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Nadie lee

Por Juan Latapí

Hace 2 meses

Por fin las campañas electorales están por concluir y en dos semanas dejaremos de escuchar la incontinencia verbal de las promesas que hacen los candidatos. Promesas -la gran mayoría de ellas- que no se cumplirán y que a lo mucho no pasan de ser buenas intenciones irrealizables.

Basta recordar las promesas de los candidatos de hace seis y tres años para comprobar que muchas promesas no se cumplieron. Pero aun así, varios de aquellos candidatos siguen en campaña prometiendo que ahora sí cumplirán.

En este océano de promesas existen varios temas que se eluden por la razón de que no generan votos. Tal es el caso del abandono de los enfermos mentales, el descontrol de las motos, la sobrepoblación de feroces perros callejeros y la cultura, entre otros.

En el caso de la cultura, como en cada periodo electoral, se menciona solo como un rollo más, de relleno, sin propuestas ni proyectos concretos. Entre esos rollos electorales rara vez suele mencionarse el fomento a la lectura y no lo hacen porque nadie lee. Valdría la pena preguntarle a esos candidatos qué libro están leyendo, cuáles leyeron el año pasado y resultará obvio que ninguno.

No es raro escucharles decir que los libros físicos están siendo reemplazados por lo digital, sin embargo, a esos candidatos les pasa de noche que el abuso de las pantallas (celulares, tabletas, monitores, tv, etc.) entre los menores de edad y el daño que les está ocasionando se está convirtiendo en un problema de salud pública.

Los niños y jóvenes sometidos al yugo adictivo de las omnipresentes pantallas recreativas -tales como películas, series de tv, videojuegos, etc.- leen cada vez menos y en consecuencia cada vez peor. De acuerdo a datos de la OCDE, el 75 por ciento de los alumnos de 13 años de secundaria no pasan del nivel “básico” que cuando mucho les permite comprender enunciados sencillos y explícitos; el 51 por ciento tiene incluso un nivel bajo y dificultades con los textos más básicos.

Hasta hace no mucho se utilizaba la palabra escrita, actualmente se recurre a los medios audiovisuales, sin embargo, quienes defienden estos medios pasan por alto las características de la palabra escrita. En primer lugar está el lenguaje, el libro solo tiene palabras como soporte, mientras que la imagen de un objeto, de un paisaje o de una persona, habla por sí sola. Por ejemplo, si se ve en la TV a Don Quijote no se tiene acceso a la complejidad de sus pensamientos, en cambio, cuando se lee el libro, se entra literalmente en la cabeza del personaje y se puede comprender el funcionamiento interno de sus pensamientos y acciones. La lectura es un auténtico simulador emocional.

Hay quienes afirman que actualmente las generaciones más jóvenes nunca han leído tanto como ahora gracias a internet; desafortunadamente es una afirmación engañosa. Según la OCDE, entre los jóvenes de 8 a 18 años, la lectura digital representa entre dos y tres por ciento del tiempo de pantalla, mientras las actividades audiovisuales -películas, series, videos, etc.- suponen entre el 40 y 50 por ciento. Además, dicho tiempo de lectura incluye muy pocos libros y muchos contenidos lingüística y conceptualmente pobres.

El tiempo de lectura en internet -redes sociales, correos, etc.- así como el tiempo total de pantalla recreativa están negativamente correlacionados con las competencias lingüísticas y la capacidad de lectura de los niños. Lo mismo ocurre con los conocimientos. Cuanto más leen los niños y los adolescentes, más amplia es su cultura general, la comprensión de su entorno y son menos fácil de engañar, manipular y a final de cuentas sometidos.

Los beneficios que genera la lectura influyen notoriamente en la trayectoria educativa y profesional de los niños, y este impacto es significativo tanto a nivel individual como colectivo. Numerosos estudios demuestran que el desarrollo económico de un país y su PIB están estrechamente relacionados con los resultados educativos soportados por la lectura.

El yugo de las pantallas contra la lectura de libros se antoja como una batalla perdida, sin embargo, algo tan sencillo como el fomento al gusto por la lectura es decisivo para que una comunidad mejore en todos los sentidos, sin olvidar que esta labor empieza en el hogar y luego reforzada en la escuela.

Desafortunadamente dentro de las promesas electoreras estos temas no interesan, lo que importa es el poder con sus obvios beneficios, porque proponer bibliotecas funcionales para que la gente lea, simplemente no generan votos.

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