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Coahuila

No hermano, ya no es tiempo de confesarse

Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Hace 4 meses

Un buen viaje por el acontecimiento cristero, a 100 años de distancia, de la mano del padre Javier Olivera Ravase, doctor en Historia, es su libro: La Contrarrevolución Cristera. El cual ofrece una perspectiva crítica desde la visión de un sacerdote argentino, radicado en Estados Unidos. Desmenuza el conflicto, con bastante equilibrio y objetividad, y analiza a los diferentes protagonistas: Pueblo-combatientes, clero, obispos, gobierno mexicano y americano, Roma y el Santo Padre. 

Te deja un sabor agridulce, no empalagoso ni ácido, no conservador ni de izquierda. Con fuentes abundantes y actualizadas hasta el 2016, incluido el Archivo secreto vaticano recientemente abierto sobre el periodo en cuestión. 

Resalta el importante papel de las mujeres en la cristiada, quienes no sólo animaron a sus hijos y esposos a combatir, sino que ellas mismas llevaban comida, ropa, correo, medicinas, y hasta parque bajo sus vestidos para apoyar la causa. Describe, además, el papel de los obispos, especialmente de los que participaron en los Acuerdos, no ofreciendo un juicio muy positivo ni de unos ni de otros. 

No obstante, resalta el papel de la ACJM (Acción Católica de la Juventud Mexicana), cuyos miembros tuvieron una participación activa en la resistencia, y tratando, además, con realismo y crudeza, el sentimiento de los cristeros, antes, durante y después de la batalla, lo que te deja, la verdad, un vacío doloroso en el estómago, por no decir una herida profunda en el corazón. También te hace sentir vivamente en la piel, el fuego y la pasión de los cristeros. ¡Cómo no comprender y empatizar con ellos, con ese pueblo sencillo y fiel, solitario, vulnerable, pobre, sufrido, que peleó con sus uñas, por su sueños, por sus anhelos, por su Iglesia, por sus templos, al grito poderoso de Viva Cristo Rey y Viva La Virgen De Guadalupe! Sobresaliendo, en ello, la valentía de niños y jóvenes como José Sánchez del Río y el padre Miguel Agustín Pro. 

“No hermano, ya no es tiempo de confesarse, sino de pedir perdón y perdonar. Es un Padre, y no un juez, el que te espera. Tu misma sangre te purificará”. Palabras finales con las que el beato Anacleto González animaba a Luis Padilla, compañero de martirio, momentos antes de ser fusilado, por la causa de Cristo. 

Y el mismo Anacleto remataba a su verdugo: “Y sepa Usted, señor General, que lo perdono de corazón. Muy pronto nos veremos en el tribunal divino. El mismo juez que me va a juzgar, será su juez, pero sepa usted, que en mí tendrá un intercesor ante Dios”, pp. 281s. 

A la memoria de los mártires mexicanos, y de tantos otros, hombres y mujeres, anónimos, que dieron la vida para que hoy nosotros, católicos, podamos seguir conservando y celebrando nuestra fe. 

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