, audaces, talentosas, viajan solas, tienen su propio trabajo, defienden sus opiniones y confían en quienes son. No necesitan a nadie para reconocer su propio valor, conocen y afirman sus valores.
Según algunos estudios, además, las mujeres inteligentes dicen groserías, se acuestan tarde y son desordenadas. No sé si esto sea cierto, pero lo que sí sé es que las mujeres inteligentes no solamente molestan, sino que dan miedo. Y mucho.
Ese miedo permea a los hombres y a la sociedad en general. Pensemos, por ejemplo, en esos hombres que dicen admirar a las mujeres inteligentes: buscan a una compañera con criterio, pero luego se asustan y se sienten en peligro. Para defenderse de una amenaza que solo existe en su cabeza, intentan silenciarlas o minimizarlas, restando valor a sus opiniones o explicándoles lo que ellas ya saben –y quizá mucho mejor que ellos– (el famoso mansplaining). Su objetivo es claro: recuperar un control que consideran haberle sido arrebatado por la autonomía intelectual de la mujer.
La inteligencia, cuando es usada con criterio y valores, es una de las herramientas más poderosa de libertad. No es ninguna amenaza. Por ello, no podemos permitir que el miedo de otras personas se convierta en nuestra limitación.
Querida persona lectora, no sé si seas mujer o no: pero, de todos modos, seguramente tendrás a tu lado a alguna mujer que brille por su inteligencia. Ninguna mujer debería bajar el volumen de su voz para que alguien más no se sienta intimidado, ni simplificar sus ideas para encajar en espacios que le quedan pequeños.
Necesitamos a más mujeres que se sigan atreviendo a pensar por sí mismas: porque una mujer que defiende sus ideas es, sencillamente, imparable.
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