Queridas amigas y amigos, como en todo “no hay fecha que no se llegue —ni plazo que no cumpla—” y sin duda ese plazo está por cumplirse, a tan solo dos semanas de que se lleven a cabo las elecciones intermedias en nuestro país, no sobra revisar algunos aspectos que hacen, que este proceso pueda significar un punto de quiebre para la actual Administración, lo cierto es que, aun ante la incertidumbre propia que conlleva siempre una elección, estamos en un momento fundamental en el desarrollo de nuestra democracia.
Hablar de democracia en México, es tener en cuenta lo mucho que ha costado tenerla y gozar de sus beneficios, sin embargo, esto no sucedió de la noche a la mañana, es el resultado de un largo trayecto que significó esfuerzo e incluso la vida de mujeres y hombres comprometidos con su causa; es hablar de solidaridad, como el apoyo abierto y ejemplar entre los mexicanos, que se ha distinguido en los momentos más críticos, como lo fueron los sismos de septiembre de 1985 y también en aquellos —francamente oscuros— como lo fueron los sucesos del año 1968, por referirnos solo a algunos, pero en la idea de llamar la atención en el significado del momento por el que estamos atravesando.
Precisamente porque la democracia en nuestro país, es un proceso que se ha construido a lo largo de muchos años, superando primero un régimen que predominó ininterrumpidamente por más de siete décadas, en un sistema político que se distinguió por la ausencia de contrapesos, fue así cuando en el año 2000, se llevaron a cabo las elecciones en las que se eligió al primer Presidente de oposición electo, en aquel entonces “sacar al PRI de Los Pinos” era hablar del fin de los poderes de un régimen autocrático.
La trascendencia de aquella elección, había significado el fin del presidencialismo en el que el titular del Ejecutivo en turno, no sería más el jefe del partido oficial y al mismo tiempo, dejó de ejercer su influencia sobre las elecciones, así como para designar a su sucesor, también dejó de tener la estructura que le permitía dominar políticamente a los gobernadores y presidentes municipales e incluso el de seleccionar a los legisladores o a los líderes del Congreso y hasta la composición de la Suprema Corte de Justicia.
Desde entonces hemos venido consolidando nuestra vida democrática, han pasado veinte años, en los que los mexicanos como sociedad, hemos constatado no sólo efectividad del voto como un instrumento, sino como la expresión genuina de la voluntad ciudadana.
Así a tres años del Gobierno de Morena o de Andrés Manuel López Obrador (y a casi 25 años, desde que ningún partido gozara de la mayoría calificada en el Congreso Mexicano) no es el escrutinio del desempeño de un Gobierno, que por cierto, ha quedado a deber, que no ha cumplido ni sus promesas de campaña, sino que tampoco ha dado resultados de Gobierno, lo que está en la mesa del debate, es un Gobierno que ha apostado por el retorno a las prácticas que llevaron décadas erradicar, prácticas que tienen que ver con la centralización del poder en torno a una sola persona, bajo el contexto de la pleitesía y un sistema de privilegios, donde al margen de la ley y por encima de ella ha sido todo.
Y si bien la democracia no fue algo que se alcanzara de la noche a la mañana, tampoco será algo que se pierda de un día para otro, son más de 20 años en los que todos —de una u otra manera— formamos parte y eso rebasa el discurso, la separación y el equilibrio de poderes en un sistema presidencial es indispensable, para que puedan generarse políticas sanas y coherentes con el electorado.
En las últimas tres décadas se han construido instituciones, con base en la democracia y esto es lo que el actual Gobierno se ha empeñado en desmantelar, entre tantas otras malas decisiones, gracias a la mayoría calificada con la que cuenta actualmente el Presidente en el Congreso y éste, es realmente el punto pendiente en la agenda, que suponen las próximas elecciones.
Agradezco su lectura, nos volvemos a leer la próxima semana.
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