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Grupo Zócalo
Publicado el viernes, 29 de agosto del 2025 a las 04:15
Ciudad de México.- La primera llamada fue hace tres décadas, cuando el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) nos colocó en el escenario global. En esa oportunidad, abrimos el acceso al mercado más grande del mundo, pero no construimos la casa: nos quedamos ensamblando piezas para otros, sin desarrollar innovación propia, infraestructura robusta ni cadenas de valor profundas.
En la actualidad, el nearshoring nos ofrece la segunda llamada. Es una oportunidad histórica de convertirnos en “el gran taller de Norteamérica”, de atraer inversiones de alto valor y de reposicionarnos como potencia industrial. Pero el reloj avanza, y mientras celebramos intenciones y cortamos listones, otras naciones ejecutan con disciplina. Hay que saber que esta segunda llamada no durará para siempre.
Por su parte, el discurso oficial y empresarial sobre el nearshoring promete inversiones millonarias y un auge industrial sin precedentes. Sin embargo, los números obligan a mantener la cautela.
La economía mexicana creció apenas 1.2% en 2024, su menor desempeño en tres años. La manufactura, columna vertebral del nearshoring, mostró debilidad. La Inversión Extranjera Directa (IED) alcanzó 36 mil 872 millones de dólares, pero la nueva inversión fue de apenas 3 mil 169 millones, la más baja en tres décadas. Es decir: el capital que llega no está creando nuevas plantas ni ampliando capacidades, sino comprando activos ya existentes.
En paralelo, los parques industriales viven una paradoja: exhiben ocupaciones del 95%, pero con oferta insuficiente y saturación en regiones clave. No hay espacio suficiente, ni tampoco las condiciones que exigen las industrias de alto valor: energía limpia, agua garantizada, seguridad y talento técnico. Sin eso, el nearshoring se convierte en un castillo de expectativas.
Parques industriales: catalizadores de desarrollo
Para que esta segunda llamada se convierta en desarrollo real, los parques industriales deben dejar de verse sólo como espacios de renta y pasar a ser motores estratégicos.
Un ejemplo lo ilustra: Tesla eligió Nuevo León para instalar su gigafactory, pero el proyecto se ha ralentizado por temas de energía, permisos y agua. Mientras tanto, BYD, la automotriz china de autos eléctricos, avanzó en Brasil con menos trabas y tiempos récord. Este contraste muestra lo que está en juego: México puede ser destino de inversiones históricas, pero sólo si ofrece condiciones reales, no promesas.
Por eso, es urgente trabajar de la mano con los empresarios para diseñar los mejores escenarios posibles, que no sòlo atraigan empresas, sino que las impulsen a crecer y generar empleos bien pagados. Integrar a los propietarios de la tierra, ya sean privados o ejidales, para construir alianzas y transacciones equitativas y de alto valor, donde todos ganen: inversionistas, desarrolladores, comunidades y trabajadores.
México debe permitir que quienes saben generar oportunidades -los que construyen, invierten, arriesgan y trabajan- tengan las condiciones para hacerlo. El nearshoring no se captura con discursos: se construye con visión, inversión y colaboración real.
Por eso, es preciso aprender de las lecciones internacionales, de lo que otros ya hacen. El contraste con otros países es evidente. Vietnam, por ejemplo, ha captado más de 30 mil millones de dólares anuales en IED en sectores de alta tecnología gracias a parques industriales diseñados con energía limpia, mano de obra calificada y procesos regulatorios ágiles. India ofrece incentivos fiscales agresivos y programas de formación técnica masiva para integrar a millones de jóvenes en la industria tecnológica.
En Brasil, el caso de BYD muestra cómo un marco regulatorio eficiente y políticas industriales coherentes pueden atraer inversiones estratégicas en electromovilidad, un sector clave para los próximos 20 años. México, con ventajas naturales mucho mayores, no puede quedarse a medio camino.
Es ahora o nunca
Parques industriales con energía renovable, plantas de tratamiento, movilidad eléctrica y certificaciones ESG podrían ser la clave para atraer a las empresas más sofisticadas del mundo. Y aquí la coordinación público-privada es fundamental: sin políticas energéticas claras y una visión ambiental de largo plazo, el país quedará rezagado en el mercado que definirá las próximas décadas.
Por eso estamos en la segunda llamada. Penosamente, la primera, la dejamos ir, convencidos de que abrir la puerta del mercado era suficiente.
Pero ahora, la tercera será definitiva: o levantamos el telón y comenzamos ahora, o nos resignamos a esperar otros cien años. La función está por empezar. Es ahora o nunca.
Los retos
Infraestructura limitada: muchas regiones carecen de electricidad confiable y fuentes sostenibles de agua. Sin estas bases, es imposible atraer industrias como semiconductores, electromovilidad o farmacéutica avanzada.
Burocracia eterna: obtener permisos ambientales, de construcción y operación puede tardar hasta 18 meses. En países competidores, el proceso toma semanas.
Capital humano insuficiente: estados como Nuevo León, Querétaro o Coahuila ya enfrentan déficits de técnicos e ingenieros especializados. Sin talento, no hay industria 4.0 posible.
Inseguridad costosa: los robos en carreteras y la extorsión elevan los costos logísticos hasta 15 % en ciertas zonas, minando la competitividad.
Cada uno de estos problemas es conocido desde hace años. Cada diagnóstico ha sido repetido hasta el cansancio y, sin embargo, se sigue esperando que la oportunidad se adapte a nuestras carencias, en lugar de adaptar nuestras capacidades a la oportunidad.
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