Entre los bellos recuerdos que esporádicamente acuden a nuestra mente están sin duda aquellos de nuestra niñez. Juegos compartidos con amiguitos, compañeros de clases, vecinitos y también con nuestro fiel compañero, me refiero a nuestra mascota.
Fuimos muchos niños los que un día tuvimos la dicha de ser recibidos con ladridos de júbilo por quien nos esperaba en casa, al regreso de la escuela. En mi caso, siempre hubo uno o dos perritos de raza pekinés, juguetones y hasta traviesos que a cierta hora aguardaban el momento de mi regreso.
Sí, a determinada hora se iban acercando a la puerta como si supieran que aparecería de un momento a otro.
Esa situación se repetía en otros hogares, lo se porque al platicar de nuestros compañeritos en casa, otros niños compartían las hazañas de sus mascotas. Vivimos nuestra niñez con alegría dando y recibiendo cariño de personajes que nos acompañaron hasta el momento de su partida.
He de decir que cuando uno de nuestros perros moría, era un duelo. No se trataba de un animalito que vivió en nuestro hogar y compartió momentos de alegría o de tristeza con nosotros. Se trataba de un miembro más de la familia que tenía su lugar en ella. Un lugar muy merecido que se ganó por su lealtad, por sus cuidados y hasta por defender a los pequeños de los regaños de los mayores o solidarizarse durante un castigo.
¿Quién no recuerda a sus mascotas? Las que tuvimos en nuestra niñez, las de nuestros hijos y más tarde, las de los nietos. Etapas diferentes, con historias diferentes pero unidas por el cariño y el respeto a los nuevos miembros de la familia: sus propias mascotas que habrán de acompañarlos por un tiempo determinado.
Que yo recuerde, los animalitos que vivían en hogares estaban bien cuidados. Llevados al veterinario para ser vacunados, revisión cuando se requería, en fin, recibían atención. Y algo importante, los mantenían dentro de la propiedad, no en la calle.
Se sabía -por conocimiento o intuición- que un perro en la calle es un animal callejero, sin dueño y es deber de las autoridades recogerlo, llevarlo a la perrera para que lo reclamen en caso de tener dueño.
Había cierto orden. Más orden en todo.
De pronto se empiezan a formar grupos que aseguran defender a los animales en situación vulnerable. Asociaciones civiles que reciben donaciones para brindar protección a los animales en situación de calle. ¿Qué sucedió? De un tiempo a la fecha medio mundo dice ser “ecologista” y asegura cuidar el ambiente para salvar el planeta. En realidad, cuando la politiquería aparece hasta un partido político se crea para ocupar espacios, que la verdad, han dejado mucho que desear.
Lejos de resolver los problemas “ecológicos” por los que dicen luchar, éstos se agravan.
Tenemos el caso reciente de una senadora quien es señalada porque durante su gestión como presidenta municipal de Tecámac, Estado de México, ordenó sacrificar más de diez mil perros. ¿De dónde salieron tantos animales callejeros? Me pregunto.
Seguramente del descuido, de la mala o pésima planeación desde el gobierno en diferentes niveles, en cuanto a salud pública. Porque un animal en la calle implica riesgos para los ciudadanos. Perros considerados animales peligrosos, han atacado a personas y les ha cambiado la vida.
Los dueños de esos animales los mantienen en el hogar por diferentes razones, la principal, por seguridad. Aseguran que no son peligrosos, sin embargo, la realidad demuestra que sí lo son cuando una persona sufre la agresión y lo marca para siempre o lo peor, llega a perder la vida.
Vivimos en una sociedad, por lo tanto, existen lineamientos que hay que respetar.
No se trata de ir creando asociaciones o grupos que son o dicen ser ecologistas para señalar los supuestos errores de otros, sino de cumplir con las reglas que ya existen en busca del bien común.
Las calles de una ciudad, por ejemplo, hablan bien o mal según el caso, tanto de sus autoridades como de sus habitantes. Es un deber de todos mantener limpios los espacios por educación, por compromiso, por respeto, porque la ciudad es de todos.
El compromiso como dueños de mascotas es mantenerlas en casa y si se llevan a caminar -porque también ellos requieren ejercitarse- llevar una bolsita para depositar las heces cuando sea necesario. No hacerlo es causar un daño al medio ambiente y en perjuicio de todos.
Me impresiona la noticia de la matanza de más de diez mil caninos en un municipio del Estado de México, pero queda la pregunta ¿En cuánto tiempo se realizó esa “hazaña”? La funcionaria señalada, repitió en el cargo y hoy es senadora de la República.
En realidad, el caso de los animales callejeros -perros y gatos- es porque al no haber un verdadero interés por parte de autoridades, grupos ambientalistas o la sociedad misma de solucionar una situación cuando inicia, esta crece y se convierte en un verdadero problema en la comunidad.
Y si esto ocurre, es porque se permitió.
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